sábado, 30 de enero de 2010

¿Existen las sirenas?

A Samuel siempre le gustó el mar, a decir verdad, se sentía cautivado por esa inmensidad de agua sobre la tierra, por su continuo movimiento, su ruido constante, su olor a sal, su azul intenso…

Recordaba a menudo el baño de una tarde de Agosto. Aquella tarde se zambulló en el agua, con la única intención de disfrutar... su abrazo le envolvía y esa sensación de moverse a su antojo le gustaba.

Confiaba en sus aguas, se conocían desde niños, era una amiga muy buena, nunca le había fallado, por eso, se abandonaba en sus espumosos brazos azules y... perdía la noción del tiempo.

Despertó de aquel estado de felicidad absoluta, sintiendo que alguien le salpicaba, pensó: siempre hay algún gracioso cerca para chapotearte, miró alrededor para conocer la cara de su saboteador... no había nadie.

De pronto ¡se encontraba en mitad del mar! ¿Dónde estaba la orilla? El agua le había trasladado hasta allí ¿haciéndole suyo? Le invadió un pánico tremendo ¿cómo volvería a la playa?

Empezó a nadar con desesperación, con prisas, con miedo… temía por su vida, él, que tanto deseaba al mar, que pensaba que... lo amaba ¿moriría en sus brazos?

De repente, le salpicaban, miró alrededor... nadie ¿tenia alucinaciones? Estaba débil... advirtió la cabeza de una mujer ¿ella salpicaba? ¡Que confusión! Vio una gran cola de pez por encima del agua y…perdió el conocimiento.

Despertó en la orilla de la playa, miembros de la Cruz Roja le reanimaron, nunca supo a ciencia cierta como llegó allí, está convencido que fue ella, una sirena quien le salvó la vida.

Ha pasado mucho tiempo, el mar le sigue gustando más aun si cabe, y cada uno de los días de los meses de Agosto, Samuel, se baña en sus juguetonas aguas y secretamente, se pregunta... ¿donde estará?

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Las autenticas joyas de la Corona

Había una vez un cepillo de dientes rosa, una muñeca sin brazos y un pequeño reloj con las agujas rotas. Vivian en el diminuto desván de una casa en la que habitaba un matrimonio con tres hijas.

Las crías se llamaban Paula, Carlota y Laura. Nombres elegidos por Serafín su padre. Eran sus tres seudónimos preferidos. Su esposa María le dejo elegir en las tres ocasiones.

La mayor tenia nueve años, pronto haría la comunión y últimamente solo pensaba en la ropa que llevaría ese día – Quiero vestirme de novia y calzar zapatos de tacón – le decía su madre a menudo.

La mediana contaba siete años de edad, era una niña muy curiosa, esta cualidad le hacia preguntar cosas constantemente y la comunión de su hermana era para ella una autentico filón de dudas.

La chiquitina fue el bebé inesperado, cumpliría cinco años dentro de dos días. Recibir un gran regalo y apagar las velas de un solo soplo en una gran tarta de chocolate era su deseo más inmediato.

Las chiquillas se parecían mucho físicamente, sus pieles eran muy blancas, sus cabellos castaños, sus ojos grandes y despiertos, sus caras pecosas y sus cuerpecillos menudos.

También su carácter se asemejaba bastante: eran alegres como verdaderos cascabeles, charlatanas como cotorras y vivarachas como las mismísimas ardillas.

Su infancia transcurría feliz, entre largas horas de clase, juegos compartidos con otras crías en el patio de la comunidad, travesuras, risas y algún que otro llanto producido por alguna regañina.

En ese piso situado en mitad de la plaza del pueblo, llevaban toda su vida, a decir verdad, nacieron allí. Paula en el pasillo de la sala, Carlota en el suelo de la cocina y la pequeña Laura en el lecho matrimonial.

A su joven y precipitada madre nunca le dio tiempo a llegar a un hospital, y su esposo, y en alguna ocasión la vecina de al lado, se vieron envueltos en partos inesperados.

Paradójicamente, el cepillo de dientes rosa, la diminuta muñeca sin brazos y el reloj con las agujas rotas también llevaban años viviendo en aquel desván.

Compartían espacio, carcoma y alguna que otra telaraña con una vieja plancha plateada, un pequeño balón desinflado y un oso de peluche gigante.

Cerca había un armario de madera de nogal muy antiguo, guardaba en su interior innumerables juegos de sabanas, mantas de lana, colchas, manteles bordados, cubiertos de plata y ropa usada.

A la derecha estaban unas rinconeras de madera elaboradas por el cabeza de familia, que desde hace mas de una de una década aguantaban el peso de gruesos libros, álbumes de fotos y algún que otro mapamundi.

Debajo, descansaba un gran flotador con dibujos de la abeja Maya, un domino de colores, una cometa blanca con la cuerda amarillenta y un enorme joyero en forma de pirámide con el vértice roto.

Una tarde, María quiso limpiar el trastero, enfundó su cuerpo en un chándal ajado, cogió una escoba, un recogedor y una gran bolsa de basura y se dirigió al desván. Sus hijas corrieron anhelantes detrás de ella.

- Niñas, vamos a limpiar el trastero - les dijo con voz tajante, - vosotras me ayudareis, una barrera otra sacudirá el polvo y la tercera echara a la basura lo que yo diga ¿de acuerdo? -.

- De acuerdo mama- dijeron mientras Paula cogía la escoba con esmero, Carlota desdoblaba el trapo del polvo, y la más pequeña abría la gran bolsa de basura esperando las órdenes de su madre.

- Tiraremos al contenedor este balón desinflado que os regalo vuestro primo Alberto hace tres años, se empeñaba en jugar al fútbol con vosotras y con sus fuertes chutes, solo conseguía haceros llorar -.

La pequeña escuchaba a su madre con atención y descubría la bolsa de basura con gran interés, era la primera vez que subía al desván con su madre y no paraba de mirar y toquetear todo con sus manos.

Paula barría y se quejaba constantemente del polvo que se formaba en el ambiente al frotar el suelo con la escoba – Mamá no hago más que toser ¡cuanta suciedad!- decía una y otra vez.

Y no exageraba, hacia tiempo que no se limpiaba esa zona de la casa, un trabajo fuera del hogar, tres hijas pequeñas, un marido muy tierno pero torpe con las tareas del hogar… no permitían hacer maravillas.

Carlota quitaba el polvo de los pesados libros situados en las baldas que su padre elaboró, quitaba la roña de los álbumes de fotos y del mapamundi, finalmente exclamó - ¡mami el trapo del polvo está negro!

Era así, su madre la miraba y sonreía se sentía orgullosa de sus hijitas, ciertamente eran muy inquietas y tan traviesas que acababan agotándola pero también eran muy buenas y responsables.

Ella, con la chiquitina de la casa, seguía echando trastos viejos a la bolsa de basura, arrojaron la cometa blanca, el flotador de la abeja Maya, mantas de lana apolilladas y prendas de ropa usada.

De pronto, María vio un cepillo de dientes rosa muy sucio, inmediatamente lo reconoció y le dijo a su hija mayor – Paula, este fue tu primer cepillo de dientes, te lo trajeron los Reyes Magos ¿te acuerdas?

- Sí mamá, recuerdo que me negaba a usarlo porque al cepillarme tenia nauseas, tú me decías: - “Paula o te limpias los dientes tres veces al día o no podrás comer caramelos… tú decides”-.
-Si hija, así era ¿sabes? Ante esta amenaza te limpiabas los dientes religiosamente - dijo su madre melancólica, -ahora lo tiraremos a la basura, Laura, acércanos la bolsa.
- ¡No! Déjame conservarlo como recuerdo de mi niñez, - dijo Paula - ya sé que esta manchado y tiene las púas abiertas, lo limpiare no te preocupes, prometo no mostrarlo públicamente, anda… por favor -.
- Si te empeñas, te dejaré - dijo su madre, - está muy sucio, te ayudaré a desinfectarlo, pero como nos vea tu padre que andamos lavando un cepillo de dientes de hace años… me mata-.
- Será nuestro secreto mama – dice Paula y después de este comentario siguen con la limpieza, barren, limpian el polvo, arrojan a la basura la plancha plateada...

