lunes, 1 de febrero de 2010

Absurdas amistades

-¡Achiss!
-Jesús.
-Que.
-Nada.
-¿Y por qué me llamas?
-No te he llamado.
-Has dicho Jesús.
-¿Te llamas Jesús?
-Sí.
-Yo José.
-Nos falta María.
-Es cierto.
-Hola cariño.
-Hola.
-Jesús, te presento a mi mujer.
-Encantado.
-Igualmente Jesús, me llamo María.
-¡Mira! Ya estamos al completo.
-Sí, falta el buey y la mula.
-Mi cuñado es ganadero.
-¡Ya tenemos el Portal de Belén!
-Eso está en casa de mi cuñada.
-¿El qué?
-El Portal de Belén.
-¿Pone el Nacimiento en Navidad?
-No, tiene un chalet en Somosierra y se llama Belén.
-¡Que gracioso!
-Soy Humorista.
-Se nota.
-¿El qué?
-Tu Ironía.
-La heroína es mi mujer.
-Y tu ¿Quién eres?
-El héroe.
-¿Superman?
-No, Jesús…
-¿El Nazareno?
-Tampoco.
-¿Qué Jesús?
-Neira.
-¡Ah!

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

¿Diálogo de besugos o entrevista de trabajo?

Anuncio publicado en un periódico local: 8-Enero-89

Lavadora y plancha (lava, dora y plancha) en muy poco tiempo. ¡Una ganga! Nombre: Adoración Martínez (asistente domiciliaria). Interesados: páginas amarillas sección electrodomésticos.

10-Enero-89

-Ring... Ring... Ring...
-Adoración Martínez, asistente domiciliaria, dígame...
-Hola, soy Manuel, mira... necesito cortaúñas humano y cuchillo con vida propia, soy manco, ¿podrías trabajar en mi casa?
-Ofrezco mi trabajo a cambio de cama... vacía.
-Déjame pensar... ¿Dispones de vehículo propio?
-No.
-Te vendo uno de quinta mano... de pintura.
-Te lo compro si me aseguras una plaza fija de aparcamiento diaria.
-Existen plazas libres de aparcamiento en la luna, solo tienes que ser lunático o lunática y contactar con la NASA.
-No soy una lunática, soy Adoración Martínez, asistente domiciliaria.
-Adoración, ¿podrías también cuidar unas horas a mi sobrina hiperactiva? A veces, la regalaríamos.
-¡Si hombre, si te parece te atiendo algo más!
-Pues, ahora que lo dices, buscaba dependiente para mi pastelería ¿no serás golosa o mayor de 80 años?
-No, soy Adoración Martínez, asistente domiciliaria, 45 años, diez de experiencia laboral, con amplios estudios, paciente, cariñosa...
-Quedas contratada, una última pregunta, ¿quieres una cama vacía?
-Sí.
-Pues mañana, además del uniforme, trae dos juegos de cama y una buena manta, en mi casa hace mucho frío.
-De acuerdo... jefe.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

SEAT 600

Sofía conducía aquella calurosa tarde en dirección a su pequeño pueblo situado en la sierra.

La carretera llena de curvas aumentaba unos nervios ya acrecentados por las prisas y el terrible calor.

Esa vereda estrecha, solitaria y mal pavimentada siempre le produjo cierto respeto. Sin embargo, aquella tarde le sorprendió.

Un camión enorme le dificultaba el paso, un taxi blanco le pisaba los talones, adelanto a un ciclista sudoroso y agotado...

De pronto un SEAT 600 amarillo le adelanto, Sofía pensó:

-¡Se parece a Piolín!

-Siguió circulando lentamente, el camión le hacia desesperarse y su irritación aumentaba por momentos.

Por fin llego a su pueblo, cual fue su sorpresa que el SEAT 600 aparcado en una esquina parecía esperarle.

Sofía decide aparcar su coche y acercarse a ese conductor de aspecto bohemio que la mira enamorado.

-¿Buscas algo? -le pregunta estremecida por esa mirada cautivadora.

-A ti- contesta ese personaje tan bohemio como conquistador.

Un amor ciego y arrebatador les hizo convivir durante 1 año de sus preciosas vidas.

Hoy todo a cambiado en la vida de Sofía: es de noche, hace frío, su compañero de cama se ha largado con otra...

Y ese curioso SEAT 600 color amarillo parece estar de luto, Sofía dueña y señora del vehículo decidió vestirlo de negro.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Agua

Se llamaba agua pero nunca quiso serlo. Su falta de gusto, de color y de un aroma que le identificara, le hacia pasar inadvertida, eso le ponía muy triste.

Vivía en un río que adornaba las montañas, entre peces que no le gustaban, un sol que le abrasaba, unas nubes demasiado lejanas y una noche que le asustaba.

-¡Soy una desgraciada! - decía a menudo.

Una tarde, conoció al limón. Se casó. Unida a su jugo se convirtió en limonada. La acidez de su marido le hizo apartarse y meses más tarde, volvió a ser agua.

¡Cómo lloraba! Las nubes trataron de animarla, el viento le susurraba y hasta las piedras quisieron consolarla... no sirvió de nada.

-¡No quiero ser agua!- gritaba.

Encontró alivio en el Ron, era muy alegre, enseguida le gustó, no pasaron muchos meses cuando se casó, pero el alcohol la dañaba y lo dejó.

Volvió a ser agua, los peces quisieron ayudarla, el sol intentó abrazarla y las estrellas la mimaban, pero ella, lloraba y lloraba...

-¡No quiero correr por las montañas!-decía apenada.

Entonces, llegó un melón y su dulce jugo la engatusó:

-Ven... -le dijo meloso.

Fue, resultó ser un bribón y en menos de un mes... agua otra vez.

-¡Solo me suceden desgracias!-decía mientras lloraba.

Pasaron semanas y su llanto no cesaba. Una tarde, un pastor le preguntó:

-¿Qué te pasa?
-No me gusta ser agua.
-¿Por qué?
-Soy demasiado clara.
-¿Y qué vas a hacer?
-No lo sé...
-¿Quieres venir a mi casa?
-¿Te gusto?
-Me encantas.

Y la pobre infeliz... murió encerrada.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Nieves

Era Enero y nevaba enormemente. Nieves, se puso a tejer una bufanda para su sobrina favorita. Jamás había hecho punto.

No sabía utilizar las agujas, la hebra se le enredaba fácilmente, el ovillo se le caía a menudo, sentía mosqueo al tejer...

Y tan patosa para las labores caseras, se encontraba, de pronto, sentada en una silla de mimbre, concentrada para no confundirse.

Pasaban los días y nieves progresaba, su alegría se acrecentaba a medida que veía avances y se sentía orgullosa.

¡Por fin acabo la bufanda! Después de tantos días, tantas horas dedicadas y tantísimos nervios... ¡por fin la termino!

Tan solo existe una dificultad. Nieves ha terminado una bufanda preciosa para su sobrina preferida y estamos en... Agosto.


Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Noelia

Eva y Daniel, se han mudado a un pueblo situado en la sierra, la llegada de un nuevo trabajo les indujo a hacerlo.

Su hija de 3 años les acompaña, están adaptándose a los cambios: nueva casa, nuevos muebles, nuevo ambiente, nuevos horarios…

Esta mañana hacía sol, Eva coge a su hija Noelia y se encamina hacia el parque ubicado a las afueras del pueblo.

-Que niña más rica, morena, ojos grandes y cara redondita ¡cómo tú!- dice una vecina en el portal.

-Sí- contesta Eva.

Sigue su camino, se encuentra contenta, la niña sonríe, van por la calle con un entusiasmo envidiable.

En el parque, se acomodan en unos bancos de madera, se acerca una mujer y dice con voz dulce:

-Hola, soy Rosa ¿eres nueva en este pueblo?

-Si, soy Eva, esta es mi hija Noelia.

¿-¿Cuánto tiempo llevas aquí?

-Más o menos un mes...

No había concluido la frase y se despide precipitadamente, tiene que vigilar a su hijo pequeño, es muy travieso.

Espera verlas pronto, se ha quedado asombrada del enorme parecido que guarda la chiquilla con su mamá.

Lentamente regresan a casa, se topan con el panadero, tras contemplar a la cría, le recuerda el enorme parecido físico que guarda con su padre.

Entra en el domicilio, espera el regreso de su esposo, cuando llega del trabajo, le dice lo mucho que la gente dice que la niña se parece a ellos.

La mira con una sonrisa llena de orgullo y picardía, Eva comprende... ¡adoptaron a Noelia hace un mes!

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

San Valentín

Díselo con flores, era la frase que se leía en un cartel de colores vivos, colocado en el escaparate de la única floristería que había en mi pueblo.

Díselo con flores, y a mi prima Inés, le regalaron un cactus. Pasó hace muchísimo tiempo, tanto que éramos unas crías.

En aquella época, enredábamos con los chicos, jugueteábamos a enamorarlos y conseguir de ellos una flor por San Valentín.

