lunes, 1 de febrero de 2010

Intercambio de almas

No debemos perder la fe en la humanidad que es como el océano: no se ensucia porque algunas de sus gotas estén sucias.
Mahatma Gandhi
Llevaba ya un mes en los Estados Unidos, y aún no había tenido la oportunidad de decir varias frases seguidas en inglés. Recuerdo que mientras embarcaba en el aeropuerto de Barajas tan sólo me embargaba la apacible idea de olvidar. Y así fue, al menos durante los primeros días en los que mi cabeza se llenó; de frases hechas, palabras impronunciables e innumerables monólogos mentales. Llegué a esta tierra para relegar mis viejos fantasmas en el pasado, utilizando para ello la escusa de emprender una maestría. Por aquel entonces la barrera idiomática me pisaba los talones, por lo que opté hacerla en literatura hispánica. Sin embargo quería mejorar mi nivel de inglés y para ello estudiaba con ahínco a todas horas. Aun así no lograba enterarme de nada cuando me asaltaban situaciones inesperadas, las cuales me llenaban de una impotencia lingüística casi inexplicable -nunca mejor dicho-.
La primera de ellas fue una tarde, en una solitaria parada de autobús en Parrish St, sentada bajo las luces anaranjadas del crepúsculo. En la soledad desértica del entresijo de calles del centro se me acercó una enorme y negra señora, que alzando considerablemente el tono de voz me dijo algo que no llegué a entender. En tales circunstancias solía obnubilarme y confusa excluía de mi mente toda capacidad de raciocinio. En aquel momento recurrí a mi socorrido: -¡Oh yes, yes!- pero supongo que la respuesta no fue de su agrado. Aquella robusta mujer subió aún más el tono de voz, e increpándome con su mirada zaina comenzó a señalarme con el pulgar, para finalmente irse emitiendo toda una sarta de voces y alaridos. Petrificada como una estatua de mármol la miré marcharse a través de la extensa avenida, y fue sólo hasta aquel instante cuando me di cuenta realmente de que estaba en un país extranjero, en la otra cara de mi mundo y completamente sola.
Ingenua de mí, había pensado que me lloverían las llamadas al anunciarme en el tablón universitario para un intercambio lingüístico, sin embargo pasaban los días y el teléfono no sonaba. La incómoda situación de tener que aguardar paciente una llamada telefónica comenzó a crisparme los nervios, por lo que exasperada iba y venía al tablón para ver que el cartel continuaba bien visible. Merodeaba a su alrededor, pero no veía a ningún estudiante interesado en tomar nota del número ¡parecía que a nadie le importaba aprender español!
Desde mi llegada a aquel pueblecito sureño de los Estados Unidos no se habían vuelto a repetir los sueños delirantes y aterradores. Al octavo día comenzaron a invadirme de nuevo las mismas pesadillas, aunque esta vez aparecieron durante una ligera siesta vespertina. Los ensueños dementes empezaron como siempre. Primero con un estrepitoso ruido al que le seguía otro mucho más potente, y después un revuelo de gritos mezclados con la visión estremecedora del desastre. Como siempre me despertaba bañada en sudor, sin poder controlar el temblor de mis manos y sin saber dónde me hallaba. La sensación de vacío que me dejaban las pesadillas dominaba el resto de la jornada, repitiéndose en mi mente imágenes aterradoras y repugnantes que me impedían comer o disfrutar de una simple lectura. Aquel día los sueños infernales volvieron a recaer sobre mí, despedazándome las entrañas como pajarracos carroñeros sobre una presa indefensa. Afortunadamente para el alivio de mis inquietudes lingüísticas y mi salud mental sonó el teléfono.
La piel lechosa y los rasgados ojos felinos me confundieron, supongo que inconscientemente seguía conservando el estereotipo de que todas las americanas son rubias, altas y con grandes ojos azules. En cambio, se presentó una nipona menuda, cuya lacia melena le colgaba a la altura de los hombros como dos negras placas de acero. En el momento que nos presentamos me brindó una amplia sonrisa con el simpático efecto de enterrar las pupilas en sus dos gruesos párpados. Con el paso del tiempo y la confianza, le confesé la contradictoria impresión que tuve el día que la conocí. Ella también admitió que estaba fuera de sus expectativas físicas encontrarse con una española de cabellos claros. Hablamos muy seriamente sobre nuestras futuras citas idiomáticas y ambas estuvimos de acuerdo en nuestra negociación lingüística. El acuerdo constaba de tres sencillas normas, las cuales eran; respetar el turno idiomático, proponer un tema de interés y corregirnos mutuamente en todo momento. Al cabo de dos semanas eludimos todas las reglas, para disfrutar de unas largas conversaciones personales en idiomas entremezclados, y con la ausencia absoluta de interrupciones correctivas. Aprendimos mucho la una de la otra y no fue tanto del lenguaje verbal como del humano. En nuestras charlas predominaban extensas explicaciones acerca de las costumbres propias de ambos países, colmando tardes enteras con comparaciones extrañas y carcajadas incontenibles. Una de las veces que más nos reímos juntas fue el día que fuimos al restaurante mexicano “Los cuñados”. Nada más llegar, un camarero achaparrado de rasgos incisos y piel atezada nos condujo a una mesa en mitad de un colorido salón-comedor. Alenté a Karen a pedir nuestros platos para concederle la oportunidad de practicar el español. Ella por su parte, manteniendo su acostumbrada postura erguida y con voz grave, articuló muy decidida:
-Nos gustaría probar la enchilada de camareros-.
No pude contener la risa al ver la cara compungida de aquel tierno individuo que dudaba entre enfadarse o reír. Tras mis reiteradas disculpas comprendió la equivocación idiomática entre camareros-camarones, y advirtió que estábamos muy lejos de burlarnos de su cordialidad.
Podría narrar miles de anécdotas similares en los que el sonrojo y la vergüenza ya carecían de significados para nosotras, pero los meses pasaron y aquellas triviales conversaciones se convirtieron en reflexiones más profundas. Comencé a preguntarme si existiría la remota posibilidad de que las almas se comunicaran entre sí con los labios cerrados. Yo misma obtuve la respuesta al observar a Karen una tarde de invierno bajo el cálido abrigo de la biblioteca. Sus almendradas pupilas se clavaban en la pared de enfrente, y en su cutis luminoso de cera destacaba una extraña tonalidad cetrina. Yo conocía muy bien el significado de aquel estado de abstracción absoluta, por lo que me contuve de decirle palabra alguna. Tan sólo la miraba de reojo, para darme cuenta finalmente de que había llegado el momento de intercambiar algo más que nuestro idioma y cultura, era el tiempo de intercambiar almas.
Solía invitar a Karen a cenar a mi casa, aunque ella atacada por un sentido absurdo de recompensa, imponía la condición de cocinar al día siguiente. Al cabo de varios intentos en los que quemó las cortinas de su cocina, se hizo un corte en un dedo y no alcanzó a preparar nada medianamente comestible, se resignó a disfrutar de mis dotes culinarias. Ella establecía todo un ritual en torno a la mesa, donde las flores frescas no faltaron nunca y la humilde vajilla estaba cuidadosamente colocada frente a las servilletas de papel. Cada día degustaba con agrado y sin remilgos mis tortillas de patatas, arroces amarillos y lentejas con chorizo. Aquel día tras una copiosa cena y después de varios minutos de silencio, le dije sin más rodeos:
-Yo también tengo pesadillas-
-¿Tú también?-
Me acomodé en el asiento, la miré a los ojos y comencé a narrarle la siguiente historia:
-Hace dos años el médico de cabecera me detectó un extraño bulto en la glándula mamaria izquierda. Mis padres preocupados temían lo peor y solicitaron una cita con uno de los oncólogos de mayor prestigio de Madrid. El día anterior a la visita médica nos alojamos en casa de un pariente madrileño que había insistido en ofrecernos su hospitalidad. A la mañana siguiente necesitábamos tomar un tren, un autobús y dos metros para llegar al Hospital Puerta del Hierro. Mi padre sugirió tomar un taxi, pero aceptó sumiso mi petición de tomar el metro ya que yo insistía en conocerlo. Mi madre estaba visiblemente preocupada por mi salud, todavía puedo sentir en las yemas de mis dedos su contacto afectuoso. Mi padre entretanto, procuraba que existiera un ambiente distendido, y como timón que dirigía nuestra vela, nos conducía por el mar del olvido con sus continuos chistes y ocurrencias. Aquel once de Marzo del dos mil cuatro mis padres llegaron a Atocha sin saber que aquella iba a ser su última estación. No sé cómo ocurrió todo, sólo recuerdo que estábamos sentados juntos y que de repente una explosión muy fuerte nos asustó, tras la que se sucedió otra aún más estremecedora. Aparecí a varios metros de distancia del vagón sobre el frío suelo de la estación y cubierta de sangre y cristales. Un dolor tremebundo ascendía por toda mi columna vertebral, creyendo en ese momento que todos los huesos de mi espinazo estaban astillados. A mi alrededor la situación era sobrecogedora. Cientos de voces gritaban y un fétido olor a carne quemada atufaba el ambiente. Todavía no puedo olvidar aquellos miembros humanos postrados ante mis ojos; despedazados y mezclados unos con otros. Tras la catastrófica visión intenté ir de nuevo al vagón, pero mis piernas no me respondían. Después de luchar infatigablemente por incorporarme, caí de nuevo al suelo y perdí el conocimiento. Desperté rodeada de un equipo de médicos que me dieron una leve explicación de lo que había sucedido. Aturdida, escuchaba sus voces sin distinguir muy bien sus palabras entre las que se hallaban; terrorismo, suerte de seguir con vida y un largo y penoso etcétera. En mi cabeza aparecía una sola pregunta: mis padres. Sin derramar una sola lágrima asumí la tragedia. Tras enmascarar por un tiempo mi dolor en múltiples manifestaciones y homenajes a las víctimas del terrorismo, me di cuenta de que era yo la única capaz de salir del agujero de la pena. A los dos meses me propuse ir al mismo médico, a la misma hora y tomando el mismo tren que aquel fatídico día. Lo irónico es que el resultado del diagnóstico fue un quiste benigno sin importancia-.
Tras un holgado silencio, Karen desplegó su particular flabelo de pestañas parduscas, y comenzó a contarme lo siguiente:
-Vivía con mi madre en un pueblecito de Illinois muy cerca de la capital de Chicago. Tras terminar mis estudios en negocios con unas altas calificaciones, me llovieron las ofertas de trabajo. Había muchas interesantes, pero yo opté por asistir a una entrevista en New York, en concreto en el World Trade Center. Mi madre insistía en que aceptara un jugoso puesto que me ofertaban en Chicago, ya que ella estaba muy enferma y no quería separarse de mí. Por aquel entonces yo era una persona egoísta, y no quería escuchar ninguno de sus consejos. Discutimos durante el desayuno, y recuerdo que derramé frases como: yo necesito, yo quiero, mi espacio, mis metas. Nuestra acalorada disputa provocó que perdiera el vuelo de la mañana por lo que tuve que tomar otro más tarde. Al llegar a New York aquel once de septiembre del dos mil uno mis retinas contemplaron la hecatombe. Aún hoy no puedo explicar con palabras todo lo que sucedía a tan solo unos metros de distancia. Al regresar a mi casa subí las escaleras para abrazar a mi madre por un tiempo infinito. Guardamos silencio, no quisimos plantearnos lo que hubiera ocurrido si nuestro altercado no se hubiera producido la mañana anterior. Estuve con ella hasta que falleció al año siguiente de cáncer-.