De pronto, la presencia de una muñeca sin brazos llama su atención, acto seguido su memoria la traslada al cuarto cumpleaños de Carlota, esa muñeca hizo una ilusión tremenda a la niña.

Era una muñequilla japonesa, se le antojó a su hija mediana al verla en un escaparate, tal vez su pelo negro, sus ojos rasgados y su palidez la cautivaron, tenía un kimono rojo y sonreía.

- Mamá cómpramela- decía Carlota de una forma tan zalamera que era difícil resistir su petición. Era una niña muy caprichosa, pero tan simpática, que se ganaba el afecto de las personas enseguida.

El día de su cumpleaños llegó y a parte de una enorme tarta de chocolate con nata con cuatro gigantescas velas, un paquete con un lazo violeta esperaba ser descubierto encima de la mesa de la cocina.

Carlota corría hacia él, completamente emocionada, arrancó el papel de regalo de cuajo y destrozó el lazo violeta, al ver la muñeca se le saltaron las lagrimas y desde ese día no jugaba con otra cosa.

-Carlota, ¿te acuerdas de esta muñeca? – Preguntó a su hija cuando regreso de sus pensamientos – Te la compramos tu padre y yo en tu cuarto cumpleaños, fue tu amuleto durante mucho tiempo -.
- ¿Qué es un amuleto? – preguntó su hija con los ojos como platos.
- Tu juguete de la suerte hija, ¿Sabes? De tanto jugar con ella, se le soltaron los brazos, quisiste pegarlos pero se despegaban constantemente – ahora llegó el momento de arrojarla a la basura-.
- Mamá déjame jugar con ella – dijo Carlota – sé que está sucia y tiene el kimono rasgado pero tú lo puedes coser y en cuanto a su falta de brazos a mi no me importa que no los tenga.

Al escuchar estas palabras llega Laura reclamando atención, también ella quiere llevarse algo del desván se acerca a su madre y le pide el pequeña reloj sin agujas que ve tirado en una esquina.

-Nena, ese reloj era mío. Me lo compro tu abuela cuando tome mi primera comunión cogelo si quieres, pero os recuerdo a las tres que como vuestro padre vea estos trastos viejos rodar por la casa me regañara.
- Será nuestro secreto mama - dijeron las tres niñas al unísono y recogiendo todos los bártulos, sacudiéndose el polvo de sus ropas y con una sonrisa en sus caras salen del trastero.
- Niñas estoy orgullosa de vosotras, asearos un poquito en el baño yo llevaré esta bolsa al contenedor de basura, me cambiare de ropa y prepararemos la cena ¿de acuerdo? - Les dice mientras salen del desván.
- Esta bien mami- responden las retoñas abrazando con cariño los viejos y sucios objetos que ellas mismas decidieron conservar como recuerdo de un tiempo pasado.

Al llegar a la sala un teléfono suena insistente:
-Ring… rign…rign…
-Quien es? pregunta la chiquitina.
-Laura soy papa, dile a mama que llegaré tarde...
-Papa hemos limpiado el trastero, estaba muy sucio, yo llevaba la basura…
-Laura por favor dile a mamá que tengo una reunión.
-Papa, quedó limpísimo…
-Hija, no tengo tiempo dile a mamá que no me espere despierta. Un beso.
-Papa, espera…

Y Laura se quedó con el auricular en la mano y las tremendas ganas de contarle a su padre la nueva experiencia de limpiar el trastero con su madre colaborando tan responsablemente.

-Papa… papa…
-Laura, déjame hablar con tu padre.
-Ya no esta mamá.
-¿Que quería?
-Dice que tiene una reunión.
-¡Ah!
-Que tardará.
-¿Cuánto?
-No se mamá.
-¿Te dijo algo más?
-Que no le esperes despierta.
-Vale.
-Niñas bajare la basura y haremos la cena – dijo María desilusionada.

Una hora más tarde estaban las crías y ella comiendo una tortilla de patatas con una ensalada sobre un mantel de flores amarillas que a Paula se le antojo en una visita a un mercadillo.

Estaban cansadas por el transcurso de la jornada y las altas temperaturas del día además al día siguiente las niñas debían ir a la escuela así que después de comer unas manzanas, las crías fueron a la cama.

- Buenas noches mama - dijeron las tres con el pijama puesto.
- Que descanséis hijas le dijo su madre - dándoles un beso a cada una de ellas en la mejilla – que buenas son - pensaba orgullosa mientras cogía un libro para hacer tiempo a que llegara su esposo.

Hora y media después se dispone a sentarse en un sofá de la sala para ver el televisor, no estaba dispuesta a quedarse dormida, con esa intención había tomado tres cafés.

Eran las dos de la mañana estaba agotada decide comprobar que las niñas duermen felices y tumbarse en la cama ¿porque tardará tanto? Se preguntaba mientras tapaba su cuerpo con la sabana.

Despierta sobresaltada, mira el reloj de la mesilla, son las cuatro y cuarto de la madrugada, no esta, ¿dónde estará? no es normal, le ha pasado algo seguro, siempre me llama ¿qué hago?

Marca su número de móvil, nadie contesta, insiste… insiste… nadie responde, se levanta de la cama desesperada, no sabe que hacer, se inquieta, el miedo le hace temblar.

- Espero que no le haya sucedido nada malo, no podría soportarlo – susurra, mientras trata de calmar unos nervios que están al limite. - Serafín llena mi vida… no podría vivir sin él.

Recuerda los amores que tallaron su juventud, varias relaciones llenaron su existencia, una etapa marcada por los fracasos amorosos, esos desengaños hicieron trizas su corazón Serafín… lo reparo.

Las 5 de la mañana que hago? – Se pregunta inquieta - Telefonea nerviosa a su oficina no hay nadie, Quien va haber a esas horas? Pregunta por él en varios hospitales, no conocen su nombre buena o mala señal?

El sonido de un timbre le confirma el motivo de su ausencia, un choque frontal contra un camión le ha quitado la vida, la guardia civil trata de explicarle un hecho inexplicable.

Queda paralizada, no se mueve, no llora, no grita, no reacciona, en realidad, la impresión le impacta tanto, que la deja sin lágrimas, sin palabras… sin vida.

Es internada en un hospital durante meses, las niñas son separadas temporalmente, Paula se va a vivir con su abuela materna, Carlota con su tía y la chiquitina con una prima carnal.

Les cuesta dos años volver a su domicilio habitual, a su vida usual les cuesta bastante mas tiempo, en realidad, ninguna de las cuatro volvieron a ser las mismas

Pasaron los años, el recuerdo de un padre ejemplar, de un marido enormemente tierno y cariñoso y de un hombre alegre como pocos, dejaron una huella imposible de borrar.

Paula madura deprisa, ejerce de madre de sus hermanas en muchas ocasiones, en especial, con la chiquitina de la casa, ya que su actividad de niña inquieta agotaba a una María que envejece deprisa.

Estudió durante poco tiempo, trabajaba limpiando un comedor infantil durante cinco días a la semana y se casa precipitadamente con un apuesto muchacho de modales correctísimos.

Se llamaba Daniel, era un abogado prestigioso y vivía en un pequeño pueblo cercano atendiendo a sus padres octogenarios. Su fama de buen hombre contrastaba mucho con la realidad.