Sin embargo, ese juego no me agradaba y no era por ser la chica “buena”, ni porque no me gustara “tontear” con los muchachos de mi barrio.

Sino, por culpa de mi aspecto físico (me encontraba atrapada en una gran obesidad. Mis posibilidades de salir victoriosa eran escasas.

¿A que chaval le gustaría con casi 200 kilos de peso? ¿Quién me iba a regalar flores?

Mi prima Inés, muchacha de belleza infinita, se llevaba la palma, con sus encantos naturales, encandilaba a todos los muchachos del entorno.

Sin duda alguna, era ella la chica que más flores recibía por San Valentín.

Un año, recibió un cactus, nunca supo quien se lo había mandado, en la tarjetita adjunta a la planta, se leía con letras de imprenta: Díselo con flores.

Mi prima palideció, no daba crédito a sus ojos, aún recuerdo su cara de perplejidad.

Sin embargo, no perdió las ganas de seguir jugando, y al año siguiente, a pesar de mis protestas, volvimos a hacerlo.

Cuál sería mi sorpresa que, ese año, la que recibió un enorme ramo de rosas rojas fui yo, pero al igual que mi prima, nunca supe quien me lo envió.

Un Para ti, escrito en una tarjeta no me daba pistas y yo, consciente de mi realidad, no quise investigar demasiado, no fuera ser que no fuesen para mí.

Los años pasaron, años, en los que mi tremenda obesidad fue tratada, en ella, se escondía un quiste de 137 kilos ¿toda yo era un quiste?..Casi.

Fui intervenida varias veces, me operaron en apenas tres meses y me costó mucho tiempo recuperarme. Mi vida dio un giro de 360 grados.

Me convertí en otra persona: me formé, viajé, conocí lugares y gentes, me casé…

Solo hoy, desde otra etapa de mi vida, desde otro cuerpo... he dicho a mi prima:

-Inés ¿Sabes quien te envió el cactus en aquel San Valentín de nuestra juventud?
-No.
-Fui yo.
-¿Por qué?
-Te envidiaba, tenias todo: belleza, salud, inteligencia, amores y yo en cambio...
-Me lo temía- dijo- por eso, fui yo la que te envió aquel enorme ramo de rosas.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipozcoa)

Si fuese un zapato

¿Qué pasaría si fuese un zapato? Esos negros de cordones que mi hijo tiene en su habitación.

Esos zapatos tienen una vida muy intensa. Metidos en los pies de mi inquieto chaval ¡No paran!

A las 7 de la mañana caminan hacia el Instituto, recorren 3 manzanas, atraviesan: charcos, barro, cemento...

Allí, siguen moviéndose: arriba... abajo... una clase... otra... el recreo, fútbol, patadas, golpes... llega la comida... descansan.

Van al W.C ¡Qué sucio está todo! Hay agua en el suelo, ¿no será pis? Se mojan, se ensucian... escapan ¡Quieren salir!

A la tarde, más clases: arriba... abajo... con tanto ajetreo se sueltan los cordones, se atan bien fuerte, ¡Qué no pase otra vez!

Ahora el karate ¡fuera zapatos! ¡Siesta, que bien!

La plaza del pueblo, disfrutamos del ocio, otros zapatos se juntan. ¡Hombre, yo te conozco! ¡Has venido que bien!

Se acerca la noche, llegamos a casa, los zapatos están sucios, los limpiamos y dejamos que duerman en el balcón.

De pronto, se han despertado, un comentario les hizo llorar, oyeron decir al vecino:

-¡Eres más tonto que un zapato!

Y de nuevo me he preguntado: ¿Que pasaría si fuese un zapato? ¡Que horror! No quiero pensarlo.


Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipozcoa)

Manuel

El color rosa siempre le gustó, como también, jugar con muñecas, usar maquillaje y ponerse vestidos de tirantes.

Su nombre, Manuel, ponía en evidencia esa condición masculina, que él, repudiaba, quería ser mujer, pero la época en la que nació se lo ponía difícil.

Los años 60 estaban marcados por las ideas franquistas, peligraba la integridad de quien osara ser diferente y su padre quería convertirlo en militar.

Manuel lo intentó, estudió mucho, obedeció ordenes, se vistió de uniforme...

Pero atrapado en un cuerpo que no quería, dedicándose a algo que no le gustaba y viviendo en un ambiente tan opresor, no hizo más que llorar.

Por ese motivó, se escapó de casa una mañana fría de Enero, se escabulló entre la niebla que invadía todo el paisaje y no se supo más de él.

Diez años más tarde, Manuel se enteró por periódicos extranjeros de la muerte de su padre,

Un espantoso accidente le había arrebatado la vida y quiso acudir a su pueblo natal para despedirlo.

Acudió pues al lugar, lo encontró desconocido, tal vez como él mismo, pese a viajar en avión, no llegó al funeral,

Acudió al cementerio, mucha gente acompañaba a la familia, pero su aspecto se había transformado tanto que nadie le reconoció.

Ante la mirada de unos vecinos que no comprendían el parentesco que unía a esa extraña mujer con el difunto, se acerco a la tumba y se puso a rezar.

De pronto, su madre, tremendamente envejecida, pero con un presentimiento tan fuerte como su propio dolor, se acercó a él y exclamó:

-¿Hijo?

Y con lágrimas en los ojos le dijo al oído:

-Te quiero.

-Yo también hija-contestó su madre-yo… también.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipozcoa)

Papa Noël

Era Agosto y el calor asfixiante agobiaba tremendamente a Raúl y a Felisa. A pesar de tener puesto un gran ventilador en la sala, sudaban como nunca.
De pronto Raúl un pequeño y vivaracho niño de seis años pregunta a su tía Felisa:

-¿Cuándo viene Papa Noel?

Su tía asombrada por semejante pregunta, le comenta:

-Aun falta mucho tesoro.

-El niño insistente dice – pero tía ¿cuando viene Papá Noel?

Mira le dice Felisa enseñándole un calendario- vendrá en diciembre

-¿Que día? pregunta el chavalillo

Su tía le señala el día en el calendario.

-¿A que hora? Dice entonces el niño.

-¿Porque tanta impaciencia?- pregunta Felisa completamente intrigada

-Papá me ha dicho que este año me traerá un hermanito- dice con una sonrisa que alumbra su cara.

Es la misma sonrisa que ilumina la risueña cara de su tía Felisa.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipozcoa)

Si tu perro hablara

-Juan.
-Qué
-¿Te imaginas que tu perro hablara?
-Seria gracioso.
-Sí, mucho.
-Ya lo creo.
-Oye...
-¿Qué?
-¿Sabes que diría?
-Agua.
-No.
-¿Qué diría?
-La llamaría a ella.
-¿Quién es ella?
-La que está encima de tu cama.
-¿Clara?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque le atrae y me atrevo a decir que la quiere.
-¡No digas bobadas!
-No son bobadas, te digo que la quiere.
-¿Más que yo mismo?
-Posiblemente.
-¿Cómo lo sabes?
-Solo hay que ver como la mira, la busca, corre tras ella, la espera, le arrima su hocico y porque Clara es… ¡una perra!

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

La mosquita viva

Aquella tarde Ana estudiaba. Un examen de matemáticas le obligaba a hacerlo. Montones de libros y un sofocante calor la acompañaban.

De pronto, siente el zumbido incesante de una mosca. Revoloteaba entre sus cuadernos y le impedía concentrarse.

-Vete, vete... le decía, mientras la espantaba con sus manos.

Decidió salir de su habitación y contárselo a su madre:

-¡Una mosca no me deja estudiar! Gritó nerviosa.

-No te preocupes, echaremos insecticida-dijo su madre.

Ana siguió empollando, no había pasado mucho tiempo, cuando de nuevo, siente su zumbido.

- ¿No puede ser? ¿Es inmune al veneno? ¡Tengo que estudiar! Dijo histérica y en ese instante la mosca... desapareció.

-¿Le asustó mi grito?- pensó contrariada ¡las moscas no entienden nuestro idioma!

Lo cierto, es que Ana pudo volver a sus libros. Al día siguiente, sacó un diez. Llamó a su madre y se compró un helado de chocolate.

Estaba saboreándolo cuando, una gotita cae sobre su pantalón. Una mosca aterriza sobre ella.

-¿Será la misma de ayer? Pensó, dejándola disfrutar esta vez, del dulce sabor de su premio.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

La muerte de Plutón

Cuenta una leyenda que hace muchísimos años una extraña especie conquistó Plutón.

Eran seres diminutos con un aspecto semejante al de los humanos que llegaron una mañana en una gigantesca nave.

Sus cabezas cuadradas giraban lentamente, tenían brazos larguísimos y sus pies eran enormes plataformas con las que podían dormir erguidos.

Se alimentaban de plantas salvajes, se comunicaban cantando y además, eran mujeres los días pares de cada mes y hombres los impares.