Pertenecíamos a dos países distintos, hablábamos idiomas diferentes y en dos momentos desiguales nuestras almas habían estado unidas en el mismo sentimiento de dolor, miedo y pérdida. En este mundo donde el absurdo se apodera de toda lógica y destruye las vidas para recomponerlas sin un orden establecido, nos habíamos encontrado la una a la otra. Ambas habíamos sufrido los actos irracionales del terrorismo, y vivíamos sumergidas en un desengaño crónico hacia el género humano. No sólo habíamos compartido la comida y las tardes de risas, sino que nos habíamos sentido apoyadas desde que nos conocimos. Alejadas de todo sentimiento exacerbado de patriotismo, intentamos intercambiar nuestras culturas para comprendernos mejor. Aprendimos mucho la una de la otra, y con ello fortalecimos uno de los valores más importantes de la vida, la amistad.
El pasado día fui a visitar a Karen al hospital. Había experimentado el milagro de traer al mundo un hermoso varón que lloraba inconsolablemente en su regazo. Nada más entrar en su habitación me pidió que lo tomara entre mis brazos y sin decirnos nada, entendí que debíamos de confiar en la humanidad. La interculturalidad se debe contemplar como una ventana abierta al conocimiento y no una imposición o amenaza, sino un enriquecimiento mutuo donde el amor y el respeto sean los pilares de nuestra sociedad. Las generaciones futuras deben tener la oportunidad de crecer en la tolerancia y la libertad, ya que todos al igual que el hijo de Karen no merecen otra cosa.

Euclides (Las Cabezas de San Juan, Sevilla)

Intercambio de equipajes

Viaja más que el baúl de la Piquer
Dicho popular.


Esta historia que les voy a narrar me la contó la sobrina de una vecina, quien a su vez la supo por la cuñada de su tío abuelo, el cual fue pretendiente durante su temprana juventud de una señora bizca y sordomuda que trabajó como ayudante de cámara de la popular coplista Doña Concha Piquer. No sé si las múltiples voces han ido deteriorando la realidad hasta desencadenar en un puñado de chismes de vecindario. Lo que nadie puede poner en duda es el trágico desenlace de un suceso que se originó por una simple y absurda confusión de equipajes…
Todo comenzó una mañana de Febrero allá por los años treinta. Paco era un hombre rural y maduro que llevaba pensando en abandonar la hacienda más de seis meses, pero su sentido del deber lo retenían un día tras otro entre aquellos viejos paredones. Cada día se levantaba bajo la luz atezada de la aurora y emprendía de buen agrado su deber diario. Éste consistía en realizar labores agrestes como ordeñar las vacas, recoger los huevos del gallinero o limpiar con el escardillo las malas hierbas del patio. Era un hombre honrado y sencillo que disfrutaba con las tareas domésticas del cortijo, aunque había algo dentro de su ser que se empapaba de tristeza con el paso de los días. En su interior guardaba con recelo un sentimiento que no podía brotar entre los terrones pardos de la finca, y es que el bueno de Paco era todo un artista. No sabría si definirlo como poeta, pintor, músico o quizás una mezcla de estos y otros múltiples talentos, pero lo que sí puedo asegurar es que su corazón latía por y para el público.
A la hora de la siesta cuando el silencio reposaba plácidamente y el viento se convertía en una suave canción de cuna, él aprovechaba para marcharse al cobertizo y recitar tanto bellos sonetos como quemar sus talones bajo el silencio de una guitarra imaginaria. A pesar de liberar su arte en secreto, su frágil alma se sentía prisionera de un sueño pesado e infinito. Una noche cuando salía del cobertizo, desplegó sus párpados hacia una luna hermosa que regaba de luz ambarina los campos de labranza. Al instante se sintió bañado por su luminosidad, mientras un ligero calor le subía desde los pies hasta el rostro. Paco se dirigió corriendo a sus aposentos y exaltado comenzó a hacer el equipaje. En el introdujo todo lo que creía imprescindible para un viaje sin retorno.
Llegó caminando a la vieja estación de ferrocarril arrastrando su pesado maletón sobre los mugrientos andenes de aquel pequeño apeadero de provincias. Paco esperaba de pie erguido, luciendo un sombrero de ala ancha y media sonrisa entre los labios. De repente sintió la necesidad de celebrar la meditada decisión, por lo que sacó de su bolsillo una cajetilla de tabaco rubio reservada para momentos especiales. Como no tenía cerillas le pidió lumbre a un anciano lugareño dejando su incómoda carga a dos metros de distancia. Ambos se enzarzaron en una conversación que duró un cruce ferroviario y dos salidas de trenes regionales. Al girar sobre sus talones Paco se dio cuenta de que su maleta no estaba allí. Asustado se dirigió presuroso al lugar donde la había dejado, pero desafortunadamente no había nada. Miró de un lado para otro con los ojos completamente desencajados hasta que de repente un mozo del pueblo le preguntó sí aquel maletón era suyo. Paco dio un suspiro desde lo más hondo de sus entrañas y completamente aliviado, decidió no demorarse más y tomar el primer tren que pasara. Una vez sentado en el vagón abrazó sus bártulos como si fueran un cofre repleto de tesoros. Mecido por el suave traqueteo del tren se quedó dormido flotando en un sueño abierto a la esperanza.
Entretanto y en otro ferrocarril en dirección contraria viajaba la famosa coplista Doña Concepción Piquer López, conocida mundialmente como la mejor folclórica de la época, y a la que todos llamaban Conchita Piquer. Su linda figura había recorrido los escenarios de todo el mundo, donde deleitaba con su voz los oídos más exigentes. Su vida era todo un volcán de elogios en erupción, un torrencial de exquisitos regalos y de gallardos admiradores que pagaban grandes sumas para verla actuar. No obstante Conchita estaba cansada de llevar aquella vida ambulante. En los últimos meses le empezó a invadir un desasosiego que no se atrevía a confesar. Con el transcurrir del tiempo sus negras pupilas se tornaron grises, y sus labios se convirtieron en una dura línea apenas perceptible.
La locomotora agitaba los pensamientos de Conchita, los cuales divagaban confusos de un lado para otro analizando el motivo de su tristeza. No llegaba a encontrar ninguna razón para aquel estado de ánimo, ya que era una joven hermosa llena de éxito y abundancias. Sin embargo, en el fondo sabía que su corazón tenía un hueco que no podía taparse con joyas. De repente se acordó que debía repasar la letra del cuplé “cárcel de oro”, sonriendo para sí al darse cuenta de la ironía del asunto. Decidida se giró en el asiento para abrir su baúl en el que acarreaba los atuendos con los que tenía que debutar cada noche. Una ráfaga de fuego le recorrió la piel al darse cuenta de que en el interior no había ni un solo vestido. Rápidamente comenzó a revolver todos los objetos creando un caos espantoso en la maleta. Al cabo de unos minutos decidió serenarse para recapacitar sobre lo sucedido. Se acordó de la mugrienta estación de pueblo en la que tuvo que bajar para tomar el tren de la capital. Recordó el vacío, el trino de los pájaros y finalmente reparó en la extrañeza que le provocó ver su baúl a unos metros de donde lo había dejado. Exhausta por aquella desmesurada actividad se echó hacia atrás, emitió un largo suspiro y cerró los ojos. Conchita sabía que aquella noche no podría actuar en la “La Gallina Clueca”, uno de los teatros de mayor prestigio de Madrid. Abrió de nuevo el baúl y con una curiosidad impropia de ella tomó uno de los múltiples cuadernos, después miró a ambos lados del vagón y sintiéndose una niña traviesa comenzó a leer la primera página.
Al cabo de tres horas la famosa cupletista había leído centenares de versos y letras flamencas compuestas por el propietario de la pesada maleta. La joven artista cayó desfallecida de amor después de recitar a media voz las bellas palabras de aquel desconocido. La ternura desbordada del papel salpicaba con caricias el alma de Doña Concha, mostrando el espíritu frágil y poderoso de un hombre diferente al resto. Completamente convencida de sus sentimientos decidió buscarlo con la sutil excusa de devolverle sus pertenencias. Ella supuso que un corazón noble como el de su platónico amado no podía estar en otro lugar que no fuera un tablado, así que con frenética locura comenzó a buscarlo entre actuación y actuación.
Pasaron tres largos años en los que la cantante recorrió tanto elegantes salones como tabernillas de mala bebida. Viajó de norte a sur por todas las provincias de España mostrando una fotografía en blanco y negro que encontró en la maleta con el nombre de Francisco Serrano. A pesar de la búsqueda frustrada Conchita sintió que el amor que profesaba por él se acrecentaba con el paso del tiempo, hasta llegar al punto de la más absoluta desesperación. Una noche de luna llena la popular cantante tomaba un café en la plaza de las Dos Cruces de Sevilla, planteándose seriamente la idea de abandonar el escenario. Aquella búsqueda mermada había provocado que la desilusión cayera como una pesada losa sobre su cabeza. Desde entonces, cantar letras de amor se convirtió para ella en la mayor de las torturas. Tras un largo meditar, dio un último beso a la cara descolorida del retrato y la puso sobre la mesa con la premeditada intención de dejarla olvidada. Con paso lánguido se fue alejando de la bella placita, y mientras caminaba por las callejuelas del Barrio Santa Cruz se sintió embriagada por el aroma dulzón de los naranjos. De repente una voz irrumpió el silencio, y al mirar hacia atrás vio que el camarero del pequeño café corría con la fotografía de Paco entre sus dedos. Ella emitió un profundo suspiro al darse cuenta de que ni aún intencionadamente era capaz de deshacerse de aquel hiriente amor. Al tiempo que disimulaba su absurdo despiste el joven la interrumpió comentándole que casualmente el caballero de la imagen había estado esa misma tarde en el café. A la coplista se le encendieron los ojos y sus pestañas parpadearon varias veces simulando grandes abanicos andaluces. El gentil mozo le comentó además que esa misma noche iba a verlo actuar a un teatrillo de la zona donde actuaba con gran éxito cada viernes.
Sin demora alguna la famosa cupletista tomó el baúl y marchó a toda prisa a su encuentro. Al entrar se originó un gran revuelo entre la audiencia, la cual no podía creer que la célebre artista estuviera en tal humilde local. Al llegar al camerino golpeó la puerta con la mano derecha mientras que con la izquierda sostenía firmemente el baúl de su amado Paco. El corazón le latía con tanta fuerza que pensó que le iba a explotar de un momento a otro. La puerta se abrió de par en par y una voz susurrante le dijo gentilmente que pasara. Arrastró sus diminutos tacones y nada más pasar sus ojos se abrieron como candiles sin dar crédito a lo que veía. Conchita se quedó sin habla y completamente perpleja arrastró el maletón a la altura de Paco. Él por el contrario se abalanzó hacia ella y le propinó dos sonoros besos en cada mejilla al tiempo que le confesaba su más profunda admiración. Asimismo le dijo que aquel intercambio de equipajes fue una bendición ya que actuaba con esos glamorosos vestidos cada noche, y que por eso mismo era considerado en el teatrillo “la princesa de la copla”. Después dio una vuelta sobre sí mismo para mostrarle lo bien que le quedaba la colorida bata de cola, y riéndose débilmente para no estropear la gruesa capa de carmín, le dijo con orgullo que ambas tenían la misma talla. Finalmente y con lágrimas en los ojos le hizo entrega del baúl repleto de trajes gastados. Luego le rogó que por favor no le llamara Paco sino por su nuevo y definitivo nombre: Paquita “La Serranilla”.