Ella se fió de sus modales, de las apariencias, de los comentarios de la gente, pero sobre todo de su inocente corazón que habido de ilusiones se entregó a un hombre que no merecía su amor.

Volvió al hogar maternal al año de casada con tremendos moratones en su cuerpo, el corazón roto y un pequeño bebe de ojos azules y piel muy blanca en sus brazos.

Carlota, se convirtió en una mujer elegante y responsable terminó la carrera de Literatura y trabajaba en una Universidad. Tenia mucho encanto entre sus alumnos quienes la admiraban y querían con locura.

No sucedía así con el amor, que tras muchísimas relaciones fracasadas decidió olvidarse por un tiempo de los hombres y vivir su tan deseada maternidad, adoptó una niña china a la que llamó Luna.

Laura, la chiquitina de la casa se convirtió en una mujer comprometida y sensata con la vida, sus modales refinados y su educación enamoraban tanto como su figura.

Ella estudiaba y estudiaba, pero sobre todo, soñaba con un príncipe azul, sin darse cuenta que ni ella era princesa de un Cuento de Hadas ni estaba viviendo en ningún Reino encantado.

María hablaba poco, sonreía aun menos y su piel se lleno de arrugas, más que vivir sobrevia y su gran tabla de salvación para no morir en vida era ese pequeño bebé de ojos azules y Luna.

Por ellas era capaz de conversar alegremente, de sonreír de vez en cuando con sus gestos y aventuras e incluso pensar que la vida a veces se muestra agradable con las personas.

Una tarde María quiso limpiar el desván y la cría corría tras ella.
- Luna ayúdame - le dijo mientras le daba una escoba.

La cría estaba emocionada, no conocía esa parte de la casa, no sabia ni que existiera y el hecho de ir a limpiarlo con su abuela le parecía toda una aventura.

Al entrar vio un diminuto cuarto con una pequeña bombilla en el techo llena de telarañas –Aquí hace un poco de frío abuela, además no hay mucha luz y huele raro.

-Es que esta zona de la casa es un poco fresca, no está demasiado iluminada y ese olor que te parece tan extraño es por ser una habitación que esta mucho tiempo cerrada – contesta María.

La niña le mira asombrada, sus ojos se fijan en un armario de madera de nogal muy antiguo, - Que hay dentro? –

Pregunta a su abuela con gran curiosidad.

- Sabanas, mantas, colchas y manteles dijo su abuela.
-Abuelita, este armario está cojo de un pie –comenta la niña al ver que al mueble le faltaba una pata, a María le salió una sonrisa que por un momento le alegró la vida.

A la derecha estaban unas rinconeras de madera elaboradas por Serafín ellas seguían aguantando el peso de pesados libros, álbumes de fotos y mapamundis.

Debajo, descansaba una sombrilla de colores muy vivos con las varillas rotas, un paraguas a rayas, un cuadro que mostraba un mar embravecido y un enorme joyero plateado con la tapa rayada.

Comenzaron a barrer, levantaban mucho polvo luna comenzó a toser, no dijo nada, la novedad de estar limpiando el desván con su abuela le hacia olvidarse de todo.

Quitaron telarañas, sacudieron pesados libros, álbumes de fotos y carpetas, arrojaron algunas revistas a la bolsa de basura, también un viejo paraguas y un portarretratos de madera.

Hora y media mas tarde estaban cansadas pero orgullosas del trabajo realizado. El trastero había quedado bastante decente ahora las que necesitaban un buen aseo eran ellas.

Salieron del cuarto pensando en el gran baño con espuma que se iban a dar, después se pondrían el pijama y verían juntas una película de dibujos animados.

Salían por la puerta cuando a Luna se le ocurrió hacer una pregunta:
-Abuelita Que guardas en esa pirámide?

Esa pirámide es un joyero que mi madre me compró en un mercadillo cuando yo tenía diez años, me acuerdo perfectamente porque fue mi regalo de cumpleaños.

Se abría por el vértice y dentro había un apuesto faraón de plástico bastante grande, yo jugaba con él a menudo y en esos juegos llenos de imaginación y fantasías me asignaba el papel de Cleopatra. ¡Que feliz era!

- Quiero quedarme con el
- Cogelo Luna- le dijo su abuela.

Luna fue a cogerlo y de repente se abrió cayéndose varias fotos, una mostraba a una niña en bicicleta, otra revelaba un grupo de chicas bañándose en el mar, otra reflejaba a unos jóvenes enes recién casados

También salió despedido un cepillo de dientes rosa, una muñeca sin brazos, vestida con un kimono rojo y un pequeño reloj con las agujas rotas y la correa muy sucia.

Inmediatamente María reconoció esos objetos, habían formado parte de su vida y esta, resurgió en su mente a una velocidad de vértigo: su madre, sus amigas, serafín, Paula, Carlota, Laura, el bebe Luna…

Abuelita que te pasa dijo Luna al verla tan sumamente pensativa.

- Nada nena que de repente retrocedí a un tiempo pasado.
-Si no te moviste de aquí
-Con la cabeza Luna simplemente… con la cabeza.
-Ah!
-Abuelita te decía que si me podía quedar con ese joyero?
-Si Luna dijo María aun sin regresar de un pasado bastante remoto, si niña mía repite y de esta manera fue como esa pequeña niña de rasgos orientales heredó una linda tarde las autenticas joyas… de la Corona.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Laberintos de ilusión

Se llamaban igual que los primeros habitantes de la tierra, sin embargo, su paraíso, era un piso tan diminuto como una caja de cerillas. Desde hace un año vivían allí, a las afueras de un Madrid de los años 60.

No estaban casados, se querían y eso bastaba. Concluían el mes con calderilla en sus bolsillos, por eso, aunque hubiesen querido, no podían hacerlo, tampoco otras cosas. Esa era la verdad, ninguno la mencionaba.

Adán llegó de Argelia con 20 años, de eso, hacía cinco, trabajaba de peón en las obras. Su niñez estuvo rodeada de miseria, trabajo, escasos estudios y unas ansias enormes de volar hacia una vida mejor.

Eva, anhelaba ser escritora, hija de madre soltera, creció en una época en la que el miedo a morir entre las brasas del infierno impregnaba los hogares españoles. Tenía 23 años y era muy obstinada.

Mientras luchaba por conseguir su fin, se dedicaba a coser, le faltaba clientes, al mudarse de zona para vivir con Adán, perdió a su público, necesitaba conocer gente y conseguir encargos de ropa.

Tenía una amiga, la panadera del barrio donde residían, joven como ella, muy simpática, bella y generosa. En muchas ocasiones, le había regalado unos bollos de pan riquísimos. Se llamaba María.

Su amistad comenzó a través de encuentros casuales, algunos paseos por el pueblo, unas pocas palabras dichas con timidez y en cuestión de meses, se hicieron inseparables.

Supo que María era hija única, que estudió en Inglaterra, que usaba lentillas, que coleccionaba peluches, que la panadería en la que trabajaba, pertenecía a un negocio familiar y que siempre... perdía en el amor.

Aquello, salió a la luz en el transcurso de una conversación.

Eva decía que hace años, al pasar por una obra, los piropos de unos peones llamaron su atención, al mirarles se fijó en uno, Sus miradas se cruzaron, días más tarde, un joven mulato, le invitó a un refresco.

Después, todo fue rápido, se conocieron, se gustaron y en menos de seis meses, se encontraban viviendo juntos en un diminuto piso ubicado a las afueras de Madrid, aunque con lo justo para comer.

Eva preguntó:

-¿Tú tienes pareja?