Esta última cualidad les traía en un continuo sin vivir:

-¿Que me pongo falda o pantalón? ¿Me afeito o me depilo? ¿Uso voz dulce o grave?... - se preguntaban cada amanecer.

Antes de acabar enloquecidos por las dudas, deciden ver como funcionan en otros planetas.

Se agrupan velozmente, cogen su colosal nave, viajan por el espacio y aterrizan en Venus.

Allí se dan cuenta que todos sus habitantes van ataviados con largos vestidos.

-¿Todas sois mujeres? Preguntaron extrañados.
-sí
-Y eso ¿por qué?
-Porque nuestro calendario esta compuesto por días pares.
-¡Que bien! Dijeron.

Deciden ver otro planeta, se juntan de nuevo, cogen su lujosa nave, viajan por el espacio y aterrizan en Saturno.

En esta ocasión, sus habitantes lucen unos bigotes enormes.

-¿Todos sois hombres? Preguntaron atónitos.
-Sí.
-Y eso ¿por qué?
-Porque nuestro calendario está compuesto por días impares.
-¡Que bien! Dijeron.

Se concentran de nuevo, cogen su imponente nave y regresan a Plutón.

Allí, reflexionan sobre lo que han visto, deliberan tanto que se quedan dormidos.

Despiertan con el mismo deseo, vivir con un solo cuerpo, así que algunos viajaran hasta Venus y otros irán a Saturno.

Se apiñan rápidamente, cogen su gigantesca nave y abandonan Plutón.

Cuenta la leyenda que a las pocas horas... el planeta murió.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Luis

Lo mejor de mi vida se llama Sofía. Tiene 15 años y un aspecto angelical, es una niña de tez sedosa, pelo rubio y ojos claros, su trato es dulce y prodiga alegría. ¿Qué va a decir su madre?

Y como madre que soy, sufro cada noche que se va de fiesta con sus amigos, pienso en los peligros que pueden acecharla y no duermo hasta que la oigo entrar de nuevo en casa. ¡Aún es tan niña!

Se me hacen las noches eternas esperando su llegada ¿me acostumbraré a estas ausencias? Espero que sí o moriré agotada. ¡Mira que le robo horas al sueño! Horas de descanso que durante el día, mi cuerpo demanda.

¡Sorpresa! Está noche será distinta, Sofía no saldrá de fiesta con su pandilla de amigos, me ha dicho que le duele la cabeza y además, en clase de Ingles, estornudó muchísimo, se quedará en casa.

¡Por fin dormiré a placer! No tendré que mirar el televisor, ni leer un libro, ni oír los ronquidos de mi marido mientras espero nerviosa a mi hija. ¿Cómo puede dormir él? Sin duda, los hombres están hechos “de otra pasta”.

Esta noche nos quedaremos los tres en nuestro pequeño salón, en pijama y descalzos, hablando de nuestra vida, compartiendo impresiones, desasosiegos… ¡qué maravilla!

De pronto, cuando hablábamos de un concierto musical, suena el teléfono.

-Ring…Ring…Ring…

Sofía coge el auricular:

-Si… hola… ahora mismo voy… dame 15 minutos y estoy allí.

¿-¿Quién era?-pregunto intrigada.

-Luís…esta noche saldré con él…no te inquietes…no tardaré… lo prometo.

-Pero hija, es muy tarde y ¿tu dolor de cabeza?

-Se me ha pasado, no te preocupes mamá.

Y mi hija se marchó, alegre, linda y perfumada. Una noche más tendría que ver el televisor, leer un libro, sufrir los ronquidos de mi marido y además… hallar respuesta a una tremenda pregunta.

-¿Quién demonios es Luís?

Inmaculada Cordovilla (Mondragón , Guipuzcoa)

Lógica infantil

El 20 de Julio de 1969 era sábado y hacía un calor espantoso. Alba, sentada en su diminuta silla de mimbre, veía el televisor.

En su regazo estaba Lucas, un gato que le regalaron por su cuarto cumpleaños, ahora tenia cinco años y esperaba un hermanito.

Adoraba a su mascota casi tanto como a su muñeca Piluca, esa rubia de ojos claros y sonrisa perpetua a la que de tanto jugar, le faltaba un brazo.

Alba, vestida con un pequeño camisón rosa y descalza, acariciaba a Lucas insistentemente.

Un informativo da la noticia:

Neil Armstrong, comandante del módulo Lunar Apolo 11, se ha convertido en el primer ser humano que ha pisado la luna.

Sus primeras palabras al sentar el pie en nuestro satélite fueron:

“Este es un pequeño paso para el ser humano pero un brinco gigante para la humanidad”...

Alba asombrada, grita:

-Papá, ven rápido...
-¿Qué pasa hija?
-Mira la tele.
-El hombre ha pisado la luna.
-Es mentira y tu dices que no hay que engañar a nadie.
-No es mentira, el periódico lo cuenta y la radio también.
-No puede ser.
-Hemos pisado la luna.
-No es verdad.
-Es verdad.
-No es verdad.
-Alba ¿Por qué no es verdad?
-En esa rodaja de melón que veo en el cielo... ¡una persona no cabe!

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Un baile de números

La música suena. Hay baile en la plaza. Acuden los números. Comienza la magia.


-¿Bailas?- preguntó el 6 al 9.
-¡Cómo no! Dijo el 9.
¡Cómo se acopla el 69!

¡Huy! Pisaron al 13.

-Perdona- dijeron.
Y el 13... les deseo mala suerte.

-Mira el 1- dijo el 9.
- Él no baila, solo... bebe.

El 3 les preguntó:

-El 2 no baila ¿sabéis porque?
-El 6 dijo-¿porqué?
-Como un pato se ve.

En mitad del barullo el 15 gritó:

- ¡La niña bonita soy yo!

El 5 rechoncho bailó con el 8.

El 90 apodado “El abuelo” baila con gran salero.

-“4 dame descanso que yo... me canso”- dice el 7 harto.

El 0 gira a la izquierda y grita... “No puedo”.

Es media noche, la magia se rompe, la música para y los dígitos... se van en coche.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Saladina, preciosa y pura

Saladina, preciosa y pura no eran los adjetivos de una bonita niña, sino los nombres de tres hermosísimas nenas.

Saladina era la mayor, tenía 5 años, su piel era sedosa, sus ojos verdes como la hierba, su pelo rojizo parecía fuego y su simpatía era única.

Preciosa era la mediana, tenia 3 años, su piel era canela, sus ojos azules como el mar, su pelo relucía como el sol y era una niña muy fotogénica.

Pura era la menor, tenía 1 añito, su piel era blanquísima, sus ojos muy negros, su pelo castaño relumbraba enormemente y era una niña ejemplar.

Con estas hijas tan simpáticas, bellas y bondadosas, sus padres, eran la envidia del pequeño pueblo donde vivían.

María y Raúl que así se llamaba este joven matrimonio estaba muy contento.

Pasaba el tiempo, las tres niñas jugaban contentas y crecían en un ambiente acogedor y lleno de felicidad.

Saladina cumplió años, su piel se volvió áspera, sus ojos se entristecieron, su pelo se tornó escarlata y se volvió antipática.

Preciosa cumplió años, su piel oscureció, sus ojos palidecieron, su pelo castaño se volvió graso y ya no salía guapa en las fotos.

Pura cumplió años, su piel palideció, sus ojos lloraban a menudo, su pelo se volvió casposo y se volvió perversa.

Misteriosamente sus padres seguían siendo la envidia del pequeño pueblo donde residían.

María y Raúl seguían estando muy contentos y orgullosos de sus tres peculiares hijas.

Así pasaban los años y las chiquillas se convirtieron en unas mujeres muy poco convencionales.

Una noche comentaron entre ellas:

-¡Que padres más buenos tenemos! ¿Verdad? –dijo Saladina.
-Sí, -Contestó Preciosa.
-¡Y que vecinos mas raros hay en este pueblo!-dijo Pura maliciosamente.
-Si, -dijeron las otras hermanas al unísono.


Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Una lección de humildad

Había una vez un teléfono móvil muy vanidoso, tanto que rozaba la chulería.

El fijo y el inalámbrico, hartos de oírle decir que era sublime, decidieron darle una lección.

Una noche, aprovechando que estaba mirándose al espejo, escondieron su cargador.

A los pocos días, vieron a un teléfono móvil demacrado, implorando ayuda.

El teléfono fijo le dió el cargador al escuchar sus espeluznantes lamentos.

El inalámbrico hizo la conexión a la red eléctrica tolerándole la vida.

Desde entonces, el móvil reemplazó su pedantería por originalidad y fue un teléfono ejemplar.


Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Laura

A pesar de sus treinta años, Laura creía en los Cuentos de hadas. Esperaba conversar con La cenicienta y La bella durmiente de un bosque encantado.

Sin duda, creía en los sueños y en sus quimeras, se casaba con un príncipe azul que surgía al besar una rana.