Euclides (Las Cabezas de San Juan, Sevilla)

El gourmet de las letras

La mitad del mundo tiene algo que decir, pero no puede;
la otra mitad no tiene nada que decir, pero no calla.
Robert Lee Frost.

El legendario profesor solía alardear de que Dios le había dotado con el alma intrépida de Don Quijote encogida en el cuerpo rechoncho de Sancho Panza. Sus clases de literatura fueron conocidas más allá de los muros académicos por sus excéntricas explicaciones y apasionadas oratorias, las cuales rozaban el dramatismo escénico. Opuesto a cualquier avance tecnológico, se negó en rotundo a aceptar un ordenador portátil por parte de la administración universitaria. Así, era común verle caminando por los largos y vetustos pasillos del edificio cargando con una pila de volúmenes polvorientos. Todos conocían su habitual comportamiento de interrumpir las reuniones docentes con alarmantes subidas de tono, las cuales hacían temblar hasta las vidrieras medievales de los salones. En el departamento conocían muy bien su carácter y no se sobresaltaban cuando de repente Don Rodrigo daba un golpe sobre la mesa en mitad de la asamblea, o emitía un alarido de indignación por alguna propuesta contraria a sus ideas. Algunos profesores de recién estrenada posición e ingenuos al talante de su colega, solían observar perplejos tales situaciones, acrecentando su asombro al ver que el resto de los componentes de la sala actuaban con natural serenidad.
En aquellos años en que tanto los medios de comunicación, como familiares y amigos alentaban a enfocar los esfuerzos en el mundo de la ingeniería, la economía o la informática, yo opté por dirigir mis pasos por el sendero empedrado de las letras, desconocedor en aquel entonces de la roca dolomítica de Don Rodrigo.
Lo vi aparecer el primer día de clase derrochando una energía arrolladora, y tras dar grandes zancadas de un extremo al otro de la formidable aula magna me señaló con su pulgar acusador, como si él fuera el fiscal y yo el malhechor de alguna tremenda ofensa. Mientras me escudriñaba con sus ojitos incandescentes me apremió a trazar una composición poética sobre el encerado. Con dedos temblorosos logré escribir un bello soneto del poeta onubense Juan Ramón Jiménez, pero no satisfecho aún con su petición me instó a recitarlo un millar de veces al tiempo que gritaba como un vesánico furioso:
-¡Saca tu corazón por la boca muchacho! ¡Las piedras recitan mejor que tú!-
Al finalizar, aquel profesor desequilibrado puso una mano sobre mi hombro para asignarme sin más preámbulos, el cargo de discípulo suyo. A raíz de aquel día mi vida se convirtió en un auténtico infierno filológico.
Esa misma tarde entré en su despacho donde nada mas abrir la puerta me azotó el hedor añejo que despedían los centenares de libros rancios y aglutinados entre los innumerables anaqueles. Con ojo avizor eché un breve vistazo por aquella cueva libresca envuelta en penumbras, y en tan sólo unos segundos, tenía apilados ante mi desconcierto un centenar de obras de todo tipo, desde los clásicos de la literatura greco-latina hasta nuestros días. Centenares fueron las noches que pasé en vela leyendo, traduciendo e interpretando texto de caligrafías arcaicas. Los cálidos crepúsculos violáceos se extendían apetecibles a través de los ventanales de la biblioteca, sin embargo yo permanecía confinado bajo su austera sombra, sintiéndome un pelele manipulado al libre antojo de un profesor petulante y demente. Llegué casi arrastras al final del trimestre y no tanto por las clases o los exámenes finales como por aquel estado de gracia discipular. Obligado me ahogaba entre pilares de ejemplares y manuscritos para rescatar lo que según mi tiránico mentor consideraba encontrar la otra verdad.
Decidí abandonar la licenciatura para librarme de aquel pesado yugo del que Don Rodrigo tiraba sin ningún pudor una y otra vez. El último día de clases entré en su despacho para despedirme, y sin finalizar el pequeño discurso que había ensayado tomó bruscamente mi cara entre sus palmas. Sus globos oculares estaban inyectados en sangre y tan abiertos que se salían de sus propias órbitas. Furioso, comenzó a darme una ligera sacudida mientras vociferaba:
-¿Despedirte? ¿Acaso crees que puedes irte tan fácilmente?-
Desorientado, no llegaba a comprender a aquel lunático, hasta que de repente soltó sus brazos y girándose hacia la ventana emitió un débil hilo de voz que parecía haber estado sepultado un siglo en su garganta. En susurros afligidos, casi imperceptibles añadió:
-Aunque quisieras, ya no puedes marcharte. Dentro de estas paredes calcáreas a los que muchos llaman Institución Académica tú eres la única personificación literaria realmente viva. Muchos supuestos expertos humanistas desconocen por completo el valor y la fragilidad de un alma poética. Muchacho te contaré una historia. Una vez fui un joven como tú que soñaba con escribir historias fantásticas donde lo divino y lo humano se mezclaran, como la Odisea de Homero, El Quijote o las generosas novelas de García Márquez, pero para mi desdicha el cielo no me bendijo con tales dones. Después de exacerbados intentos por componer algo tolerable, acepté con humildad mis limitaciones para transformarme en un experimentado gastrónomo de letras de apetito voraz e insaciable. Como exquisito gourmet pude saborear la poesía en tus ojos cuando me salpicó el fuego candente de hermosas frases bullendo en tu interior. ¡Poco importan las pautas y normas impuestas de las tediosas guías que hinchan el corazón de los pragmáticos y sepultan a los agraciados! Tu cuerpo podrá abandonar estos paredones insalubres, pero no la letra impresa ya que he alimentado de obras tú espíritu y sé que tras esa indigestión retórica que sufres ahora mismo, morirás de hambre si renuncias a ella ¡Condimenta tu creatividad muchacho! Yo mientras tanto, me sentaré paciente y complacido a tu mesa-.
Pasaron cinco años en los que aprendí a degustar la literatura en sus diversas presentaciones y formas. Don Rodrigo hacía uso de su naturaleza extravagante y me obligaba haciendo oídos sordos a mis faltas de inspiración o ánimo, tanto a escribir frente a él como a permanecer en un incómodo silencio por horas. Nunca llegamos a charlar de temas personales, ni siquiera parecía importarle la vida más allá de los soportales universitarios. Lo único que llegué a averiguar de él es que vivía solo en un pequeño apartamento a las afueras de la ciudad, y que todos los domingos, ya fuera el invierno más glacial, iba al río a bañarse, según su dicho de “el agua de lluvia purifica”.
Iba a jubilarse aquel año y en esos tiempos era costumbre rendir homenaje a todos los catedráticos que se retiraban de sus actividades docentes. La celebración tenía lugar en el excelentísimo paraninfo del edificio principal. La tribuna estaría presidida por el rector, la gerencia, los vicerrectores y los secretarios generales. Todos los asientos se mantendrían reservados para el conjunto de catedráticos, doctores y asistentes que escucharían la retahíla de honores y discursos a lo largo de una jornada tediosa, monótona y aburrida. A pesar de ello, yo quería asistir aunque dudaba que me permitieran el pase. Sabía que Don Rodrigo haría lo que estuviera en su mano para procurarme un asiento entre la concurrencia, pero no quería empujarlo a tener que emprender acciones incómodas.
Al cabo de unos días fui a su despacho y para mi sorpresa recibí una invitación para la ceremonia. Sus palabras exactas fueron:
-Tú eres mi discípulo, el más amado y me complace tu presencia ahora y siempre-.
Llegó el día y tomé asiento entre los distinguidos asistentes. Antes de comenzar el solemne acto me percaté del remolino de murmullos que circulaba hasta llegar al último rincón. Presté atención y averigüé que todos y cada uno de los allí presentes vertían sus opiniones sobre la persona de Don Rodrigo. Unos lo tachaban de chiflado paranoico, otros por el contrario lo defendían alegando su estado de soledad y retraimiento a la sociedad, y tan sólo unos pocos alababan su trayectoria profesional. Parecía que aquella sala fuera un jurado dividido en una multitud variopinta de criterios que no acertaban a dictaminar un veredicto.
De repente entraron todos los altos miembros de la Facultad de Filología con la altivez de sus honorables cargos, desplegando en el aire sus relucientes togas púrpuras. Tomaron sus respectivas posiciones en el estrado, seguidos del bueno de Don Rodrigo quien permanecía insólitamente callado. Comenzó el rector con unos reiterados agradecimientos a todos los asistentes, tras lo que le siguió un árido alegato en defensa del humanismo, enfatizando la pérdida de su valor en la sociedad actual. Llegó el turno de Don Rodrigo. Se levantó y se dirigió serenamente hacia la tribuna, donde se sirvió un vaso de agua. Al cabo de varios inmensos segundos en los que permaneció callado ante la atenta mirada de todos, dijo con voz gentil y pausada:
-Con todos mis respetos discrepo de lo expuesto en esta sala. El mundo tiene hambre y sed de letras, pero nosotros que somos sus sirvientes no sabemos ofrecerlas. En medio de vosotros está uno que no conocéis, que viene detrás de mí, a quien yo no soy digno de desatar la correa de sus sandalias-.
En ese instante me señaló con su pulgar. Todas las cabezas giraron al unísono para detenerse fijamente en mi semblante. Sintiéndome escrutado por un centenar de ojos analíticos tuve que hacer un esfuerzo sobrenatural para avanzar hacia el entablado. Subí los escalones arrepintiéndome de haber asistido a aquella ceremonia, y de nuevo mi inmadurez me había jugado la mala fortuna de confiar en el desequilibrio mental de Don Rodrigo. Me situé frente a él para estrecharle su mano, pensando que sería un gesto galante en tal ocasión. En cambio él me la rechazó para en su lugar hacerme una aparatosa reverencia. Después alzó su característico torrente de voz y gritó:
-Mi misión ya toca a su fin, y la suya comienza. El tiempo de agua ya ha acabado, llega el de fuego y sus ojos irradian los reflejos de la aurora-.
La sala permanecía en el silencio más aterrador que jamás había sentido. Don Rodrigo volvió a dirigirse a la concurrencia y de nuevo con estridente tono y voz en grito dijo:
-Os estaréis preguntando en que destaca. Él como el resto de los alumnos de esta facultad destaca por emprender un peregrinaje en el camino inhóspito de las humanidades. En este siglo donde el ruido ensordece hasta las almas más sensibles, debemos admirar a aquellas personas que aún hoy oyen la llamada de la lírica. Nos olvidamos que somos sus consejeros, y nos recreamos en nuestra sabiduría egoísta. Si leéis los poemas de este joven diréis que denotan falta de madurez o que su métrica no es correcta, y seguramente tendréis razón, pero… ¿Vais a dilapidarlo en una crítica cargada de vanidad o por el contrario le ayudareis a desenterrar su esencia más bella? ¿Vais a malgastar el resto de la tarde en ofrecer un homenaje a este servidor chiflado o por el contrario preferís subir aquí para recitar las composiciones, pensamientos o sonetos que más os hagan gozar?-
El silencio aplastaba una atmósfera enrarecida, asustada. Nadie se atrevía a mover un solo músculo, hasta que uno de los docentes más ancianos dio el primer paso hacia el estrado. Otros titubearon, pero finalmente se atrevieron a seguirle, hasta que los más indecisos se arrojaron sobre la tribuna. Cada uno de ellos recitaba estrofas con tanta emoción que las lágrimas y las sonrisas se entremezclaban en un ambiente relajado, lleno de una musicalidad literaria que acariciaba corazones, mente y alma. Don Rodrigo puso su mano en mi hombro y mirando a su alrededor dijo:
-Todos tenemos fuego muchacho, sólo necesitamos avivar los rescoldos. Me marcho contento por haber provocado el incendio, así que ahora os toca a vosotros mantener las llamas-.