-No tengo suerte con los hombres... confesó María- y siguió diciendo, en el Instituto, estuve enamorada de un muchacho llamado José, guapísimo y simpático a más no poder, siempre estaba rodeado de chicas...

A pesar de mis tropiezos no fortuitos y de todos mis intentos por gustarle, no logré que se fijara en mí. Lo pase fatal suspendí en los estudios y estuve a punto de suicidarme ¡Un horror!
Un año más tarde, llegó Alfonso, un médico que conocí en una revisión médica de mi madre. Un día de lluvia y viento la acompañé a la consulta. Como su médico estaba de baja, nos atendió otro.

Era muy apuesto. Su voz dulce cautivaba y su mirada hacia perder la cordura a cualquiera. Al finalizar la sesión, me dejó su número de teléfono en el bolsillo de la gabardina, le llamé y salimos durante meses.

Era un tipo cariñoso, de los que te llenan de atenciones, de regalos, de caricias... un caballero, eso pensaba, hasta que me enteré que me engañaba, tenia novia formal desde hace años.

Y luego... te contaré una anécdota:

Aquella tarde de Otoño llovía, lo vi mojado y tiritando de frió, esto precipitó que le amparase, pensé que solo lo haría por unas horas, el tiempo justo para que se secara, pero un arrebato de cariño, hizo que se quedara.

Esas miradas tan tiernas, esos gestos tan delicados, esa ternura por su parte y seguramente el hecho de verle tan frágil y desvalido hizo que le cogiese enseguida un cariño muy especial.

Fuimos dándonos tiempo para crear una relación en armonía y no sé si nos llegamos a enamorar, pero las atenciones que nos prestábamos y la dependencia del uno por el otro recordaban mucho al amor.

Sin embargo, un 14 de Febrero, le descubrí con otra, estaban abrazados entre la oscuridad de un callejón sin salida, ¡Qué descaro! Pensé, No lo volví a ver más, desapareció de mi vida para siempre.

Días mas tarde, la necesidad de desahogarme, me hizo contar este hecho a la persona que más me ha entendido en el mundo, mi madre, y me dijo tranquilamente que era la ley de la naturaleza.

-Los gatos son como hombres-corren tras la hembra en celo-niña mía.

Me quedé a cuadros, comprendía que se trataba de un diminuto felino que socorrí en una tarde lluviosa, lo sabia, pero le cogí un cariño muy especial y esperaba mas lealtad por su parte.

Y esta fue mi vida sentimental. Me considero lista, sana, joven y simpática, tengo un trabajo estable, buen estado económico, sin embargo, en el amor soy un desastre, supongo que... no podemos tener todo en la vida.

-No claro- dijo Eva.

Por la noche, le contó a Adán esa conversación con su amiga, pero él apenas la abrazó antes de quedar rendido. En la penumbra de su humilde alcoba, ella siguió meditando.

En los días siguientes, conoció a la familia de María, el lujo de sus ropas y sus modales refinados, revelaban firmemente la clase social a la que pertenecían, pero su sencillez, diferían con el ambiente que respiraban.
Al saber que era modista le encargaron ropa. A través de ellos conoció a gente, cosió mucho y escribió mas aún, se animó a presentar sus escritos en concursos literarios.

Una tarde, María le dijo que salía con un chico.

-Veras, Eva-le contaba-Todo comenzó cuando se averiaron los grifos de la panadería, preocupada llamé a un fontanero, al instante, llegaron dos hombres en una vieja furgoneta azul.

Era una extraña pareja, uno muy joven, vestía un mono verde oscuro pegado a su cuerpo atlético, sus ojos eran grandes y tremendamente azules y su cara de niño trasmitía confianza.

El otro era bastante caricaturesco, calvo, lleno de arrugas, sus ojos eran bastante diminutos, sus orejas grandotas, su bigote lacio y cano, además me pareció insolente y con una edad próxima a la jubilación.

Trabajaron muy bien, lejos de lo que se podía pensar por sus diferencias físicas, había complicidad entre ellos y hasta me atrevería a apostar que mantenían una buena amistad.

Una hora más tarde y después de arreglar la avería de mis grifos, el chico joven, se acercó a mí y con una timidez que me sorprendió enormemente me invitó a un refresco.

En el bar, le pregunté la causa del amargo carácter de su compañero, me dijo que se barajaban varias causas: que estaba harto de trabajar, que sufría por un amor imposible y que al nacer le habían bañado con vinagre.

Este último comentario me hizo gracia y me reí muchísimo, entonces me sonrió, me invitó al cine y hasta hoy Eva, ¿Qué te parece? Llevamos unos meses saliendo y me parece una buena persona.

- Eva, le deseó suerte.

Meses más tarde, encontró una invitación de boda en el buzón, María se casaba tres meses más tarde en la iglesia de un pueblo cercano y les invitaba a ella y a Adán al feliz acontecimiento.

Tres meses mas tarde allí estaban, engalanados y contentos como nunca. A la salida de la iglesia, el ramo lanzado por la novia fue a caer en las manos de Eva, entonces Adán le susurró al oído:

-¿Nos casamos?

Un sí, entrecortado por la emoción, salió de sus labios y un besó apasionado confirmo la afirmación, a la mañana siguiente, su mente inquieta empezaba con los preparativos:

Llamaría a su primo de América, con él, compartió una infancia llena de travesuras, se acordaba a menudo cuando robaban manzanas en el huerto de su vecino o cuando hacían tropezar al cura en la iglesia...

El banquete sería en el mismo restaurante que lo hizo María, el buen trato dado por los camareros y la excelente calidad de la comida le hacían repetir sin ningún género de duda.

Regalaría rosas a los invitados, era su flor favorita, se acordaba mucho de las broncas de su madre cuando con cinco añitos arrancaba las rosas de un jardín cercano y regresaba a casa llena de sangre.

Haría un viaje con Adán a la costa, le daba igual a cual de ellas, el mar le apasionaba y paradojas de la vida lo conoció con veinte años, muy tarde se repetía una y otra vez...

De repente, su memoria la traslada a un tiempo remoto, su séptimo cumpleaños. Estaba en la sala de su casa abriendo regalos, su madre, con una enorme caracola blanca en la mano, le dice:

-Hija, te regalo el sonido del mar, lo atrapé para ti...

Nunca olvidara ese momento, su mamá vestía una falda rosa con mucho vuelo, la blusa tenía numerosas flores de vivos colores y su cara mostraba una sonrisa orgullosa.

Una preciosa tarta de chocolate con siete enormes velas adornaba la diminuta mesa del comedor. Nunca antes se alegro su madre de que esa mesa fuese tan pequeña, curiosamente ese tamaño agrandaba la tarta.

De pronto, el ruido insistente de un timbre hace que vuelva al presente de una forma veloz, al abrir la puerta, unos policías sumamente entristecidos, la abrazan para darle la noticia.

- Su compañero ha sufrido un accidente... se cayó del andamio... no llevaba sujeción... lo sentimos mucho... recibió un fuerte golpe... sentimos mucho lo ocurrido- dice uno de ellos.

Eva, entiende el fatal desenlace. Por unos momentos que parecieron horas, palidece, no respira, no habla, después... grita histérica, la abrazan fuertemente, sufre un ataque, deben sedarla.

Despierta en una fría cama de hospital. Las paredes son blancas, las sabanas son blancas, el suelo brilla mucho, su madre le coge suavemente las manos y la mira en silencio.

Eva la contempla tristemente, no dice nada, se niega a hablar, se niega a comer, no quiere vestirse, ni lavarse, ni visitas, ni leer... no quiere vivir, no lo puede hacer sin... Adán.

Su madre adelgaza, envejece y casi se une a la causa de su hija, ella tampoco quiere verla así, no soporta verla así, y empieza a preguntarse si no será mejor... dejarla morir.