Por eso, todas las mañanas, acudía al estanque situado a las orillas de su pueblo, para atrapar ranas y besarlas.

Besó una, besó dos, besó tres... besó cuatro, besó cinco, besó seis... y el príncipe no aparecía.

Se dijo sin perder la esperanza.

-Seguiré besando ranas y me casaré con un príncipe ¡Seguro!

Hasta que envejeció y cansada de esperar a un príncipe que no llegaba, se sentó a la orilla del estanque y se puso a llorar.

Entonces, un enorme sapo, se acercó y besó sus lágrimas. Laura se convirtió en una bella rana. El anfibio extasiado cayó rendido a sus pies.

El susto la mató. Yace en la frente de una calavera situada en una cornisa de la fachada de la Universidad de Salamanca... descansa en paz amiga.


Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Código binario

Era la primera vez que me enfrentaba a un reto de tamaño calibre en mi vida. La técnica, sin ser novedosa –pues venía usándose desde la época en que mis bisabuelos eran jóvenes-, no estaba carente de riesgo. Aún así la posibilidad que se me ofertaba era sencillamente maravillosa. Tendría una segunda oportunidad, otra bala en la recámara. Lo bueno era que seguiría siendo yo mismo a pesar de cambiar de carcasa. Todo gracias a los implantes mentales. Y es que ya lo dice el eslogan “Vive tanto como un gato”.

Los implantes mentales fueron obra de M.T.Fisher, científico americano, Nobel de Medicina en el año 2140. Fisher es considerado como el más grande investigador del pasado siglo XXII.

Su trabajo y el de sus discípulos supuso un auténtico cisma para los habitantes del planeta Tierra y de la Luna. Religión, filosofía, matemáticas…no hubo campo de conocimiento que no se viera perturbado. Así, cuando la medicina tradicional resulta insuficiente para salvarte, una nueva vida es posible si el dinero te sale por las orejas, como en mi caso.

Hoy en día hasta las grandes compañías de seguros están abiertas a la posibilidad de esta fórmula. No deja de ser curioso poder meter todos tus recuerdos, tu temperamento o tu voluntad en lenguaje informático en forma de unos y ceros. Una vez procesada toda esta información (alrededor de 500 yottabytes) se procede a implantarla en cualquiera de los cuerpos que han sido donados para la causa.

Y ahora pienso, ¿somos ya realmente inmortales? Se conocen bastantes casos de acaudalados empresarios (en su mayoría de Nueva Rusia y de los Estados Federales Europeos) que han sobrevivido a cuatro o cinco generaciones. ¿Era esto lo que buscaban los antiguos alquimistas? ¿Tenemos ya el elixir de la eterna juventud? Fuera aparte de cuestiones morales más o menos sesgadas según quien las contemple, personalmente considero que dejar atrás a tus hijos, nietos, y todas y cada una de las personas que en un momento formaron parte de tu vida te confieren un carácter moribundo ya de por sí. Además es ridículo aparentar menos edad que tu biznieto.

La polémica siempre ha estado ahí; de hecho, una serie de moratorias aplazaron la implantación de esta técnica, e incluso hoy en día sigue estando vetada por algunos gobiernos. La gran duda es si el individuo sigue siendo él mismo. Por un lado comienzas de cero, con un cuerpo a estrenar pero arcaico al mismo tiempo, que te pide otorgarle un sentido por segunda vez. Una vez integrado el envoltorio estoy seguro que algunos de los patrones de pensamiento tienen que cambiar, por muy parecido que sea a ti el modelito que te hayan buscado.

Por otro lado, se debe tener en cuenta el entorno más inmediato. Cuando los conocidos vayan dejando su puesto en la vida a otros, pasaremos a estar rodeados de extraños. Sí; les conoceremos de una segunda, tercera o séptima vida, ¿pero acaso estos vínculos afectivos y sociales con gente que ha nacido trescientos años después de ti no estarán tremendamente desvirtuados?

Eso por no citar otra serie de problemas entre los que se encuentra el aumento poblacional por el que hemos pasado a ser 11.000 millones de habitantes entre nuestro planeta y su satélite. En algunas zonas la carestía de recursos básicos es ya verdaderamente acuciante.

Hoy más que nunca en la historia de la humanidad, la plutocracia tiene el poder. La posibilidad de que los bienes sean para siempre exclusivamente tuyos ha hecho perder el juicio a más de uno.

Yo no pienso hacer uso de los implantes más que en esta ocasión. Porque merezco ver como envejecen mis hijos, y por que no, cambiarle en unos años los pañales a mis nietos.

Miguel Ángel Page Hernández (Madrid)

El libro mágico

Un libro mágico

No tenía letras
No tenía ilustraciones

Y tampoco errores
Y tampoco título


Tenía una única página

Jamás nadie llegó al final
A ningún final


Su autor estaba por nacer

Pero ya estaba escrito
No así leído


Fue impreso en tierras de magia y de sueños
Allá los locos todavía ríen y lloran

Fue encuadernado cuando nadie lo sabía
O lo soñaba
O lo esperaba
O lo...

Su lector era cualquiera que quisiera
Que quisiera ser lector
Que lo fuera

Principio, nudo y desenlace estaban mezclados
Imposible que fuera de otra manera

Papel de terciopelo
Tinta transparente
Letras silenciosas
Garabatos de papel

Se lee desde el principio
Se adora desde el comienzo
Se siente desde su nacimiento
Y nunca muere


Y si se desea, no se acaba

(Érase una vez...)

Un libro mágico

Y está en ti
ahí

Comiénzalo a escribir

Es un libro mágico

José Manuel Ortigosa Llane (Málaga)

Una vez un viejo

Érase una vez un viejo sobre una barca. La barca se ahogó y el viejo también, pero la barca no desapareció para siempre, y el viejo sí.

José Manuel Ortigosa Llane (Málaga)

Érase una vez una torre...

Érase una vez una torre de altura colosal jamás por nadie imaginada y tampoco soñada que fue construida única y exclusivamente con fuego frío magia antigua. En el reino donde estaba situada la gran creación había una joven y bella princesa de nombre Crisálida que a todos asombraba por igual de tan sublime como era en todos los aspectos posibles, y que tenía por gran y único amigo un ave fénix que moría al anochecer de su octavo día de vida para resucitar un año después entre vientos de colores. Increíblemente, un octavo día el pájaro mitológico se olvidó de morir, y por eso los vuelos a lomos de él por parte de Crisálida se hicieron tan habituales que al cabo se convirtieron en una costumbre de los atardeceres. Como mayor diversión, la joven princesa tenía el visitar la cima de la torre, pero la única forma de alcanzar aquel último piso era volando, ya que la torre mágica no poseía escaleras en su interior, tan sólo enredaderas de espinas afiladas y sangrantes que no dejaban más que unos pocos centímetros libres por espacio, lo suficiente para los duendes que aún no querían existir. Pero algo fatal ocurrió, pues el ave fénix fue asesinado por un cazador de monstruodrilos gigantes, justo cuando la princesa estaba en la cima de la torre esperando ser recogida por su mejor amigo para así poder volver a palacio. Por ello, la pobre muchacha, a pesar de gritar con todas sus fuerzas desde la ventana en donde los anocheceres eran tan bellos, murió de hambre, de inanición, de no probar bocado, sin que sus súplicas fueran escuchadas por nadie.

Pasaron algunos días y una parejita de cuervos heridos llegaron hasta la torre. Allí, abatidos y sin fuerzas, con la guadaña tentando presurosa a sus plumas, descubrieron el rico manjar que la fortuna les tenía deparado, esto es, una bella princesa recién muerta y con suficiente carne como para pasar el invierno sin tener que salir de caza, por lo que poco a poco el cadáver de la muchacha fue siendo despedazado hasta que de ella sólo quedaron los huesos y los dedos de los pies, única parte de la anatomía que fue respetada por los pajaritos.

En el corazón del bosque que crecía en el cielo, un huevo de tamaño descomunal comenzó a agrietarse hasta que la cabeza del ave fénix asomó. Lamentablemente para él, acabó siendo decapitado por los picotazos de dos cuervos cuyos ojos inyectados en sangre tenían el reflejo del infierno mismo. Cuando un lobo llegó junto al fénix muerto, tras olisquearlo, sentenció, “el pobre ha muerto de magia”. Por si acaso, no le hincó el diente, ya tenía bastante con las historias de cuervos que susurraban “nunca jamás” en la medianoche.