Euclides (Las Cabezas de San Juan, Sevilla)

Para una voz azul

Me gusta como flirtean las ballenas. A través de la voz. Las ballenas azules coquetean con las voces, son los machos los que cantan y las hembras escuchan esos matices, nadan en la profundidad hasta el canto de su pareja. No pueden fiarse mucho de su vista y de su olfato en el fondo marino, pero el sonido viaja a través del agua con mucha más velocidad y nitidez que en el aire, escuchan el deseo. Comienza el cortejo y van. Si la voz es grave, llega el sonido muy lejos, pero los cetáceos han decidido disminuir la voz, porque a ellas les gusta la voz con entonaciones más bajas. Cantan susurrando buscando una hembra de mayor calidad, una que sepa escuchar, la más atractiva de todas. Cantan con su voz más suave. Una voz azul. Las voces de los mamíferos marinos viajan entre el cielo y el mar, salen de sus cuerpos de ciento noventa toneladas de peso y de sus grandes corazones. Buscan pareja.
Hoy espero la visita de Ricardo, el biólogo de la isla. En Fuerteventura quedan aún subespecies de ballenas azules y su comportamiento es el mismo. Ricardo pertenece a la Comisión Ballenera Internacional, protege la especie. Ricardo encontró el faro una noche de tormenta, estaba perdido y yo le encontré a él.
A lo largo del día hablamos muchas veces por radio, en mi faro la soledad es acuciante, pero aún así me compensa este vacío de mar, me levanto y escucho el sonido de las gaviotas, el oleaje. Ricardo ha hecho que esta vida de soledad sea más llevadera, me habla de sus ballenas y de sus voces. También escribo, paseo y cuido a los barcos desde mi torre. Todo es temporal, van a automatizar el faro, en julio o en agosto.
__Raquel, te vas a trasladar justo cuando las ballenas se emparejan. __me dice Ricardo
Tiene una cicatriz en la comisura del labio, que se borra cuando sonríe.
__Me trasladan a la Coruña, allí todavía quedan faros manuales.
__Allí no hay ballenas.
__Lo sé __le digo.
He preparado un poco de pescado, y él ha traído una botella de vino blanco.
Cenamos despacio, arriba en la torre, en mi vieja mesa de madera, gastada de humedad. Ricardo pensativo mira al mar todo el tiempo. Es un espíritu libre, su compromiso es su trabajo y me alegro por él, disfruta mucho y por las ballenas, están en buenas manos. Apuramos el vino, y nos mareamos un poco. Después de acostarnos, siempre habla, no quiere dormirse, nunca se ha quedado a dormir.
__Hoy avisté una.
__¿Cuánto medía? __le dije.
__Treinta y tres metros, más o menos.
__De esas no hay muchas ¿no?
__Creo que era una verdadera ballena azul.
Los ojos de Ricardo se vuelven a perder.
Preparé la oposición con mucha fuerza, huyendo de un desastroso divorcio, no encontré un lugar más lejano para perderme, y el viento de Fuerteventura arrastró mis malas memorias. Me vacié la mala sangre escribiendo. Me escondí de mi propia vida, perdida, para orientar a otros.
En esta isla sólo hay viento y playas turquesa, kilométricas e infinitas no tienen nada que envidiar a cualquier playa del trópico, el resto es desierto. Un viento constante. Un viento que a veces te vuelve loca.
__Debo irme, tengo la intuición de que esta noche la volveré a ver.
__¿Quieres café?
__Tengo en el termo.
Me da un beso rápido en la frente.
Comienzo a escribir, le he cogido el gusto. Se oye el viento. Cuando oigo el viento comienzo a escribir, trabajamos juntos. Limpiando.
__Raquel, soy Ricardo ¿me oyes? __me habla la radio.
__Tenía razón, la he visto, le he escuchado por el hidrófono, podré seguirla, es grandiosa, es increíble Raquel, ¿me oyes? Raquel…
La tenía cierta envidia, conmigo no hablaba con tanto entusiasmo.
__¡Qué suerte! ¿La podrás fotografiar?
__No, solo puedo saber su recorrido. Oír los cantos.
Ricardo me cuenta, que las ballenas hablan también para localizar comida, o avisarse de algún peligro.
__Mañana puedes venir conmigo, si quieres.
__No puedo, tengo el turno de veinticuatro horas.
__Pasado mañana entonces.
__Corto y cambio. __le digo,
Quedamos en El Cotillo, cerca del faro, en el bar del pulpo, a tomar unas cervezas, no me ha invitado nunca a salir, y tampoco estoy segura que eso fuera una invitación, pero decidí ponerme un vestido.
__¡Estás guapísima! __me dice.
__Gracias, tu tampoco estás mal.
Pedimos unas raciones, y como siempre Ricardo tiene un aire ausente. No se acerca demasiado a las personas, conserva siempre una distancia cordial, sin profundizar en el afecto y en la conversación, sólo con las ballenas se da completamente a sí mismo.
__¿Qué tal con tu nueva ballena?
__Bien
__¿En qué piensas?
__A mí también me trasladan, el presupuesto, ya sabes, debo ir a California.
Su arruga no se mueve, está totalmente serio.
__Anímate anda. __le digo, disimulando mi propia decepción.
__¿Cuándo te vas?
__En dos semanas, solo me han dado un poco más de tiempo para estudiar el nuevo ejemplar.
__¿Te gusta California?
__En parte, si, hay muchas ballenas, pero la vida allí me agota.
Nos tomamos el café callados.
Pasamos la tarde en el barco, en silencio, es por radio cuando más hablábamos. Paramos el motor, y entonces la veo, primero un gran estruendo de agua, saca la cabeza del mar, y a tan sólo unos metros nos empapa con su estallido de agua vertical, el aliento del mar pasa a ras del barco con su ojo enorme y sereno, mirándonos cautelosamente. Su piel brillante azul y gris, es como un relieve del agua, sigue su cuerpo azul infinito, inmenso de carne, indeterminado, saliendo del agua, y al final sumergiéndose se empuja con su gran cola, como alas de avión, con la perfección de una diosa. Minerva la llamo.
Ricardo y yo nos abrazamos. Minerva desapareció como un suspiro, sin dejar rastro.
De vuelta al faro, camino dando patadas a las piedras que encuentro.
La radio me habla
__Raquel..soy Ricardo. Hola ¿qué haces?
__Pensaba en Minerva.
__¿Quién?
__ La ballena. Es impresionante. Bueno, es hembra ¿no?
__Si, es chica. __dijo divertido
__¿Cómo lo sabes?
__No cantaba, no se registró ninguna voz. Buscaba el macho.
__¿Quieres venir? __dije por primera vez
__Dame diez minutos. Corto y cambio.
La madrugada pasa rápida. El viento azota. Estamos abrazados y Ricardo esta vez no habla.
Me quedo dormida. Pasado un tiempo, como entre sueños, oigo la madera de las escaleras crujir. Ricardo baja de puntillas. Pensaba que avistar a Minerva juntos nos había unido un poco más.
__¿Te vas?
__Hay un faro en California, en la isla de Aruba, tiene 30metros y no está automatizado. Puedes solicitar un puesto allí.
Estoy en lo alto de la escalera, desorientada de sueño, con la cara hinchada y el pelo despeinado.
__No te entiendo __le digo.
__Te llamo por radio.
Me quedo levantada. No puedo dormir. En mi mente baila la idea de California, estamos dando un paso más, pero me lo dice con tanta naturalidad, sin ningún tipo de preámbulo o declaración, que ya no estoy segura de conocer a Ricardo. No le gusta hablar de sentimientos. Eso si lo tengo claro. El viento continúa golpeando las ventanas y una suave lluvia se lleva mi sueño. Ya de nada me sirve escribir. Las gaviotas despiertan.
__Raquel… dice la radio.
__Dime
__¿Te he despertado?
__No, no podía dormir.
__Escucha…
Entonces escucho la voz azul, un sonido profundo, grave, como de un dinosaurio de mar, repite vocales en varios tonos, en un alarido de llanto a través de una gran caracola. Sonido de agua y el eco de la misma voz. Dura veinte minutos. Guardo silencio, pero la radio murmura, está todavía abierta. Ricardo al otro lado espera.
__Minerva dice que sí __le digo sonriendo.
__Corto y cambio __suspira él.