Reúne las pocas fuerzas que le quedan y dispone sacarla de esta agonía que la mata por dentro, quiere que viva y hará todo lo indecible porque sea así, aunque le vaya la vida en ello.

Contrata a los mejores médicos, la mima como nunca, le habla a menudo, la viste con suavidad, la maquilla con entereza, espera algún signo que le diga que su hija se aferra a la vida... no lo encuentra.

Sigue intentándolo, la abraza, le habla, la viste, la maquilla, pasan días, semanas, meses... no le importa, espera resignadamente y poco a poco... come algo más, se mueve por la habitación, sonríe tímidamente...

Meses mas tarde, su aspecto ha mejorado bastante, se viste autónomamente, se acicala con esmero, engorda varios kilos, comienza a hablar e incluso se ríe a menudo.

Le dan el alta aunque sigue con medicación rigurosa, le advierten de la fragilidad de su cuerpo, le aconsejan cuidarse, descansar, comer, salir a la calle, tener amistades... vivir.

Lo intenta, cuida su aspecto físico, procura no cansarse, se obliga a comer a menudo, pasea considerablemente, toma mucho el sol, retoma viejas amistades, comienza a escribir...

Un año mas tarde, la vieron salir de su casa, vestía una camiseta larga y desgastada, se hallaba delgada, pálida y despeinada, su mirada estaba perdida, caminaba sin rumbo... Nadie la vio desde entonces.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Eva

Nació morena, pequeña y rechonchita. Fue un bebé risueño que llenaba de gozo a toda su familia. Sus ojos eran grandes, su nariz chiquita, tenía la sonrisa a flor de piel y su pelo liso llamaba la atención de todas las madres del pueblo.

Creció muy rápido, le salieron pecas, se puso gafas, llevaba el pelo corto y sus orejas siempre estaban adornadas con pendientes de vivos colores. Se vestía de forma coqueta, calzaba zapatos de charol y caminaba de forma graciosa.

Fue una niña vivaracha que no paraba de jugar, su curiosidad por la vida, le hacia preguntar cosas constantemente. Era simpática, solidaria y muy traviesa, cualidades que le hicieron ser rápidamente líder entre sus numerosas amigas.

En ese tiempo, conoció a su primer “amiguito especial”, se llamaba Pablo y tenía 6 años. Era un niño feúcho, muy retraído, se vestía de forma demasiado formal para su edad, llevaba el pelo engominado y tenia prohibido mancharse.

Fue una época feliz, en la que sus trastadas quedaron grabadas en su memoria para siempre. Aún se acuerda, del terrible dolor que sintió cuando se cayó de un árbol por robar manzanas o cuando se metió en el río completamente vestida y echó la culpa a la tormenta.

Entre diabluras compartidas, pícaras sonrisas y algún que otro llanto, se hicieron inseparables. Un terrible día para Eva y por motivos desconocidos por todos, la madre de Pablo, una mujer de carácter variable, decidió cambiarlo de colegio… no lo vio más.

Un tiempo después, llegó su comunión. Lució un vestido blanco precioso: con escote en forma de uve, manguitas muy cortas y un gran lazo en la espalda. Calzó zapatos claros y en su largo y brillante cabello se apoyaba una diadema plateada.

En la cercana iglesia donde se celebraba la ceremonia, no paraba de mirar de forma insinuante a un muchacho moreno y muy alto, vestido de Almirante, que ¡Bendita casualidad! Coincidieron en el restaurante donde sus familias celebraban el banquete.

Después de comer un menú que apenas probó, bailaron, fue su primer baile “agarrado” era una canción de Sergio Dalma, lo recuerda con tanta precisión, porque le pisó varias veces, ¡pobrecillo! ¿Quién estaría más nervioso de los dos?

Se dieron sus direcciones, prometieron escribirse a menudo, pero vivían en distintos pueblos y su relación no pasó de unas cuantas cartas que aún guarda en una pequeña caja de música, como recuerdo de aquella brevísima relación.

A los 13 años, con aparato corrector en los dientes, falda escocesa, gafas y unas largas trenzas que le daban un aspecto de colegiala “empollona”, llegó su primer beso en la boca, se lo dio Paco, un muchacho mayor que ella, fue un beso tímido... como su romance.

Hoy, mucho tiempo después, dice que fue eso, su tremenda cobardía, la que le empujó tan rápidamente a los brazos de otra, otra de bastante más edad, mucho más coqueta, habladora y más entendida en esos menesteres del amor.

A los 18 años recién cumplidos, llenó su pelo de hermosísimos bucles rubios. Se vestía de forma provocativa, se puso lentillas y con una gran sonrisa que mostraba una dentadura perfecta, engatusaba a todos los muchachos del municipio.

Entonces, llegó Daniel, un apuesto joven de dulce trato, mirada cautivadora y ternura en sus dedos. Con él, surgió su primera relación, una relación profunda y pasional hasta más no poder, ¡jamás pensó ella que pudiese disfrutar tanto encima de un colchón!

Con él se inició y perfeccionó sus aprendizajes amatorios, ya que practicaban: en la cama, en los asientos del coche, en el ascensor, en las butacas traseras del cine, en la moqueta de su casa, en la ducha, en los aseos de un centro comercial...

Eva, era lista pero ingenua. No sabia el vacío que deja un amor no correspondido. Vacío y desolación, fue lo que sintió cuando se marchó con su esposa, porque... le engañó mezquinamente y finalmente se marchó con ella. ¡Dios cuanto dolor!

Quizás, escapando de ese dolor, se cortó el pelo, se volvió pelirroja, se compró ropa bastante clásica, se armó de un valor que ella misma dudaba que tenía y con tan solo una pequeña maleta echa de forma precipitada, se marchó a África.

Allí, con las personas más desfavorecidas, en un país terriblemente azotado por el hambre y la pobreza, conoció a Adrián. Un joven misionero, tan solidario y dispuesto a consolar a los demás que, se consolaron juntos, después…regresó a España.

Ahora, un mes después, se encuentra sentada en la hamaca de mimbre que le compró su madre, cavila a gusto, ubicada en una esquina de su habitación. Sin más compañía masculina que el osito de peluche que tiene tumbado en la cama.

Recuerda las palabras de su mama que, siendo testigo de sus incontrolados amoríos, le decía no hace mucho tiempo.

-Niña, ten cuidado con los hombres, pueden crear adicción y te veo bastante “enganchada”.

-¡Tonterías!- le respondía ella.

Se sorprendería al verla ahora, sin hombres a su vera, se sorprendería porque hasta ella misma lo hace.

En este momento, le invade una sensación de libertad tan grande que se siente flotar, hacia mucho tiempo que no sentía esta sensación y la verdad, es que al igual que con su pelo rapado, (se lo cortó al regresar de África) está muy cómoda.

No sabe cuanto le durará este estado, seguramente poco tiempo, porque esta misma mañana, su amiga Raquel le ha preguntado:

-Oye Eva ¿Qué quieres que te compre por tu cumpleaños?

-A mí me encantaría- dijo sin pensarlo siquiera- que saliera un mulato imponente de una enorme tarta de chocolate y “ligerito de ropa”, se acercara a mí provocativamente para darme a probar el primer trocito.


Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

El regalo de Tomasa

Había una vez un granjero llamado Tomas. Vivía en una granja situada en la ladera de una montaña.

Desde hace años, compartía su vida con su esposa, una robusta y bondadosa mujer llamada Tomasa.

Los dos trabajaban considerablemente: sembraban el campo, atendían al ganado, limpiaban los corrales…

Acababan su jornada rendidos, pero el amor que se procesaban y la vida al aire libre, compensaban sus sacrificios diarios.