José Manuel Ortigosa Llane (Málaga)

Puzzle

Diablilla (así la llamaban quienes la querían) era una preciosa criatura de ojos y cabellos marrones, poseedora de una dulce sonrisa y de una encantadora forma de ser.
Tenía tres añitos cuando un buen día su papá le regaló un puzzle de 101 piezas. El puzzle en cuestión representaba la imagen de un adorable elefantito de circo que jugaba inocentemente con una pelota multicolor mientras sus enormes ojos negros fijaban la atención en un ratoncillo amigo suyo que se disponía a dar buena cuenta de un sabroso helado de vainilla.
Éste era el primer puzzle que llagaba a las manos de Diablilla, y la verdad es que no tardó demasiado en finalizarlo con una sonrisa en los labios, pues el divertimento le había agradado en demasía.
Tras el puzzle del elefantito y el ratón, llegaron la misteriosa princesa de la alfombra voladora sobre los cielos de Persia, la granja poblada por variopintos animales de diversos colores, Blancanieves y los siete enanitos, un verde campo adornado por narcisos blancos, la iglesia barroca de Nuestra Señora de los Remedios...

Diablilla un día dejó de tener tres años (justamente el día de su cumpleaños) para pasar a tener cuatro años, y al año siguiente, otro día muy parecido a cuando cumplió los cuatro, pasó a tener cinco años.
Diablilla se hizo mujer y dejó de ser Diablilla para pasar a ser Claudia. En verdad era Claudia desde el día de su nacimiento, pero de pequeña (es decir, cuando tenía derecho a soñar despierta) era Diablilla, o hermanita, cosa que también fue durante mucho tiempo.
Tendría trece, catorce o quince años cuando Claudia dejó un puzzle a medio hacer. El juego en cuestión representaba un gélido paisaje: mucha nieve blanca, mucha nube blanca, mucho cielo azul y una diminuta criatura de ropajes negros llamada ser humano, todo ello componían las 2001 piezas.
Al principio, la curiosa nube con forma de artístico plato rebosante de fresas con chocolate fue completado no sin cierta dificultad, mas pronto, la cierta dificultad se hizo aún más cierta para pasar a ser total, absoluta, infranqueable, imposible.

Llamaron a Claudia y Claudia acudió a la llamada. Claudia abandonó aquel puzzle tan difícil. Una hora después, Claudia desarmó el puzzle, pues necesitaba el escritorio en donde pasaba sus horas muertas para escribir una carta a Sonia, una amiga suya que vivía muy lejos (tiempo atrás, cuando Sonia no era Sonia para Claudia pues no se conocían, Sonia era Caramelo para quienes sí la conocían).

Volvieron a pasar los años, como las hojas de un libro que te atrapa, como las oportunidades perdidas, como las oportunidades que se saben aprovechar.

Año mil o dos mil después del años mil o dos mil más o menos después de quien ya sabéis. Ahora Claudia es una bonita mujer de treinta y pocos años. A lo largo de estos años Claudia ha reído, ha llorado, ha gritado, ha callado, se ha deprimido, ha caído en el pozo, se ha levantado del bache, ha hecho el amor con el cielo y ha follado con el infierno.
Claudia ha sido mujer, amiga, hermana, amante, mala, buena, maltratada, maltratadora, bruja, hechizera, una dama, una maldita, una gatita, un cruel zarpazo... Claudia ha sido Claudia con todo lo bueno, lo malo y lo regular que ello conlleva.
Está oscureciendo, y Claudia, mientras lee el interesante libro de un psicoanalista nacido en lejanas tierras que escribe muy lindos cuentos, recibe una llamada. Claudia atiende a la llamada.
Le preguntan por don XXXXX.
-No, aquí no vive ningún don XXXXX- contesta.
El caso es que ese nombre le hace recordar a XXXXX, como solía llamarle en la infancia, ese tiempo en el que las personas podían reír sin motivo sin temor a ser llamados idiotas, inadaptados sociales o personas con graves trastornos psicológicos (en los adultos es mucho mejor llorar o no reír nunca, es más común).
X... había sido un gran amigo de Claudia. En una ocasión, X... salvó la vida a Claudia; dos días después, Claudia salvó la vida a X...
¿Qué habría sido de XXXXX?
A saber.

Cuando Claudia tenía catorce años (o trece o quince), X... tuvo que trasladarse a vivir a otro país (más bonito, más grande, más limpio, más maravilloso, mejor) pues su padre era... era... pues su padre era quien mandaba y él (como su madre, y su hermana, y su hermano, y el hermano que estaba dentro de su madre esperando para salir y echar a llorar) uno de los que obedecía.
Claudia recordaba con cariño aquellos tiempos, por eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor (a esto el señor Ayer dice que es verdad, el señor Mañana que no, que eso es una tontería, y el señor Hoy no dice nada). Buscando en el mágico cofre de los recuerdos (no era mágico, pero sí cofre y también de los recuerdos), Claudia encuentra un buen puñado de cartas, la mayoría escritas por Sonia, todas ellas sentidas muy profundamente por Claudia.
Claudia piensa en Sonia.
Claudia piensa en XXXXX.
Claudia sabe que jamás volverá a encontrar a X...
Claudia no sabe que hay que saber no saber.

Claudia ve algo en el suelo. El “algo” en cuestión es un pequeño objeto de extraña forma. Su color es blanco por la parte de la imagen, y todos los indicios apuntan a que es la pieza de un puzzle, al menos la caja que hay cerca es la de un puzzle. Su portada es...
Un gélido paisaje: mucha nieve blanca, mucha nube blanca, mucho cielo azul y una diminuta criatura de color negro llamada ser humano que sorprendentemente no se cansa de estar ahí, en mitad de la nada, más de 20 años después de haber sido abandonado por Claudia cuando Claudia llevaba menos de 20 años siendo Claudia. El único puzzle que ella nunca completó fue el último puzzle que intentó completar.

Sonido de risas en la calle, temperatura ambiente bastante agradable; en algún lugar del mundo nace un precioso cachorrito de perro pastor que servirá el resto de sus días como fiel compañía a un niño ciego que crecerá feliz en compañía de sus adorables padres.
Claudia se pone a hacer el puzzle sin recordar en aquel momento que ese puzzle, el mismo que fue abandonado porque escribir una carta a su amiga era más importante entonces, también era el único que se le había resistido a Diablilla, la niña que feliz permitió un día a un elefantito jugar con una pelota multicolor mientras sus ojillos se fijaban en un alegre ratón glotón.
1997,1998, 1999, 2000,... y un pedacito de cielo blanco se completa mientras que un hombre vestido de riguroso negro avanza en el hielo del polo norte mientras sus ojos verdes (seguro que eran verdes) contemplan un bonito cielo. Poco antes, justo la pieza número 322 se alojaba entre un poquito de blanco y otro poquito de blanco. Claudia se dio cuenta de algo “yo antes no podía, y como no podía lo dejé, lo dejé abandonado, pues me resultaba imposible”. A continuación, antes incluso de que la pieza número 323 se aloje entre un poquito de blanco y un poquito de algo que parece gris, se da cuenta de algo “no puedo, nunca podré”. Eso creía entonces, cuando era joven (quizás demasiado) y cuando no había crecido (quizás había crecido poco hasta entonces.

La Claudia de trece, catorce o quince años y la Claudia de treinta y pocos años son iguales en eso: “No puedo y nunca podré”. Esas dos Claudias se dan la mano y comparten impotencia, pero otra Claudia, mucho más interesante que las otras dos, dice algo nuevo: “No podía... ahora sí”.

323, 324... 2001.

Claudia ha podido hacer lo que antes (20 años atrás según algún calendario mal contado) no pudo.
De pequeña, a Claudia le enseñaron a intentar las cosas, a luchar por sus sueños, pero no a levantarse, a aprender de sus errores, a saber que “imposible” es una palabra imposible.
Claudia empieza a comprender algo: “No puedo (ahora) pero siempre podré intentarlo”.
¿Volver a encontrarse con XXXXX? Todo es cuestión de intentarlo, ella puede. Al fin y al cabo, si es posible completar el cielo, ¿por qué no algo menos elevado?

José Manuel Ortigosa Llane (Málaga)

Cazador cazado que caza

El injusto reclamó justicia al vengado, y éste sonrió, recordando cómo en el cuento el cazador cazado al final lloraba.
"Ilusos -pensó el vengado- lo que pocos saben es que el cazador cazado lloraba de felicidad".

José Manuel Ortigosa Llane (Málaga)

Cuento breve

Érase una vez un cuento muy pequeño del que se reían las grandes historias de mil páginas con infinidad de secuelas, pues él apenas era un susurro en papel con poco más de cien palabras, mas un día leyó una poesía y se enamoró de ella, pues era bella, increíble, deliciosa; era, en una palabra: sueños. El pequeño cuento trató por todos los medios de encontrar las palabras adecuadas para que la poesía se fijara en él, mas acabó frustrado y comprendiendo que no había en el mundo diccionario alguno capaz de comprender todo lo que la poesía era. Triste y con su diminuto corazón de papel marchitándose como una rosa en el desierto, el pequeño cuento se apartó a lo más profundo y oscuro de un libro de relatos breves en donde incluso allí no era más que una ausencia de historias. Mas un día ocurrió algo extraño, ya que frente a su estantería, apareció ella, la poesía más hermosa. Mas no lo hizo en papel, sino siendo recitada por unos labios que daban forma a la poesía más hermosa jamás sentida. Por fin, el pequeño cuento comprendió que las más bellas historias de amor no son las escritas, sino las vividas, que no son las que se pueden expresar, sino las que solo se pueden escribir, y por eso, el pequeño cuento decidió echar a volar, dejar de ser breve eclipse en el cielo para convertirse en la sombra de ella, la chica de los labios de poesía.