Paloma Diez Temprano (Madrid)

Historia

"Érase una vez, un planteamiento inicial. El protagonista se encontró con nudo. Finalmente, hubo un desenlace."

Jorge Vallet Fernandez (Valencia)

El mito de Avernio

-¿Queda admitido, Avernio, toda culpa de la ofensa a la familia y a los dioses?
-S-sí, admitido queda- La respuesta sin duda forzada del indeseado, expuesto ante todo un palco de miradas dirigidas a juzgarle.
-Bien, será entonces aplicada la condena…-se aclaró la voz, como preparándose para pronunciar algo irrevocable- …la condena de Falaris.
Los murmullos entre los eruditos de la tribuna se avivaron, pronto ahogados por las súplicas de Averno.- ¡Por los Dioses, pido que se reconsidere mi castigo! ¡La condena es desmedida!-Con las palmas de las manos mirando al cielo se lanzó a los pies de Jaritos y quedó arrodillado, llorando en sus vestiduras.
-El buen teatro nunca libró a nadie de su culpa.-Sin mayores miramientos le prendieron de brazos y piernas y Avernio fue trasladado a la sala adecuada.

El joven quedó ungido en perfumes, la mujer se arañaba las mejillas y se golpeaba en el pecho acompañando los aspavientos de gemidos y llantos. El joven fue coronado con flores frescas y vivas, los familiares se tiraban de los cabellos y con las palmas de sus manos se golpeaban la frente. El joven quedó a la vista de los presentes, con sus mejores vestidos para no ser visto desnudo por las almas burlonas de los condenados, todos lloraban ante la imagen cegadora de la muerte.
Sonó el mugido de un toro desde lo alto del monte Ercte, largo y penetrante. Sonó el mugido del toro y bandadas de aves salieron de entre las ramas, levantando el vuelo. Su destino, sin duda, hacia lugares más tranquilos. Graznaban en duelo con el toro. Sonó un tercer mugido del toro y los llantos de los mortales se apagaron durante segundos para, más que oír, escuchar el inmenso dolor de la bestia. Sonaron aquellos lamentos a la vez que la brisa mortecina de la tarde muerta, extendiendo sus garras sigilosamente sobre los campos, haciendo titilar las velas. Sonó el mugido del toro por la muerte de un semidiós.

Otros asistentes a otra ceremonia bien distinta se preparaban.
En la oscuridad más absoluta Averno intentaba librarse de su reciente prisión, sin conseguir otra cosa que golpearse contra las paredes metálicas que lo limitaban. Dentro de aquel espacio se mantenía a cuatro patas, con el estómago apoyado sobre una superficie fría y las extremidades encajadas en cañerías irregulares que se estrechaban en torno a sus muñecas y tobillos. Esposado por completo de aquella manera tan macabra, forcejeaba por su libertad, chasqueando sus articulaciones y quedándose sin aliento. De nada servía levantar los hombros pues también le limitaba la estructura en la que se veía sumido. Con la mejilla aplastada contra el sarcófago deforme y constrictor escudriñó una entrada de luz justo encima de su cabeza. Las voces difuminadas de sus verdugos se intuían por la entrada, voces de satisfacción por una justicia bien ejercida, por castigo propiamente aplicado. Las voces pertenecientes a otro sistema moral, más atroz y sanguinario celebraban la barbarie con risotadas funestas y amargas.
Pronto dejó de ser frío aquel aterrador metal. Aumentaba la asfixia y Averno se removía en el ridículo espacio libre que tenía, contusionándose, machacándose las extremidades. La carne de sus dedos chisporroteó contra el metal caliente. Dejó escapar un agudo alarido de sorpresa y miedo a la vez que un hilo de humo con olor a carne quemada ascendía para escapar por la entrada de aire. El peor de los miedos fue el que sintió Averno, el propio de alguien que vaticina el horror que le espera, sin poder hacer más que esperar a que llegue, deseando que los infinitos segundos restantes no sucedan nunca. O que transcurran como tales segundos, y no como una eternidad de pesadilla. Su piel quedaba pegada al metal, la cual se desgarraba con cada convulsión de sufrimiento del condenado. Los gemidos más escalofriantes, propios de una desgraciada bestia de las profundidades, salían de aquel mortal. Quedaban casi ahogadas por el ruido de su cuerpo, ya negruzco y cubierto de sanguinolentas ampollas, siendo asado vivo en el horno de muerte y oscuridad en el que se debatía.
Dentro, una imagen que se podía atribuir al propio infierno, mientras que fuera la multitud de justicieros, verdugos y espectadores se maravillaban ante la enorme y majestuosa escultura del toro. El toro de bronce hueco, forjado con maestría hasta el más mínimo detalle, no solo brillaba por su color, sino por la incandescente temperatura que había alcanzado. Dándose por satisfechos con la tortura dejaron de avivar el fuego. Se limitaron a contemplar la mirada del toro. Rojizos y amenazadores, ojos del horror, de la tortura y de la muerte dolorosa. Unos ojos que desearías no haber visto nunca y aun así no puedes dejar de mirar. Suave y lentamente, el humo de la quema del hombre salía por las fauces del toro, curvándose en el aire, añadiendo hipnotismo al engendro inmóvil, formando una película translúcida sobre su cabeza. Los espantosos chillidos del desdichado que albergaba en la panza quedaban proyectados por la abertura en la boca como un simple y doloroso mugido. Entre fuego y castigo el toro mugía, mugía por la muerte del joven.

Andrés Pacheco Paniagua (Madrid)