Una mañana, el hombre cortaba leña en el bosque, cuando de repente, se acordó que pronto llegaría el cumpleaños de su esposa.

-¿Que le puedo regalar?- se preguntaba inquieto.

No hallaba respuesta y los días pasaban a una velocidad tan vertiginosa, que a menudo, se sentía mareado.

-¿Que le puedo regalar?- se preguntaba cada vez más nervioso por la terrible cercanía de esa fecha en el calendario.

De pronto, regando las hortalizas de su huerto, se le ocurrió una idea: los animales de su granja y él, le brindarían un concierto.

Para ello, tendría que preguntar la opinión a cada uno de ellos y si estaban de acuerdo, ensayarían todos juntos.

Sin perder tiempo, fue a preguntarle al caballo con el que tantas veces paseaba por la montaña.

-¿Querido rocín relincharías para Tomasa en su cumpleaños?

-¡Claro!- dijo el animal sin dudarlo siquiera.

Después, se acercó a la gallina que le regalaba los huevos con los que su esposa hacia esas deliciosas roscas bañadas de azúcar.
-¿Amada gallina cacarearías para Tomasa en su cumpleaños?

-¡Por supuesto! Contestó el ave muy contenta.

Luego fue a la cuadra y le preguntó a esa vaca que tan rica leche le regalaba todas las mañanas:

-¿Adorada vaca, mugirías para Tomasa en su cumpleaños?

-¡Será un placer! le dijo la res.

Después, se acordó de la oveja a la que esquilaba todos los años y le dijo mirándola fijamente a los ojos:

-¿Apreciada oveja, balarías para Tomasa en su cumpleaños?

-¡Con muchísimo gusto! Le contestó.

De camino a la granja se tropezó con el encargado de cazar los ratones, que a veces, aparecían por casa y le preguntó:

¿Estimado minino maullarías para Tomasa en su cumpleaños?

-¡Lo haría encantado!- respondió el gato.

Al llegar a la puerta de la granja, su perro se acercó velozmente para saludarle. Tomás le preguntó acariciando su pelaje:

-¿Amigo can ladrarías para Tomasa en su cumpleaños?

-¿Como no? querido amigo.

Al entrar en el porche de su precioso cortijo, observó al canario que durante tantos años alegraba su vida y le preguntó:

-¿Lindo pajarillo trinarías para Tomasa en su cumpleaños?

-¡Desde luego!- le dijo dichoso.

Tomas sonreía, sabía que los animales querían mucho a su mujer pero no esperaba esta respuesta tan positiva.

Y ante la enorme cercanía del cumpleaños de la granjera, decidieron ponerse a ensayar rápidamente.

Destinaron muchas horas, muchos días e incluso alguna que otra noche y ¡por fin! Llego la fecha señalada.

Aquella mañana lucía un sol esplendido y como era habitual, la mujer se dispuso a tender la ropa en el cercado. De pronto, escucho:

Iiiiii, iiiii, Muuuu, muuu, Cocorocoooo, Beeee, beeee Miauu

Guauuu, guauuu, Pio,pio, pio

Cuuumpleaaaños feliz…

Iiiiii, iiiii, Muuuu, muuu, Cocorocooo, Beeee, beeee,Miauu

Guauuu,, guauuu, Pio,pio, pio

Cuuumpleaaaños feliz…

Iiiiii, iiiii, muuuu, muuu, Cocorocoo, Beeee, beeee miauu

Guauuu,, guauuu, Pio,pio, pio

Te deseeeamos todooos…

Iiiiii, iiiii, Muuuu, muuu, Cocorocoo, Beeee, beeee, Miauu

Guauuu,, guauuu, Pio,pio, pio

Cuuumpleaaaaños feliz.

Tomasa creía que soñaba cuando su esposo al concluir el concierto se presentó ante ella con una enorme tarta llena de velas.

-Felicidades cariño- le dijo con emoción.
-Gracias dijo ruborizada. Yo también os cantaré una canción.

-¡Genial!- dijeron todos.

Y ante la mirada de su esposo y sus queridos animales entonó:

-Gracias a la vida que me ha dado tanto, me ha dado la risa y…

De repente, el cielo comenzó a nublarse y unas gotazas de lluvia empezaron a mojar la hierba del cercado.

El caballo salió galopando torpemente por la montaña, la vaca regresó a su cuadra, la gallina buscaba a sus polluelos…

Tomasa seguía cantando:
-… me ha dado el llanto. Gracias a la vida que me ha dado tanto...

La oveja se meneaba incomoda, el gato buscaba ratones, el perro regresaba a su caseta y el canario revoloteaba nervioso.

-¿Canto mal?- preguntó Tomasa a su paciente esposo.

-¡No cariño! Lo haces muy bien.- mintió Tomas.

-¿De verdad?

-¡Por supuesto! Mintió de nuevo su marido.

-¡Eso es amor!- dijo el sol escuchando sin cesar la estrepitosa voz de aquella robusta y bondadosa mujer.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Como la vida misma

Es viernes por la tarde. Mi jornada laboral terminó. Vuelvo a ella el lunes por la mañana. Este fin de semana me dedicaré a mi hijo, prometí llevarlo al Circo.

Estos días, Eusebia se enfrió, la señora que cuido desde hace cuatro años. Vigilo su salud y atiendo sus necesidades de movilidad, es muy autónoma, apenas reclama mi ayuda.

Su carácter agradable facilita mi labor, es muy agradecida con las atenciones que le presto. Mantenemos una relación muy buena y la verdad, así, ¡da gusto trabajar!

Al llegar a casa, oigo la voz de mi niño que con siete años, canturrea:

-Devórame otra vez, devórame otra vez...

Al verme, salta a mis brazos, diciendo:

-Mira mamá ¡se me ha caído un diente!

Dándole un beso en la mejilla, le digo:

-¡Bien! Esta noche lo pondremos debajo de tu almohada, y verás como mañana, el ratoncito Pérez te traerá un regalo.

-¿Quién es el ratoncito Pérez?-pregunta intrigado.
-Un amigo tuyo, esta noche te dará una sorpresa.
-Le esperaré despierto.
-No Abel, si estás despierto no te la dará.
-¿porque?
- Por que con las personas se asusta.
-Entonces, dormiré mucho.
-Sí, será lo mejor.

Veo a mi suegro, un hombre serio, mayor y bastante delicado de salud. Está sentado en el sofá de la sala mirando el televisor.

Al verme llegar, dice:

-Hola, Susana ¿Ya vienes del trabajo?
-Sí- contesto.
-¿Estas cansada?
-Un poco.
-Tranquila, mañana no tienes que madrugar...
-No.

Mi marido, está situado cerca de nuestro hijo, riéndose (por la canción que canta, supongo). Se levanta del sofá, se acerca y me da un beso en la mejilla.

Todo está en orden. Voy a mi habitación, me cambio de ropa y me dispongo a preparar la cena para los cuatro.


En la cocina, cojo el delantal de flores azules. Me lo pongo y caigo en la cuenta ¡Qué bien me llevo últimamente con mi suegro!

No siempre ha sido así, a decir verdad, creo que nunca me aceptó, ni siquiera cuando éramos novios, no le debía parecer buena esposa para su hijo, nunca he sabido el motivo de tantos recelos.

Me considero guapa, alegre y bondadosa, fácil al trato y bastante agradecida, tal vez, no le agrada mi procedencia, soy Boliviana, me siento orgullosa de serlo, además ¡qué diablos! Nadie elige su lugar de nacimiento.

Quizás, es nuestra diferencia de edad, tengo 28 años y mi marido 37, por lo tanto, son casi diez años. A nosotros, el tema de la edad, nunca nos importo. Siempre se ha dicho que el amor no tiene edad, ¿nunca lo oyó?