Cuentan que, desde entonces, la voz de esa chica es música, que de sus manos surgen fantasías que resucitan latidos, que con la tinta hace arte, que en dos líneas te resume toda una vida y aún lo de más allá. Desde entonces, cada noche, la chica de poesía escribe un cuento, que también es poesía, que también es sentimiento, convirtiendo los besos en un puñado de palabras que escapan a la tinta y el papel.

José Manuel Ortigosa Llane (Málaga)

Hiperrealismo

El famoso artista había llegado a la ciudad. El Museo de Arte Moderno organizaba una visita a su nueva obra: un autobús repleto de críticos, galeristas, políticos y algunos curiosos, que comentaban entusiasmados lo ultimísimo de tan fabuloso creador plástico. Cuando llegaron a aquel páramo tórrido y polvoriento, recibieron una tarjeta con los datos de la instalación: “Campo de trigo recién segado”. Celebraron la delicada silueta de los tallos del rastrojo, la pajiza tonalidad de la llanura, los segmentos combados de los postes de teléfono, y la delicada curvatura de las cilíndricas balas de paja. La visita inaugural a la exposición fue un éxito.

Marisol Torres (Madrid)

La Gata Dulcinea

Dedicado a todas ellas, que lo que quieren lo consiguen

Como son las gatas cuando quieren algo, no se sabe bien que quieren, pero cuando algo
quieren no caben dudas. Cuando una gata es gata se diferencia a simple vista del gato.
Es más estilizada, por lo general tiene muchos colores, cuando uno ve un gato de
muchos lindos colores hay que estar seguros de que es gata. Por supuesto tendrá en la
mirada, la serenidad o la intriga de que algo quiere y conseguirá, porque así son las
gatas, a la expectativa, dispuestas e intrigantes, a leguas se nota cuando la gata anuncia
la caza.

Sutil, suave, dulce y con astucia en la mirada, pasa audaz por los muros, saltando de
tejado en tejado, tarde o temprano llegará con algún trofeo a los pies de su amo. Será un
pájaro, un ratón o una lagartija, lo importante es que le costó conseguirlo pero lo hizo,
tiene tanto la presa en su boca, como la reacción de espanto de sus dueños, le gusta
provocar, así es la gata, provocadora, audaz, intrigante pero sobre todo certera. Eso que
busca, consigue. Eso que quiere, adquiere, con paciencia, muy tenaz, perseverante, ella
debe saber como hay que querer para llegar a obtener.

La gata sabe querer, es su condición de hembra, un macho no, él es capaz de atacar a los
cachorritos con tal de aparearse otra vez con la gata en celo. El macho no, no sabe
como querer. En cambio la gata para proteger su especie, su camada, no le queda más
remedio que aparearse con todos los gatos del barrio, así gracias a la sabiduría de sus
ovarios y con suerte, tendrá un minino de cada candidato a la paternidad, de tal forma,
defiende a su pequeña familia, que casi siempre es de dos a cuatro infantes, todos de
distintos colores, todos de distintos padres.

Hay que ver que bien lo sabe hacer la gata, que cuando llega el gato a atacar con el
único fin de matar a las crías y provocarle el celo de nuevo, ella segura de si misma le
dirá tal cual teleserie venezolana: “Gato José Alberto, tu no puedes matar a Miguel
Rodolfo, porque… Miguel Rodolfo es tu hijo”. El gato responderá “¿Cuál de todos es
Miguel Rodolfo?” Ella guarda silencio, mira con ojos impávidos y se sonríe, porque
sabe que ya lo ha hecho.

Como el gato no diferencia olor, porque todo huele a ella, no ve colores que se parezcan
a él, ya que el gato no tiene interés en mirarse al espejo, no como la gata. La gata si que
se puede contemplar en el espejo, impresionada quizás de tan estupenda figura que la ve
con sorpresa, erguida y saltarina puede jugar ante su propio reflejo. Ella se quiere, al
igual que quiere a sus cachorros. Es Amor, tanto maternal como en el más puro y simple
o complejo sentimiento, Amor. No es sólo supervivencia, si pensara en preservar la
especie, daría igual que viniera un padre desnaturalizado a despojarla de sus hijos,
porque como él, los consideraría desechables, ya vendrán otros, diría. Pero no, es
Amor.

Muchos vimos esa historia de una gata que resultó quemada, por sacar a sus bebés de un
incendio, uno por uno les salvó la vida, precisamente había tenido una gran camada y
fue bastante esfuerzo. Ella terminó con su carita quemada, sin embargo muchos la
querían, a la heroína ¿quien no podría amarla? Que valentía. Un icono de arrojo para
las madres, los bomberos y sobre todo la especie gatuna. Sobre todo, la gata. Tan
intrépida, ella sólo busca su satisfacción, sabe lo que la deja feliz. En este caso será
salvar la vida de sus cachorros, es claro que con el tiempo se separaría de ellos, que
cada quien tendrá su nuevo amo, hogar y barrio. El momento era el presente, hoy ya
pasado, deja muchas enseñanzas, para todos los que nos gusta contemplar la naturaleza
de la gata.

Las mal llamadas bestias, se presentan dando lección de humanidad, muchos son los
casos de mascotas o animales de la calle que muchas veces salvan niños de morir
congelados, los protegen. A veces salvan familias enteras de morir en incendios,
chihuahuas que atacan serpientes de cascabel. Si, ese es el grado de humanidad que
tienen las bestias y del cual muchas personas carecen.

Sabios son todos los animales que viven tan claro el presente, no se quejan de lo que
pasó, más aún aprenden. Una persona es más propensa a meterse con ambos pies varias
veces en un mismo charco, la mal llamada bestia, en este caso la gata, sólo se caerá una
vez adentro del acuario, no lo hará nunca más, por más cosas feas que le griten los
peces.

Ahora la historia, de Dulcinea la Gata. Dulcinea era una gata feminista, cansada del rol
secundario que le habían dejado las caricaturas como: Don Gato o dibujos de Warner,
Merry Melodies, donde los personajes femeninos de las gatas siempre tendrían un
carácter sexista. Inclusive defendiendo el personaje de Gatubela, porque para qué quería
un Batman, cuando podía tener una serie propia, qué tiene de atractivo un hombre
murciélago, Dulcinea se había comido varios murciélagos en el ático de su dueño
anterior.

Una mujer gatuna si que es tema interesante. Claramente no ese producto de cirugías
plásticas, al que acceden los cirujanos inescrupulosos, permitiendo que gente haga
desordenes con su apariencia física. No. Mujer gatuna de la época de los egipcios,
porque ellos si que tenían esa relación de contemplación hacia las virtudes
“animalescas”.

Dulcinea era una gata humana, bastante interesante, pero no fuera de lo común. Podría
haber llegado a ser una perezosa que dejara pelos en las camas y los sofás de las casas
que habitara, mas no fue así, ella tenía más bien ese carácter de heroína. Secuestrada a
su tierna edad, no le quedó más remedio que vivir en un apartamento pequeño, donde
jamás se acostumbró, porque lo que quería ella era pasear por jardines, ya sabemos
como son las gatas cuando quieren, las cosas las consiguen.

Todas las tardes salía al borde exterior del balcón, que no tendría más de diez
centímetros y amenazaba con suicidarse, porque estaba con una depresión incurable.
Llegaba a su edad adolescente sin poder compartir con otros gatos. Tenía ganas de ser
irresponsable, rebelde e irresistible, era en verdad la más guapa de todas las gatas y no
tenía con quien jactarse de eso. Ella lo sabía, porque se miraba en el espejo del baño y
como tenía televisión, aunque no tuviera otras gatas para mirar, veía todas esas
caricaturas, comerciales y series sexistas que denigran a las gatas, ella sabía que era
más.

Como su amo no le daba oportunidad de expandirse, no parecía tener escapatoria de ese
pequeño apartamento en el cuarto piso. A parte de sus intentos de suicidio qué más
podría hacer, tirarse al vacío algún día, a ver si con suerte volaba. Una vez escuchó una
canción respecto a un gato volador, pero la verdad la letra carecía de contenido. Un día
estuvo a punto de cometer el acto desesperado, no de cobardía, sino simplemente
poniendo fe en que tendría siete o nueve vidas, mientras más mejor, seguramente haría
uso de una por piso. Sin alcanzar a precipitarse ese día su dueño la agarró del cuello y
la encerró castigada, por loca, en el baño, durante horas.