Felices Fiestas

¡Riiiing! Eduardo Frápoli acababa de desconectar la alarma del despertador justo cuando marcaba las 7:30 AM. Sus días habían comenzado así durante los últimos siete años, desde que aprobara las oposiciones al Servicio de Correos. La rutina había hecho que sus movimientos matutinos fueran prácticamente automáticos: salir de la cama por la izquierda, camino del baño, para allí ducharse y afeitarse; seguir en albornoz hacia la cocina, para prepararse un café muy cargado, insuficiente a todas luces para despabilarse pero necesario en aras a no romper su costumbre habitual; arrancar la hoja del calendario del día anterior, 23 de diciembre en esta ocasión; vestirse con la corbata y la chaqueta correspondiente al día de la semana en que estuviera y, por último, peinarse rápida pero cuidadosamente, para dar una imagen de persona escrupulosa, limpia y aseada en lo relativo al aspecto personal.
Pocas o ninguna cosa cambiaban en el despertar diario de Eduardo; cualquier hecho fuera de lo habitual era rápidamente detectado por un sorprendido Sr. Frapoli, como lo llamaban en la oficina. En cuanto descubría uno de esos gestos o actos extraordinarios, Eduardo se reprendía a sí mismo de forma rigurosa: “La constancia y el trabajo bien hecho son la base del éxito, no los olvidemos”. Con esta frase, Eduardo se aguijoneaba la conciencia constantemente y gracias a ella, o al menos eso pensaba él, había logrado ascender con sorprendente facilidad en la oficina donde estaba destinado.
Esa mañana había sido una de aquéllas escasas en que un signo de innovación, de anomalía, había surgido en su rutinario levantar. Cuando estaba afeitándose, se oyó entonar una leve, pero no por eso menos llamativa, melodía; una canción que había escuchado en un anuncio publicitario la noche anterior, se inmiscuía irrespetuosamente en su estricto quehacer matutino. Tras recordarse su lapidaria frase para estos casos críticos, Eduardo se encaminó una vez más hacia la cercana oficina de Correos en la que trabajaba.
Eduardo Frápoli era una persona austera, seria, rigurosa y metódica en el trabajo, poco dada a ciertas alegrías, tan comunes a todos los mortales por otro lado, y aún más a ciertos cuerpos de funcionarios al servicio del Estado. En la oficina, todos los empleados le trataban de usted, de ahí el apodo por el que era conocido: “Mr. Frápoli”, pronunciado siempre con cierto tono sarcástico; nunca dejaba su puesto, a no ser que lo reclamaran en otro lugar y, por supuesto, nunca cruzaba una palabra más de las estrictamente necesarias con el resto de los empleados. Su eficiencia, fuera de toda discusión, estaba acompañada de un mutismo absoluto; este hecho hacía que los compañeros elucubrasen múltiples hipótesis sobre este misterioso silencio. Así, últimamente, se extendía la idea de que era un reprimido y que las noches en su piso eran la válvula de escape para sus inhibiciones: orgías, macrofiestas, reuniones homosexuales... se sucedían semanalmente. Todos sabían de la falsedad de estas acusaciones, pero disfrutaban haciendo corrillos y hablando sobre las posibles correrías de un personaje tan serio y puntilloso en todo lo que fuera su imagen exterior, porque de la interna poco o nada podían conocer.
Estos rumores traían sin cuidado a Eduardo. Él debía ser así, y por mucho que los demás lo criticasen jamás iba a cambiar. Tenía casi todo lo que podía desear: su propio piso, dinero para vivir decentemente, posibilidades de ascender en la oficina y llegar a conseguir algún día un puesto influyente y, sobre todo, tiempo libre. Tiempo para realizar la principal misión que se había marcado en su vida: escribir, aunque no fuera escribir por placer. Su objetivo fundamental era redactar un libro con las fórmulas secretas para alcanzar el éxito y la estabilidad en la vida humana. La eliminación de las religiones, el alejamiento de cualquier sentimiento o pasión, todo basado en el autocontrol, el trabajo y la razón humana, eran sus principios elementales. Ser más parecido a un robot que a una persona. Con estas ideas, mucho más desarrolladas en su libro, esperaba cambiar el mundo y conseguir que la humanidad, al fin, se alejara de la desidia y el marasmo en el que se había desenvuelto a lo largo de la historia.
Pero esa mañana un nuevo acontecimiento se iba a cruzar en su regular y controlada existencia. Antes de entrar en la oficina, un viejo de pelo blanco y espalda encorvada le hizo un vago gesto con su mano derecha en forma de saludo. Eduardo lo conocía de vista. Era el vecino de enfrente. Sin saber cómo ni por qué, Eduardo se sorprendió saludando al anciano con un automático e incontrolado “Buenos días”. Esto era demasiado. Dos faltas disciplinarias en un mismo día rayaban ya lo humanamente soportable. ¡Y sólo eran las 8:30 A.M.!
Entró en la oficina ciertamente turbado. Era muy extraño que esto le ocurriera de una forma tan seguida; normalmente, estas pequeñas debilidades le surgían muy de cuando en cuando, casi siempre después de haber tenido una jornada agotadora. El cansancio era el principal enemigo a batir. Pero en esta ocasión no podía objetar una derrota ante el contumaz adversario; precisamente, hacía un par de semanas había disfrutado de un largo puente que él dedicó, sin que sirviera de precedente, a descansar. Por tanto, aquello que le ocurría debía tener otra explicación.
La oficina estaba profusamente cargada de la típica decoración navideña: un árbol de Navidad convenientemente adornado, mensajes de paz recortados con cartulinas de colores colgando de la pared, e incluso había un pequeño belén en una mesita de su despacho. Por supuesto, el belén no lo había puesto él, pero tampoco le estorbaba en demasía. Aunque, ahora que lo pensaba bien, lo que más cambiado parecía era el carácter de sus compañeros. Ya fuera porque se acercaba un nuevo período de vacaciones, ya fuera porque realmente eso que llamaban “el espíritu navideño” influía positivamente en su actitud, todo el mundo estaba más alegre de lo normal. La habitual apatía del colectivo se había transformado, como por arte de magia, en una simpatía y una cordialidad dignas de encomio.
Eduardo se dio cuenta de todo inmediatamente después de que su secretaria, de la forma más educada que era capaz, le preguntó si asistiría a la cena anual de nochebuena de la oficina. Inconscientemente, “Mr. Frápoli” dijo que sí, que esa noche iría. El revuelo que se armó en la oficina fue inenarrable; el inefable Eduardo Frápoli, el aburrido y antisocial Sr. Frápoli iba a asistir por fin, después de siete años, a un acto público fuera de los horarios de oficina. Las especulaciones sobre sus motivaciones se dispararon: que si iría con su mujer; que si como estaba soltero llevaría a alguna amiga o amigo, vaya usted a saber; que si iría solo y sería la ocasión ideal para descubrir parte de sus secretos...
Todo esto se le vino a Eduardo encima nada más salir su secretaria del despacho; se había vuelto un débil –sus acciones no dejaban lugar a la duda– al dejarse llevar por aquélla estúpida conmemoración del nacimiento de alguien que únicamente había traído más esclavitud y sinrazón a la humanidad. Sí, era la Navidad. Todos los años por esas fechas solía aumentar su concentración con el objetivo de cumplir, con más rigor si cabe, los mandamientos que tanto le había costado encontrar. Se volvía más arisco que de costumbre en el trato, no hablaba prácticamente con nadie y, sobre todo, se volcaba con ardor en el desempleo de su trabajo. Pero este año, con la casi definitiva finalización de su libro y lo enfrascado que estaba en ello, no había sido consciente del advenimiento de “la feliz época”, como él la llamaba en tono irónico.
Sin apenas darse cuenta, en algo menos de cinco horas había traicionado por tres veces unos principios tan fuertemente arraigados. El virus navideño había hecho, definitivamente, mella en sus defensas. Por primera vez en los siete años que Eduardo llevaba trabajando en la oficina, ese día salió una hora antes del fin de la jornada normal. Un sorprendido director de la oficina le había concedido la exención unos minutos antes por “asuntos personales”. Esta fue la gota que colmó el vaso del chismorreo en la oficina: que si claro que es normal que el chico se vaya antes para comprar ropa, que si tendrá que aprenderse las cincuenta palabras más utilizadas en una conversación... La imaginación del cuerpo de funcionarios no tenía límites en lo referido a la arcana personalidad de Eduardo. Al llegar a su edificio, el portero lo saludó con el consabido y ya familiar ¡Feliz Navidad!. Eduardo, sin poderlo evitar, le deseó lo mismo, acompañando sus palabras con una amarga sonrisa. Nada quedaba ya por aclarar: el adalid de una nueva ideología, el creador de una revolucionaria forma de vida, había sucumbido ante un simple saludo, ante una sencilla sonrisa; todo esto, además, en unas fechas en las que el hombre dejaba salir a flote la parte más sensible y débil de su ser.
Cuando entró en su piso, Eduardo se dirigió directamente hacia el armario donde se encontraban los folios que componían su futura Biblia. Buscó denodadamente un párrafo, tirando al suelo con saña el resto de las hojas y, por fin, lo encontró.
El día 26 de diciembre, todo el personal de la oficina, después del correspondiente saludo navideño, se mostraba un tanto decepcionado por la ausencia de Mr. Frápoli en la fiesta. Pero esta conversación pasó rápidamente a un segundo plano cuando se supo que Eduardo no había llegado aún a la oficina. El rumor se extendió como la pólvora entre los empleados y, de inmediato, se convirtió en el tema del día; de nuevo las hipótesis más inverosímiles se dispararon en los grupitos formados ex profeso para comentar el hecho: que si se habría pegado una juerga de aquí te espero el día anterior y la resaca lo tendría tumbado en la cama, que si Papá Noel le habría regalado una muñeca hinchable... Lo que nadie esperaba fue lo que poco después se supo gracias al periódico. En la crónica de sucesos, una noticia luctuosa acaparaba la primera página casi por completo:

SUICIDIO DE UN JOVEN FUNCIONARIO
Eduardo Frápoli Torrent, de 28 años de edad, fue encontrado muerto en su piso ayer, día de Navidad, con un tiro en la sién que, según las primeras hipótesis policiales, se disparó él mismo. Durante el registro de la habitación en que fue descubierto el cuerpo, se hallaron multitud de folios mecanografiados esparcidos por el suelo. En un armario, una nota supuestamente escrita por el presunto suicida decía: “Lego mi obra a alguien que sepa apreciarla más que yo mismo“. Durante el examen del cuerpo, en la chaqueta del fallecido también se encontró un folio arrugado en el que estaba subrayada una frase que decía textualmente: “Todo aquel que no siga las normas de forma fiel será considerado un indeseable, un fracasado, un débil, una persona que no merece vivir porque pertenece a la clase más degenerada y rastrera de la raza humana. Es la escoria y, como tal, hay que eliminarla”. Este misterioso caso, seguirá siendo investigado por la policía...


HISTORIA: El relato anterior podría desarrollarse así: Dado que llevaba muchos años viviendo solo, siempre se dirigía a sí mismo en plural, como si hubiera alguien más con él, igual que si su ser tuviera dos personalidades distintas: una que pensaba y se expresaba, y la otra que actuaba habitualmente a las órdenes dictadas por la personalidad dominante. La mente humana es totalmente
poderosa, autónoma... y el cuerpo es el débil, irregular, imperfecto. Habría que explotar esta dualidad del ser humano. Su libro estaría totalmente dominado por esa mente perfecta, mientras que sus actos estarían vertebrados por los sentidos. Intenta engañarse para convencerse de las teorías creadas por él mismo, pero finalmente no puede resistir más la mentira y se suicida.