No creo que piense que voy en busca de su dinero, desde el principio, pude comprobar por mi misma, que no lo tenia, nunca me invitaba al cine ni a cenar, en realidad, nunca me pagaba nada que sobrepasase los 5 euros.

Tampoco, que buscó la Nacionalidad Española, la tengo desde hace años. Entonces, ¿que piensa de mi? tanto le cuesta creer que nos amamos, que le quiero como no he querido a nadie en el mundo ¿es tan difícil de creer?

Pasaron varios años de trato distante hacia mí, de miradas recelosas, de justas palabras... no podía entenderlo, me consideraba trabajadora, responsable, discreta... ¿donde fallaba?

¡Menos mal! que su mujer me apreciaba: me hacia regalos por mi cumpleaños, me ofrecía consuelo en los momentos de añoranza y siempre me hablaba con dulzura.

Era una mujer muy sensible y solidaria que murió de una forma que nadie merece, con dolores horribles, grandes pesadillas, no comía nada y gritaba constantemente.

Murió sufriendo y sufrimos mucho su perdida. Mi suegro se vino abajo de una forma descomunal, dejo de comer, adelgazo muchísimo, apenas hablaba, su mirada estaba perdida... creo que la pena no le dejaba vivir.

Decidimos traerlo a nuestra casa para cuidarlo, no se dejaba ayudar, su carácter se volvió irascible y pensábamos que no había sido buena idea traerlo con nosotros.

Pasaba el tiempo, todos íbamos poco a poco, superando la muerte de Juana (así se llamaba mi suegra) menos él.

No se adaptaba a la casa, le parecía pequeña, los horarios de comida extraños, sentía frío... ni mi niño, con su desbordante alegría consiguió arrancarle una sonrisa.

Yo no perdía la esperanza de que se encontrara a gusto y hacia lo imposible para que así fuera: le llenaba de atenciones, de caprichos, de mimos… me propuse cambiar el concepto que tenia sobre mí.

Tan solo me preocupaba una cosa... nuestra casa es diminuta y los gritos de placer que dábamos mi marido y yo casi todas las noches eran grandes. ¿Que podía pensar de mí?

Comente esto con mis amigas, les dije que por las noches, éramos muy activos sexualmente, no me creyeron, decían que no podíamos gritar tanto ni tan a menudo, les juraba que era así, no me creyeron.

“Como podéis imaginaros, no voy a prestaros a mi marido para que lo comprobéis” – les decía, feliz de que fuese verdad.

De pronto, el sonido del teléfono me devuelve al presente:

-Ring...Ring...Ring...
-¿Quien es cariño? Dije al saber que mi marido había cogido el auricular.
-Manuel.
-¿Que quería?.
-Invitarnos a cenar el sábado.
-¿qué le has dicho?
-Que sí.
-Y...¿el niño? Le pregunté preocupada.
-Se quedará con su abuelo.
-No sé... no sé... dije pensativa.
-Ayer jugaban con un dominó de colores y disfrutaban mucho.

Sigo con la cena, no muy convencida de sus palabras pero con ilusión de poder estar con Manuel ¡hace más tiempo que no salgo de noche! cojo la sartén, el pollo, los ajos, pico la cebolla…

Una hora más tarde, estamos sentados alrededor de una mesa redonda color caoba, decorada con grandes flores y un mantel de cuadros rojos que me regaló mi suegra por mi cumpleaños.

-¡Qué bueno!- dice mi suegro.

Mi marido asiente con la cabeza.

-Está riquísimo mamá- señala Abelito chapándose los dedos.
-Sí,-el pollo me sale muy bien.- contesto.

Después, mi hijo se marchó a la cama, pusimos el diente debajo de la almohada, y después de contarle un cuento, se quedó dormido (momento que aprovecho para colocar debajo de su almohada una gran piruleta roja).

De camino hacia mi cama, pensé, que la infancia es una época maravillosa, predomina la ingenuidad, la capacidad de asombro, la inocencia… aspectos que con el tiempo, las personas perdemos irremediablemente.

Me fui a la cama queriéndole explicar todo eso a mi marido, todo eso, y mucho más, le quise explicar lo bien que me encuentro en mi trabajo, el cariño que me demuestra la mujer que cuido y también su familia.

Le quise hablar de la buena relación con mi suegro en casa, de las apreciaciones que veo en su carácter, de la mejora en su estado de ánimo y salud, de todo lo que ahora se preocupa por mí...

Le quise explicar como me hace sentir mi hijo, la alegría que aporta a mi vida, mis dudas con respecto a su educación, mis miedos con relación a su futuro.

Pretendí compartir mis inquietudes y después, abrazarle apasionadamente, fundirme en sus brazos, dejarme llevar por ellos… por él… por esa pasión que nos hace gritar hasta dejarnos exhaustos.

Pero, cansado como estaba, después de una dura jornada en el campo, (es agricultor), me dijo, sin apenas mirarme ni escucharme, que hablaríamos en otra ocasión, que estaba demasiado cansado y necesitaba dormir.

Me acosté y me tapé bruscamente con la sabana:

Enfadada por... no poder mantener una conversación de temas que me preocupaban. Otras noches, él inicia conversaciones, (de trabajo casi siempre) que yo escucho con atención, o por lo menos, demuestro un mínimo interés...

Enojada porque... yo también estoy cansada, muchas veces, ¿no se da cuenta de que, al igual que él, trabajo fuera de casa y también lo hago dentro? (él, en casa, bastante menos que yo)...

Irritada... porque no íbamos a fundirnos hasta estremecernos de gusto, porque estaba demasiado cansado para hacerlo, y cuando decía que estaba demasiado cansado... descansábamos, (con lo que insiste, cuando la cansada soy yo).

Me tapé con la sabana, rabiada, hasta que el sueño me envolvió y caí rendida en sus brazos.
Al día siguiente, despierto a mi hijo y le pregunto por el regalo del ratoncito Pérez, me dice:

- El ratón me trajo una piruleta... se la di al abuelo.
-¿No te gustó?- le pregunté extrañada.
-Es que a él, se le cayeron todos los dientes.

Voy rápidamente a la habitación de mi suegro, preocupada, por no saber que había pasado, quizás... se había caído o mareado, quizás... estaba sangrando, quizás...

Al entrar en su habitación, veo al abuelo roncando en su cama y la piruleta roja al lado de la dentadura postiza que se quita para dormir y deja en la mesilla de noche.

Vuelvo con mi hijo y mientras le visto, pienso:


-Por favor Abel, no crezcas nunca.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Claudia

Son las 8 de la mañana, Claudia despierta con el sonido de su despertador favorito.

Es un reloj con un significado especial: grande, blanco y con forma de pirámide, lo trajo de Egipto. Allí paso su luna de Miel.

Nunca olvidará ese momento, estaban en un bazar y le clavó los ojos.

-Cómpratelo- dijo su recién estrenado marido.

-¡Es muy caro!-contestó Claudia.

Por la noche, en el hotel, su marido la sorprendió con el despertador.

-Espero que nos despierte muchas mañanas.- le dijo.

Se emocionó y le abrazo tanto que le hizo daño.

-Tranquilízate-dijo-sin apenas quejarse y comiéndola a besos.

Ese despertador lleva un año despertando sus sueños. Hoy cuando sonó, estaba sola, su marido se había ido a la oficina.

Se dispuso a asearse y limpiar la habitación. Hizo la cama, limpio el polvo y sacudió las alfombras.

No tenía prisa, desgraciadamente, era una persona más, de las tantas, que engrosan las listas del paro de nuestro país.

Intentaba aprovechar el tiempo, estudió Ingles, hizo un curso de natación, aprendió a conducir... ahora, se dedicaba exclusivamente al hogar.