Maulló con la tristeza más sincera que los vecinos de la manzana podrían escuchar. ¿La
estarán matando? Decían. Cuando el amo llegó, la toalla estaba rasgada, al igual que la
cortina de la ducha. Los muebles del lavamanos y el botiquín todos arañados. El papel
higiénico aún se suspendía por los aires como si fuese agua nieve en un día de invierno
extremo, muy frío. Claro, obviamente la pobre Dulcinea no se iba aguantar sus ganas
de cagar, como no le enseñaron nunca a usar la taza, ella hizo sus necesidades en la
alfombrita de la salida de la ducha y a modo de protesta se refregó contra sus
desperdicios, demostrando por fuera como se sentía por dentro, hecha mierda la pobre.

Su dueño, Adán, que era un chico joven, muy guapo, según los cánones de belleza de la
televisión, no tenía interés en tener una mascota. Un día recogieron a Dulcinea del
pasaje donde vivía su abuelo, todo porque la gatita blanquita, le gustó a la que entonces
era su novia, que lo dejó por inmaduro y no tuvo la decencia de al menos preocuparse
por el porvenir de tan vulnerable criatura.

Adán, se encerró con Dulcinea en el baño, ella no hizo ni ademán de moverse, estaba
exhausta de todo el desmadre que había causado. Él dio el agua de la ducha y se quedó
largo tiempo observando el agua correr, también estaría triste. Dulcinea ahogándose en
sus propios sentimientos negativos, jamás pensó el los sentimiento negativos de Adán,
que no por ser más grande tendrían más valor, sino que en ningún momento ninguno
trató de darle consuelo al otro, en un acto egocéntrico y de apego a los deseos o de
inmersión en la propia vida de problemas, que no deja tener ninguna consideración con
los demás. El baño se llenó de vapor, Dulcinea sintió miedo de que Adán la quisiera
torturar con agua hirviendo, castigándola por lo que había hecho. La intención no era
esa y Adán deja que corra también el agua fría, la prueba largo rato hasta sentirla tibia y
agradable. Con mucha ternura toma a Dulcinea y comienza a bañarla, con cuidado para
no mojarle sus orejas, para que no le entre agua en el oído.

Tras un largo baño, ambos se relajan, Adán le dice: “Perdóname si no te he dado
atención, pero no sé que hacer contigo ni dónde meterte, la verdad, yo no te quería”
Dulcinea con sus ojos llenos de lágrimas intenta explicarle a Adán que ella sabe y que
también lo lamenta, pero sólo le salen suaves maullidos. Hay que ver como son las
gatas cuando quieren algo. Tras unos breves minutos maullando, Dulcinea comenzó a
hablar, le explicó a Adán lo que sentía. Adán en shock, prefirió concluir que todo lo
que sucedía era un sueño en el momento en que Dulcinea tomó forma humana, de piel
pálida y cabello blanco, como una albina de ojos verdes, muy extraña apariencia, toda
desnuda y mojada, dentro de su ducha, abrazándolo y llorando.

Hoy Dulcinea y Adán siguen juntos, tienen tres hijos y todos son de Adán.

Comprobado.

Neistlein A. Martinich Geerdts (Madrid)

La mala racha

Llevaba días en una mala racha, cada madrugada despertaba sudando con una sensación de agobio insoportable, en busca de un recuerdo que desde algún lugar de mi subconsciente lograba angustiarme con brutalidad, como si estuviese frente a una señal de vida o muerte que no podría nunca interpretar.

Irremediablemente perdía el sueño y optaba por abandonar la cama, con mucho cuidado para no despertar a Margaret, mi compañera. Me dirigía al salón y una vez más, acababa sentado frente al ordenador mientras me internaba en la Web. Pasado un rato y luego de desviar mi atención hacia páginas varias de mi interés, me encontraba lo suficientemente aliviado y somnoliento como para volver a la cama, olvidando finalmente el asunto.
Conviví con estas rachas desde muy joven, llegaban sin previo aviso, duraban varios días, unas veces más, otras menos, sin patrón alguno. Por el contrario, siempre supe, y a ciencia cierta, el instante en que habían llegado a su fin. Bastaba con que una madrugada al despertar recordara lo que soñaba, en ese momento se rompía la racha, siempre fue igual, sabía con seguridad que a partir de esa noche podría descansar plenamente hasta la próxima vez...

El instante de la ruptura era agridulce, por un lado estaba el alivio de saber que el mal trago había pasado, por el otro, la angustia de esos recuerdos que aún irreales al menos por unos instantes continuaban angustiándome. Después de unos segundos, una vez calmado, con frecuencia hasta me hacía gracia lo que mi subconsciente tramaba por las noches.

Generalmente se trataba de intrincadas tramas de conspiración internacional donde yo era una especie de superhéroe de segunda fila, extraña mezcla de Columbo y Simón Templar, no necesariamente con lo mejor de cada uno de ellos pero tampoco menos efectivo. En el último recuerdo de estos sueños siempre me encontraba en una situación de peligro extremo; a punto de recibir una bala en la cabeza, cayendo de un puente muy alto, chocando de frente contra otro coche, peleándome con una banda de criminales, intentando nadar hacía la superficie desde lo más profundo, entre muchas otras que ahora no me vienen a la cabeza.

Cuando las imágenes duraban en mi mente lo suficiente lo comentaba con Margaret por la noche, nunca por la mañana cuando soy tan comunicativo como una roca. Ella no podía evitar interrumpirme nada más comenzar con: “y una vez más, salvaste al mundo…”. Entonces nos reíamos y al cabo de un rato, le terminaba contando el sueño, siempre entre breves interrupciones causadas por nuestras risas.

En otras ocasiones, a pesar de saber que la racha había terminado, seguía preocupado. Era cuando soñaba que algo terrible ocurría a alguien cercano, entonces mientras no se lo contaba no conseguía quedarme tranquilo. Se trata de una especie de superstición familiar, los sueños malos han de contarse porque en caso contrario podrían suceder.
A pesar de ser escéptico por naturaleza, es algo que no podía evitar, lo llevaba conmigo desde niño. Era capaz de pasarme medio día al teléfono hasta encontrar a la persona afectada, cuando finalmente lograba contárselo me sentía increíblemente aliviado e inevitablemente acabamos burlándonos de la superstición familiar, que muy en el fondo, todos respetamos.

Tal como decía anteriormente, llevaba días en una racha que se había hecho muy larga. Noches de sueño interrumpido acumulando cansancio físico y mental, seguidas de días que se hacían largos y pesados intentando cumplir en el trabajo.

Finalmente llego el anticipado momento, desperté una madrugada con una visión tan real como aterradora. En la oscura noche del barrio gótico de Barcelona, caminaba por una de las callejuelas que dan a la Plaça Sant Felip Neri, cuando de pronto vi como a pocos metros una pareja forcejeaba fieramente sin percatarse de mi presencia, la calle era tan angosta que por un instante me quedé paralizado dudando entre continuar y pasar muy cerca de ellos, intervenir o dar media vuelta y regresar por donde venía. Fue entonces cuando todo ocurrió muy rápidamente, el hombre levantó hacia el cielo una especie de machete y de un salvaje golpe decapitó a la mujer, la cabeza cayó al suelo, botó y rodó hasta llegar a mis pies.

Desperté con violencia, sudando, temblando, podía oír mi sangre circular, respiré profundamente y al cabo de unos instantes fui capaz de recordarlo todo con bastante claridad, hasta el punto de tener la imagen de la cabeza grabada en mi mente, el hermoso rostro manchado de sangre, de sucio, los ojos de esmeralda muy abiertos, el cabello rubio enredado.

Pasado un rato me sentí aliviado por no reconocer el rostro, sin embargo no pude dormirme nuevamente. Recordé un par de temas urgentes del trabajo que no había podido acabar y decidí aprovechar la falta de sueño para irme a la oficina temprano a sabiendas de que esa noche descansaría sin interrupciones. No era la primera vez que lo hacía, siempre resultaba provechoso contar con un par de horas sin nadie alrededor para avanzar el trabajo, especialmente al preparar una densa presentación. Era algo que no me incomodaba, dado el salario y las facilidades que tenía nunca me sentí explotado. Además, Margaret se encontraba fuera de la ciudad por una investigación que estaba realizando en la Universidad de Coimbra en el marco de sus estudios de PhD. Básicamente tenía flexibilidad, esos días interpretaba jazz, siempre decía a modo de broma entre amigos que cuando me quedaba solo en casa por unos días me convertía en un músico de Jazz y me regía por la improvisación, siempre dentro de lo posible en una vida estándar de profesional asalariado, análogamente en el Jazz también se limita la improvisación a una determinada clave.

Podría decirse que cuando volvía Margaret comenzaba a tocar Pop, donde las canciones tienen por lo general una melodía definida que navega por una estructura: intro, verso, estribillo, puente, estribillo, verso, estribillo. Si bien el jazz me permitía mayor libertad, prefería sin duda una buena canción de esas que te hacen sentir la necesidad de escucharla una y otra vez, cosa que no me había ocurrido nunca con el Jazz.