Juan de Dios Valverde Jiménez (Jaén)

El tren taurino

Cuando se confirmó la noticia de que el último premio Nobel de Literatura, el estadounidense Mark Erst, sería el primero en completar la ruta por la que discurriría el Tren Taurino, los politicos provinciales no dudaron en proclamar a los cuatro vientos periodísticos que el éxito de la empresa, de la que muchos habían dudado, en especial los partidos de la oposición, estaba asegurado.
Como casi siempre que surgía una noticia de interés, había sido un medio de comunicación de ámbito nacional el encargado de difundir la primicia informativa, el nacimiento del Tren Taurino, una iniciativa destinada a fomentar el desarrollo económico de la comarca jiennense de El Condado con la presencia de turistas interesados en conocer de cerca las interioridades del mundo del toro en su hábitat natural.
Este simple argumentario de ideas fue tomando forma lentamente. La vaguedad del planteamiento inicial se fue concretando con la elección de las diferentes dehesas que podrían ser visitadas, los medios de transporte utilizados, la disponibilidad de los ganaderos y el convencimiento de los propios habitantes de la comarca de la viabilidad y beneficios que podría suponer la puesta en marcha del Tren Taurino.
Por eso, la presencia de Mark Erst en el primer viaje del Tren Taurino pareció dar un impulso inesperado a una idea que avanzaba, como el resto de proyectos del país, siempre a expensas de que cualquier político se acordara de ellos para situarlos en el candelero durante unos días y devolverlos al arcón del olvido pocos después, hasta que de nuevo alguien recobrara súbita y desinteresadamente la memoria histórica reivindicativa.
Fue precisamente la rápida respuesta del reconocido escritor norteamericano la que permitió que el Tren Taurino no se estancara en una vía muerta. Tras la seguridad de que el autor de “In the pocket” –libro que según los críticos más notables asentaba los principios de la filosofía del siglo XXI sobre la superioridad del concepto de miniatura– inauguraría la línea, todos los implicados en el proyecto comenzaron a preparar el primer trayecto, que se iniciaría en Madrid y terminaría su primera etapa, después de un viaje de tres horas en tren, en la localidad jiennense de Navas de San Juan.
La noticia que tanto había impactado en los políticos provinciales apenas había despertado interés en el propio pueblo. Como casi todas las propuestas que partían de los partidos políticos, ávidas siempre de recoger votos cuando los comicios se acercan, aquella les sonaba a los naveros a un nuevo cuento. Pocos eran los que en un principio habían leído o escuchado la noticia en la prensa o la radio, y aún menos los que daban crédito a una información que, pese a su aparente importancia, no iba a sacarles de su habitual apatía.
El comentario cada vez más extendido de que Mark Erst aportaría su singular presencia al primer viaje del Tren Taurino había dejado a los naveros prácticamente indiferentes. Únicamente cuando por el pueblo se corrió la voz de que “el Mar Kes” visitaría durante su viaje algunas dehesas de la comarca, las personas mayores del pueblo rebuscaron en sus resquebrajadas memorias para recordar cuánto tiempo hacía que no visitaba la localidad un miembro de la aristocracia.


Esta asociación de ideas no dejó de causar gracia al premio Nobel de Literatura, que expresó a su llegada a Navas la satisfacción que le producía ser reconocido como el primer noble de su país, los Estados Unidos de América. Pero eso sería un poco más tarde, después de que Erst conociera a “El niño”, el torero de la tierra que despertaba pasiones en España y en todo el mundo taurino y que había sido la causa por la que el escritor californiano había dejado la pacífica granja en Sacramento donde vivía para viajar a la agreste y aguerrida España.
Eso y la obligada admiración que sentía por su paisano Hemingway y todo lo que éste había significado. Por una causalidad que Mark Erst no sabía explicarse muy bien, desde que publicó su primer libro había sido comparado con el inestable viajero y creador de “El viejo y el mar”. Pese a que Erst no se sentía próximo a la forma de entender la vida de Hemingway, había leído todas sus novelas y su editor le había aconsejado que utilizara esta afortunada ascendencia para engrandecer su prestigio.
Esta fórmula y la defensa que en sus novelas y ensayos hacía del dominio que la miniatura ejercería en el siglo XXI, le habían llevado a alcanzar el premio Nobel de Literatura a una edad casi impensable, 45 años, pero su fama aún no había alcanzado su cenit, en especial porque su trascendencia pública no estaba respaldada por una relevante vida privada. De ahí que cuando le llegó la invitación de un matador de toros que se apodaba con el curioso y enigmático nombre de “El niño” de viajar a España para inaugurar un proyecto denominado Tren Taurino, no dudó ni un instante en hacer las maletas y emular a Hemingway y su infinita pasión por el mundo de los toros.
Pese a que no titubeó a la hora de adoptar esta decisión, Mark Erst sabía que ese viaje era el reto más importante al que se enfrentaría en lo que le restaba de vida. Era consciente de que si superaba esta última prueba sería considerado como el sucesor único e indiscutible del maestro Hemingway, un honor que lo situaría definitivamente entre los grandes literatos de la historia. Porque como Hemingway, Mark Erst tendría la oportunidad de entablar amistad con uno de los toreros más importantes de la historia de la tauromaquia: “El niño”.


De su misma generación, a “El niño” nadie le recordaba ya sus dubitativos comienzos. De aquella desgarbada figura, que producía más de una broma de los espectadores de las plazas de tercera en las que hacía el paseíllo, apenas si quedaba un andar desacompasado, que se acentuaba al término de sus cada vez más escasas faenas. Su valor ante los afilados cuernos de los astados le granjeó a lo largo de su carrera la admiración de buena parte de la afición taurina, que no había dudado en situarlo en los altares de la tauromaquia después de haberse salvado en infinidad de ocasiones de la muerte tras una cogida de gravedad.
Su fama en el mundo de los toros corría paralela a otra no tan ascendente, como era la de su probada ignorancia. Poco o nada sabía “El niño” que no tuviese relación con el mundo de los toros. Se podría incluso asegurar que su filosofía y sus puntos de vista partían del toro, de la bravura y grandeza que este animal representa. “El niño” se obcecaba en defender sus particulares puntos de vista en todo tipo de foros, y cada día se dedicaba menos a torear y más a expresar sus inopinados razonamientos.
Las controversias que se generaron en torno a su figura incrementaron notablemente su celebridad, que se equiparó en los foros taurinos y en los tertulianos. Una corriente filosófica, denostada por sus enemigos, surgió en torno al torero. Niñerías denominaban sus opositores, en tono despectivo, las opiniones que desde el bando del matador se expresaban. Para acallar estas críticas, “El niño” necesitaba el respaldo de una primera figura de las letras. Conocedor del proyecto del Tren Taurino, no dudó en apoyarlo públicamente e incluso se comprometió a difundirlo por todo el mundo.
De ahí surgió su invitación a Mark Erst, el sucesor de Hemingway. Conocedor del mundo del toro en su más profundo ser, “El niño” encontró en esta opción la posibilidad de ofrecer una reencarnación del entendimiento existente entre la literatura y la tauromaquia, personalizado allá por los años 50 en las figuras de Hemingway y Antonio Ordóñez. La historia se repetiría, pensó henchido de satisfacción el torero cuando recibió la confirmación de la visita del escritor recientemente galardonado con el premio Nobel de Literatura.


La inauguración del Tren Taurino se realizó temprano, a las nueve de la mañana. La estación de Atocha estaba repleta de periodistas, reporteros gráficos y demás farándula comunicativa, reunidos en torno a las figuras del torero y el escritor. La satisfacción de los dos protagonistas era compartida por la amalgama de políticos asistentes al acto, dispuestos a no dejar escapar una buena foto con semejante compañía en las portadas de los periódicos.
El tren, una reciente adquisición de Renfe, llevaría a los protagonistas en algo más de tres horas a la pequeña localidad de Navas de San Juan, en la provincia de Jaén, fin del trayecto ferroviario y comienzo del taurino. Antes, “El Niño” y Mark Erst rubricaron con una firma sobre la locomotora su presencia en un día tan señalado para ambos. El tercer protagonista de la historia, el pueblo de Navas de San Juan, permanecía tranquilo, ajeno a toda aquella parafernalia que en torno al Tren Taurino se dirigía hacia sus calles y plazas.
Se hubiera podido decir que Navas de San Juan no era parte de la historia, al menos de ésta. Pocos eran los que habían tenido un verdadero conocimiento de lo que la caravana ferro-taurina supondría para la localidad. Esa mañana, más de un navero se vio sorprendido por las elegantes galas que adornaban las calles y los principales edificios de la localidad. Las personas mayores de la localidad rebuscaron sin encontrar en su desdibujada memoria un engalanamiento similar.
Conforme se acercaban las doce de la mañana, la estación de tren de Navas se fue llenando de personas, casi todas desconocidas para los habitantes del lugar. El natural interés que cualquier aglomeración humana genera en el resto de individuos de la especie provocó que minutos después, justo cuando el Tren Taurino realizaba la primera parada en su estación de destino, ésta estuviera repleta de público. Los políticos asomaron sus cabezas por las ventanillas para ofrecer su mejor sonrisa a la ingente cantidad de votos que allí se acumulaba.
Mark Erst y “El Niño” fueron los primeros viajeros en apearse del tren. El californiano descendió del tren con rostro adusto, serio. El torero, por contra, apareció radiante, satisfecho de su triunfo, de su inclusión en el mundo de las letras por la puerta grande. Durante el viaje, “El Niño” había intentado inculcar a su ilustre compañero de viaje toda la filosofía que albergaba en su enjuto cerebro. La incompetencia del traductor y el escaso interés de Erst por ocultar su indiferencia –estaba más preocupado por no marearse en el viaje que por escuchar el incansable monólogo del torero– acabaron causándole un considerable malestar que no se molestó en esconder al término del trayecto por tren.
Las figuras de ambos se nivelaron en el andén. Los naveros contemplaron estupefactos la grotesca imagen que ante ellos aparecía. Un personaje alto, fornido, desgarbado y de rostro anodino estaba acompañado por otro bajo, delgado, taimado y con un brillo en sus ojos más cercano a la picaresca que a la inteligencia. Una comitiva interminable que parecía expresarse a través de innumerables codazos, empujones y flashes, no necesariamente en ese orden, les seguía inmediatamente.
–Estos deben ser “El Niño” y el “Mar Kes”, los que iban a venir al pueblo para traer más turistas –dijo en tono neutro Pedro Merino, uno de los habitantes más antiguos de Navas.
–Sí, eso parece –aseveró su vecino Juan García.
–Si éstos son los que tienen que traer a los guiris, más vale que sigamos cultivando los olivos –comentó con cierta sorna Merino.
–Seguro –asintió Juan García con la cabeza.
Ambos se unieron al cada vez mayor número de acompañantes que perseguían al torero y el aristocrático escritor. La adormecida curiosidad de los naveros se vio espoleada por lo estrambótico del conjunto formado por ambos personajes. A partir de ese instante, el Tren Taurino abandonaba la primera parte de su denominación, ligada al ferrocarril, para adentrarse en la concerniente a la tauromaquia. En el recorrido fijado en su inauguración, los organizadores eligieron una de las siete fincas incluidas en el itinerario, “El Potril”, para enseñar en profundidad al escritor estadounidense los entresijos del mundo del toro.
La comitiva accedió a diferentes vehículos de tracción a las cuatro ruedas para adentrarse en el escarpado lugar en el que se ubicaba la dehesa. Mark Erst no pudo reprimir su disgusto por la elección del medio de transporte, que sin duda le ocasionaría nuevos malestares estomacales. “El Niño” resultaba una vez más su antítesis. Se acercaba a su espacio natural, aquél en el que se mostraba insultantemente superior, aunque ya hubiera demostrado con creces que en la literatura se desenvolvía como monosabio junto a las tablas. Dada la escasez de todoterrenos, buena parte de los naveros que seguían a la llamativa pareja debió permanecer en Navas de San Juan, aunque todos aquellos que disponían de un vehículo de estas características no desperdiciaron la oportunidad de presenciar un mano a mano tan rocambolesco como único.
Este segundo desplazamiento fue considerablemente más corto que el ferroviaro, circunstancia que no dejó de agradecer el premio Nobel de Literatura, que no veía el momento de concluir esta desagradable aventura. El paseo por las colinas de El Condado descubrió a Mark Erst que en esa tierra, además de aquellos árboles omnipresentes, había otra clase de paisaje. Amplias y verdes praderas se abrían sin límite a la vista de los noveles visitantes, que descubrían así cómo el dominio del olivar en la zona encontraba límites en ese espacio. Este fue uno de los pocos instantes en que el escritor californiano encontró la paz y el sosiego a los que tan acostumbrado estaba en su país, una tranquilidad que interrumpió de súbito un fuerte mugido.
En aquella inmensa pradera, tan similar a la existente en algunas comarcas de Estados Unidos, unas enormes reses pastaban placidamente sobre el tapiz verde. La habitual palidez de Mark Erst se acentuó en el momento en que el traductor le comunicaba entrecortadamente que aquellas eran las hembras del toro, animal que contaba con un tamaño aún mayor. La fobia por lo desaforado y gigantesco volvió a reaparecer en el literato, que a partir de ese instante comenzó a temer que lo peor de su viaje aún no había llegado.
Una vez que “El Potril” apareció ante los ojos de los viajeros, los todoterrenos comenzaron a detenerse en fila. Era el momento de la verdad y “El Niño” salió del vehículo dispuesto a encabezar el improvisado paseíllo. Temeroso y amedrentado, Mark Erst le seguía justo detrás, como protegiendo su escasa estatura bajo la sombra del enorme torero. El ganadero propietario de “El Potril” les esperaba a la entrada de su finca. Con un enorme puro en la mano, abrazó efusivamente al torero y se limitó a estrechar altivamente la mano del premio Nobel. Erst, sorprendido por tamaña descortesía, se limitó a agachar la cabeza y acelerar el paso para no perder la estela de “El Niño”, que se dirigía decididamente hacia un espacio vallado. Detrás de ellos, fotógrafos, periodistas, articulistas y curiosos naveros no perdían detalle de nada de lo que acontecía.
Entre los atractivos que la ruta del Tren Taurino ofrecía a los turistas se encontraban el acercamiento al toro desde su nacimiento. El itinerario en las diferentes dehesas incluía el momento del parto o, en su defecto, la cría, la impresión de la divisa, la alimentación de los astados y hasta su reproducción, nada alejada de las formas habituales a otros animales. La teoría que el traductor llevaba a los oídos de Mark Erst estaba comenzando a hastiarlo cuando llegó la hora de las prácticas. El premio Nobel de Literatura fue invitado con un gesto por su acompañante de viaje a que colocara la divisa de la ganadería en uno de los novillos.
El miedo que inundó a Mark Erst se reflejó con todo el poderío de que era capaz en sus ojos, que de súbito perdieron el brillo irónico que habitualmente los definía. Pero el escritor estaba acostumbrado a mostrar en su rostro sentimientos opuestos a los que realmente prevalecían en su interior. Así que con aparente decisión agarró el hierro que le tendía sonriente “El Niño” y con paso firme se acercó al novillo que permanecía encerrado en un pequeño espacio protegido por barrotes. La furia que se desató en el animal al sentir el calor abrasante del hierro fue suficiente para tirar al suelo a Mark Erst, que comprobó cómo su auditorio se mofaba del resultado del experimento.
Su más que altivo orgullo sufría un serio revés. Un animal tan grande y torpe como el toro le tiraba por los suelos. Ayudado por el torero y el ganadero a levantarse, el escritor recogió con prestancia el hierro y, por segunda vez, se acercó decidido a imponer su superioridad ante un ser tan primario. Advertido por su amarga primera experiencia, Erst se mantuvo firme y pocos segundos después, pese al encabritamiento del animal, retiró el hierro candente que había dejado sobre el bello del novillo la inconfundible divisa de “El Potril”. Su orgullo, ya repuesto, se creció ante los numerosos aplausos que los periodistas y curiosos que le rodeaban ofrecieron tras su tardío éxito.
Completamente satisfecho, Mark Erst demostró por primera vez a lo largo del viaje un cierto interés por conocer algo más en profundidad el mundo del toro. Sabedor de que su primer triunfo podía verse refrendado definitivamente superando otra prueba, el escritor solicitó a “El Niño” que le enseñara alguno de sus afamados pases ante el toro. Si superaba este último examen, Erst sabía que la crítica le consideraría, no sólo sucesor de Hemingway, sino que le denominaría como el nuevo ejemplo a seguir para los escritores del futuro.
“El Niño”, un tanto sorprendido por la osadía del escritor, se mostró poco dispuesto a aceptar el envite. Sabía que tenía poco que ganar, él que ya había intercambiado sus postulados con el último premio Nobel de Literatura, pero la insistencia del estadounidense le empujó a darle una lección. La altivez que había demostrado a lo largo de todo el viaje le había hecho sentirse molesto en más de un instante y ahora, en su terreno, se podía tomar cumplida revancha. Así que el matador, acompañado por todo el expectante séquito que los perseguía, se dirigió a uno de los tentaderos de los que el ganadero de “El Potril” disponía en su finca.
Vista la disposición del torero, Erst comenzó a arrepentirse de su petición. Aunque al principio estaba decidido a llevarla a cabo, también confiaba en que el matador no le permitiera semejante atrevimiento. Pero no había ocurrido así. La primera negativa de “El Niño” fue seguida de un consentimiento cargado de ironía que no entusiasmó precisamente al literato, que comenzó a temerse lo peor. Un presentimiento que se confirmó nada más ver sobre el pequeño ruedo a un novillo, mucho mayor que el que pocos minutos antes había marcado, dispuesto para ser toreado.
El matador acompañó a Mark Erst hasta uno de los burladeros y con paso lento pero seguro se acercó con su capote hasta la bestia. El toro, un novillo de un año, se acercó al torero con la fuerza y la velocidad que le daban su juventud. “El Niño” se sirvió también de su experiencia para dar varios pases que fueron aplaudidos fuertemente por los presentes, incluido el escritor norteamericano, que mitigaba sus nervios por medio de las palmas. Después de varios lances más, el matador invitó a Mark Erst a que afrontara la prueba definitiva. Mientras recibía con un ligero temblor de piernas las escuetas explicaciones del torero, su mirada se dirigía de reojo al enemigo que en breve debería lidiar.
–“Only ten seconds”, se decía interiormente en su lengua materna el escritor.
Cuando se quedó solo sobre el ruedo, se acercó lentamente con el capote tendido al novillo. Próximo ya a su objetivo, el animal se arrancó expoleado por un grito de “El Niño”, que comprobó con una amplia sonrisa en la boca cómo Erst, obnubilado, permanecía paralizado a la espera de que le embistiera el astado. Un hecho que no tardó en producirse, con el resultado de ver a todo un premio Nobel de Literatura por los suelos por segunda vez en una mañana. La fuerza del animal no sólo había derribado al escritor, sino que le causó alguna que otra lesión interna –dos costillas rotas– diagnosticada con prontitud por el médico encargado de cubrir los posibles accidentes que ocurrieran a lo largo de la ruta del Tren Taurino.


Sin sentido por el dolor, Mark Erst recuperó el conocimiento una hora después. Su vuelta al mundo de los vivos fue saludada con un aplauso por las numerosas personas que se encontraban en la habitación en la que estaba tendido sobre una camilla. Este gesto hizo suponer al literato que, pese a su revolcón, había cumplido con creces las expectativas. La gloria definitiva ya estaba a su alcance, pasaría a formar parte de la leyenda.


Al día siguiente, los periódicos provinciales, regionales y nacionales coincidían en señalar el valor y la osadía de Mark Erst, quien había demostrado su valentía, por lo que era digno de recibir los mayores elogios de los cronistas que lo acompañaron. Las fotos publicadas no eran tan favorables y le mostraban en el momento en que, debido a la embestida del toro, volaba por los aires. Pero, en general, todos se congratulaban del éxito de la visita y de la brillantez del Tren Taurino, una iniciativa a la que se auguraba un prometedor futuro.


“El Niño” se mostraba exultante por haber sido durante un día anfitrión del premio Nobel de Literatura, con el que decía haber trabado una gran amistad. Pero en su fuero interno, el torero estaba un tanto decepcionado por el excesivo protagonismo que había recibido el escritor, que había hecho el ridículo, beneficiado sin duda por la simpatía que se suele mostrar ante las víctimas de los toros. Él, que había sufrido tantas cogidas, lo sabía muy bien. Tan bien como sabía que, en adelante, sus detractores no osarían tildar sus ideas de “niñerías”.

Mark Erst, por su parte, regresó pronto a su granja en Sacramento. Agotado por tanto viaje, decidió tomarse un merecido descanso, pese a que su representante le aconsejaba que sacara partido con rapidez de su exitosa visita a España para escribir su historia. Un libro que, poco después, comenzó a redactar y con el que un año después consiguió el premio Pulitzer, por reflejar la gallardía y valentía de un estadounidense ante el reto de enfrentarse con éxito al peligroso mundo de los toros.


Navas de San Juan recuperó pronto su tranquilidad habitual. La repercusión del Tren Taurino fue decreciendo conforme los ecos de la visita del premio Nobel de Literatura se alejaban. Sólo en el pueblo se siguió con los años comentando, como si de una antigua leyenda se tratara, el viaje de aquella rocambolesca pareja, muy parecida a Don Quijote y Sancho Panza, que había demostrado con creces, uno su bravuconería y estupidez, y otro su pacatería y torpeza.

Juan de Dios Valverde Jiménez (Jaén)