Procedí a arreglarme y después de unos minutos salí la calle, caminé como cada mañana dejando atrás el Barrio de Sant Pere hacía el parking del Arc de Triomf y cogí la moto.

El aire frío en la cara tuvo en mí un efecto anestésico, conducía despacio, subía por el Paseo Sant Joan aun de noche, las calles estaban prácticamente vacías, algo normal tratándose de poco más de las 6 de la mañana.

Al parar en la eterna luz roja del semáforo de Paseo Sant Joan con Diagonal, vi cómo dos chicas se disponían a cruzar, de derecha a izquierda por el rayado peatonal. Una era rubia y la otra morena, no puede evitar notar a pesar de la distancia y de sus abrigos que tenían muy buen tipo. Cuando pasaban justo delante de mí, la rubia volteó en mi dirección y sonrió, me dejó estupefacto! Era el mismo rostro de mi sueño, esta vez limpio y radiante, los mismos ojos verdes, ahora llenos de vitalidad y alegría. Tarde en reaccionar unos instantes, fue cuando uno de los únicos tres taxis que tal vez circulaban a esa hora por la ciudad hizo sonar el claxon detrás de mí, el semáforo había cambiado a verde. Arranqué como un autómata y no tuve un pensamiento coherente hasta detenerme ante el siguiente semáforo en rojo, el enésimo que me tocaba desde que salí del parking.

Pensé en regresar y contarle lo que había sucedido pero dudé de lo que había visto, seguramente se debía a la hora y lo reciente del sueño, aún así sentí la necesidad de volver a buscarla pero no lo hice, seguí rumbo a la oficina, llegué, encendí las luces y me puse a trabajar en una presentación para el comité de dirección.

La imagen de la chica me acompañó a lo largo del día, iba y venía, era extraordinariamente atractiva y pensé que tal vez por ello inconcientemente la relacionaba con la mujer del sueño, no había otra explicación, al menos no se me ocurría otra.

Por la tarde estaba exhausto, la imagen seguía más o menos presente pero ya no le daba vueltas al asunto, abandoné la oficina sobre las 7 de la tarde y me dirigí a casa.

No más llegar hice un par de llamadas y sobre las 9 puse Desintegration de The Cure en la cadena, me recosté en el sofá y creo que aún sonaba el inicio instrumental de Plainsong cuando me dormí profundamente.

Una suave y agradable vibración me despertó sobre las 6 de la mañana, era Sardina, nuestra gata-rasuradora eléctrica que se frotaba contra mí. Estaba completamente recuperado, con mucha energía, me sentía tan bien que decidí ir a correr, hacía días no lo hacía por el cansancio; recordé que tenía la media maratón popular de Barcelona en poco menos de dos semanas, ya era hora de espabilarme.

Me puse la ropa y zapatillas de correr, activé el iPod en random y salí a la calle. Estiré un poco frente al portal y al trote atravesé mi calle rumbo al Arc de Triomf, bajé en dirección mar mientras sonaba Broken Stones de Paul Weller y al llegar a la entrada del Parque de la Ciudadela, en lugar de entrar decidí girar al izquierda para hacer la ruta de la playa y ver el amanecer de regreso, seguí bajando junto a los rieles del Tranvía mientras empezaba a calentarme, es la mejor sensación al correr en invierno, el momento en que finalmente empiezo a sudar y me olvido del frío.

Seguí rumbo a la playa por Marina, al llegar al parque de las banderas olímpicas doblé a la izquierda y al escuchar Scooby Do de TheVacilons me animé a acelerar el paso por uno de los pequeños caminos de tierra del parque. El pulsómetro indicaba 174, mantenía un ritmo alto a pesar de los días sin correr, pensé en el dolor muscular que tendría al día siguiente y sonreí.

Fue cuando de repente, a unos 25 metros de mí, vi en la oscuridad una especie de objeto al borde derecho del camino, entre el césped y la tierra. Disminuí la velocidad y a medida que me acercaba fui entrando en una especie de trance, estaba soñando o que? Me detuve de golpe, la reconocí, era la cabeza de mi sueño, sangre alrededor, el mismo rostro, igual de sucio que en el sueño, igual de hermoso que cuando me sonrió el día anterior.

Grité por ayuda pero nadie me escuchó, corrí desesperadamente hacía el Hospital del Mar y al acercarme vi una patrulla de los mozos de escuadra, me acerqué a ellos y con la voz entrecortada por la respiración les comenté lo ocurrido, en principio no daban crédito pero finalmente me dijeron que subiera al coche y nos dirigimos hacia el lugar de mi hallazgo.

Lo que siguió fueron días de mucho ruido en los medios, la información se filtró de alguna forma desde el ayuntamiento y se supo que era el segundo caso en pocos meses. Por esos días las fuerzas policiales investigaban arduamente el caso de la cabeza de una mujer encontrada en un contenedor de basura en pleno Barrio del Raval, los hechos se habían mantenido en absoluto secreto para no causar pánico entre población y para que los medios no interfirieran en la investigación.

Ninguno de los cuerpos fue encontrado jamás. La primera victima no pudo ser identificada y hasta el día de hoy su identidad permanece en el misterio. En cuando a la chica de mis sueños, se trataba de Inga Ivanisch, joven noruega de 19 años que se encontraba temporalmente en Barcelona para estudiar español, llevaba pocas semanas en la ciudad. La noche anterior había salido de marcha con otros estudiantes de la academia de idiomas, habían estado de copas por el barrio del Born. Cuando los bares comenzaron a cerrar sobre las 3am, Inga y parte del grupo original decidieron continuar la fiesta. Animados por los comentarios de un chico local que conocieron en un bar, decidieron trasladarse en taxi a la Sala Razzmatazz del Poble Nou.

Durante las investigaciones los jóvenes declararon que alrededor de las 5:00 Inga se excusó para ir al lavabo, mientras el resto del grupo permaneció en la pista. Sobre las 5:45 cuando cerraban la sala y los encargados de seguridad les invitaban a salir, se percataron de su ausencia, buscaron dentro y fuera de la sala sin éxito alguno.

El crimen no fue resuelto sino hasta pasados 3 años y otras dos mujeres decapitadas, pero esa es otra historia.

En cuanto a mí, compartí todo lo ocurrido sólo con Margaret y los más cercanos, con la excepción del Dr. Velazquez, el siquiatra que pasados 4 años aún me trata. Pasé momentos terribles, desgarrado por un sentimiento de culpa brutal, cuestionándome si hubiera podido evitarlo, temiendo que me volviera a ocurrir.
Estuve una larga temporada de baja en el trabajo, al regresar me costaba mucho esfuerzo concentrarme, había perdido toda la motivación, finalmente llegué a un acuerdo con la empresa para marcharme con un nada despreciable finiquito. Fue un alivio para ambas partes.

He dejado de soñar totalmente desde que ocurrieron los hechos, o sencillamente no lo recuerdo, tampoco he sentido intranquilidad al despertar como en aquellas rachas del pasado. Luego de un tiempo logré convencerme de que probablemente nada hubiera cambiado de haberle hablado a Inga aquella mañana, seguramente habría pensado que era un chalado o que simplemente intentaba ligar con ella. No lo se, algunos días vuelven las dudas, aunque la medicación evita que sienta la insoportable ansiedad de los días posteriores al crimen.

Margaret ha sido mi principal apoyo desde el principio, sin ella no se lo habría hecho. Se ha convertido en una respetada científica, colabora tanto con la Universidad de Barcelona como con la empresa privada y hoy en día tiene un salario incluso superior al que percibía yo en la empresa. No tenemos presiones económicas y ella no tiene problema alguno con que me haga cargo de la casa, piensa que no debo reincorporarme nuevamente a la vida laboral hasta que me sienta nuevamente preparado para ello.

Creo que para volver a trabajar a un alto nivel primero tendría que dejar la medicación. Definitivamente me he sentido mucho mejor desde que la tomo pero también más lento, he perdido la seguridad de antaño y las ideas ya no fluyen igual. También temo que el dejar la medicación podría resultar en que volvieran los sueños.

No quiero dar la impresión de que soy un ser infeliz, tengo buenos y malos momentos, como todos, intento sacarle el máximo provecho a lo que tengo, quiero a Margaret y comparto muchas cosas con ella. Tengo una vida social mucho más calmada pero conservo algunos buenos amigos y lo más importante, disfruto de la compañía de mi familia, tal vez más que antes.

Definitivamente mi vida ha cambiado en muchos aspectos, pero principalmente en que he perdido mi capacidad para el Jazz, hoy en día, incluso cuando Margaret sale en uno de sus frecuentes viajes a congresos, me siento mucho más a gusto viviendo en la seguridad que me ofrece una buena canción de Pop.

Reinaldo Santos Coves (Barcelona)