Desayunó café con leche con tostadas y sin darse apenas cuenta, eran las diez y media de la mañana.

Se vistió y fue a buscar el traje de su marido a la tintorería.

-Nena, me hace falta para el lunes.

-No te preocupes cariño, lo tendrás listo para el viaje-le dijo anoche.

Salía de la tintorería con el traje y quiso entrar en una tienda para comprarle esa camisa que hace mucho vio en un escaparate.

Después, fue a cargarle el móvil, comprarle vino, un perfume, tabaco y una corbata a rayas. Siempre pensaba en él, ¡Qué pasada!

Llegó a casa a la 1 del mediodía, se dispuso a comer, tenia comida en el frigorífico, la calentó, estaba comiendo cuando…

-Ring, Ring, Ring…
-¿Quien es?-preguntó, cogiendo el auricular del teléfono.
-Tu amiga Raquel, ¿te apetece tomar un café esta tarde?
-Vale ¿a qué hora?
-A las 4 ¿te viene bien?
-Sí.
-Bueno, pues hasta ahora.
-Sí, adiós.

Acabó de comer, fregó y se vistió con los vaqueros de siempre y la blusa de lunares azules que también trajo de Egipto.

A las 4 menos cuarto, estaba esperando a su amiga en el bar de costumbre y con la taza de café humeante sobre la mesa.

Ella llegó a las 4 y con impaciencia, le dijo:

- ¡Me voy a Egipto de vacaciones!
-¿Cuándo?-le preguntó asombrada.
-El mes que viene. Aprovecharé una semana que tengo libre.
-Allí disfruté mi Luna De Miel.
-Sí, lo sé- le dijo sonriendo.
-De allí traje esta camisa, un despertador y unos recuerdos inolvidables.
-Lo sé, ahora... me marchó a comprar los billetes, estoy loca de alegría.
-Ya veo, dijo Claudia, acabando el café precipitadamente.

Llegó a casa a las 5 de la tarde y se dijo: pondré la lavadora, plancharé y le haré la maleta a mi marido..

Estaba haciéndola, cuando…

-Ding... Dong.

Era el timbre, abre la puerta y un hombre cargado con alfombras, dice:

-Barato, Barato, vendo barato…
-No me interesa, ya tengo alfombras-le dice.
-Señora mire, vendo calidad y barato, muy barato…
-No, ya tengo alfombras-repetía, mientras le cerraba la puerta apenada.

Siguió haciendo la maleta, cuando acabó, el reloj con forma de pirámide instalado en su habitación, marcaba las 7 de la tarde.

Pronto llegaría su marido, haré la cena, se dijo, prepararé una tortilla de patatas en su punto exacto, ni muy tostada ni poco hecha, así le gustaba a él.

La tenia servida en la mesa cuando…
-Ring... Ring…
-Si, dígame-dijo contestando al teléfono.
-Nena, llegaré tarde, no me esperes despierta. -dijo la voz de su marido.
-De acuerdo- contestó contrariada.

Se comió la tortilla, recogió la cocina, leyó un libro y se dispuso a ver el televisor.

Aburrida, se marchó a la cama. Llevaba unos minutos, cuando siente... el ruido de la llave en la cerradura, pisadas en la alfombra, su fragancia…

Nota que su marido se aproxima, espera que se introduzca entre las sabanas, se acerca, le abraza y susurra en su oído:

-Cariño... te estaba esperando.

-¡Bien!- dijo al tiempo que sentía el roce de su cuerpo, las caricias de sus manos, los besos en la nuca…

Una vez más, en la penumbra de su alcoba, aquel precioso reloj, grande, blanco y con forma de pirámide se convirtió en el testigo mudo de su amor.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

Ariel

Era un jabón tan limpio que se llamaba Ariel. Su madre, una linda lavadora, le llamó así en honor a su marido, un apuesto detergente.

A menudo, recordaba el día que le conoció, una asistenta del hogar les presentó en el momento que hacia su colada.

Desde entonces, el bello electrodoméstico, quedó cautivado por la blancura que aportaba a la ropa que enjabonaba.

El amor enseguida surgió entre ellos y un casamiento en toda regla formalizó una relación por la que pocos apostaban.

La bella lavadora se quedó en cinta a los seis meses del enlace y toda la familia chapoteaba de alegría.

Ariel, nació un día de primavera, envuelto en olorosos jabones que llenaban su vida de aromas espléndidos.

El día del bautizo, la secadora, hermana de la lavadora y tía del pequeño jabón, tuvo el privilegio de llevarlo en brazos.

De eso, habían pasado unos cuantos años y aún se acordaba del enorme llanto del pequeño y su formidable meada cubierta de espuma.

Su abuelo, un orondo fregadero, bebió tanto alcohol que se cayó al suelo y tuvieron que repararlo durante varios días seguidos.

La abuela, una botella de lejía, se moría de vergüenza al ver a su esposo borracho como una cuba en un acontecimiento familiar tan serio.

Ariel tuvo varios hermanos: estaba el jabón lagarto que llevaba su nombre y era tan astuto como uno de ellos.

Luego, llegó el champú de pelo, era muy escurridizo, en especial, cuando tenía que escapar corriendo por alguna travesura.

Después, nació el gel de baño neutro, desde crío se preocupó por la Justicia mundial, tanto que llegó a ser un abogado con prestigio.

Y la ultima en llegar, fue la pastilla de jabón “La Toja” era un pequeño ser muy coqueto y altamente perfumado.

Eran unos jabones muy queridos por todos, pero quizás Ariel, por haber sido el primogénito siempre fue el preferido de toda la familia.

Ahora veinte años después de su nacimiento, contrae matrimonio con la única novia formal que ha tenido en su vida.

La afortunada, era una chica bellísima, de carácter discreto y piel muy clara que conoció en la ciudad del amor.

Fue un viaje de fin de curso a París, que además, puso el punto final a su condición de soltero de oro.

Cuando Ariel se la presentó a sus padres quedaron impresionados por su frescura y transparencia en el trato.

- Hijo, únete a ella sin dudarlo, es una chica ejemplar - le dijeron impresionados por el buen gusto de su hijo.

Y así lo hizo, se unió en matrimonio un día precioso de verano en el que la felicidad era tan patente que se podía tocar con las manos.

La ceremonia fue inolvidable, cien mil invitados fueron testigos del espectacular evento.

Asistió la fregona, que a su vez era la amiga intima de la novia y esperaba ser la próxima en casarse.

Su compañero sentimental, era un cubo de plástico que conoció en una droguería, vestía para la ocasión, un chaqué precioso.

Una enorme esponja miraba atónita a un estropajo que cantaba una oración junto a un bote de “Mistol”.

El suavizante trataba de conquistar de forma lenta y dócil a un ambientador con aroma a Lavanda que se hacia el interesante.

Al amoniaco nadie se le acercaba y rezaba en un rincón de un banco de la iglesia con un semblante bastante apenado.

El cepillo de dientes lucia sus flamantes cerdas junto a un dentrífico con sabor a menta y un finísimo hilo dental.

La bayeta Vileda vivía obsesionada por la limpieza y allá donde iba buscaba ácaros que eliminar.

El sacerdote, un fijador de pelo muy potente, ofició la misa con un esmero fuera de lo común.

Después, llegaron las fotos, el fotógrafo, un limpia cristales bastante inexperto sudaba a raudales ante tantísimo trabajo.

El arroz que lanzaron a los novios se les metió por todos los poros de su cuerpo produciéndoles picores que ocasionaron múltiples carcajadas.

La comida se celebró bajo la atenta mirada de unos algodones que actuaron como impecables camareros.
Fue una comida copiosa, compuesta por: entremeses de alquitrán y barro, manchas de gasolina y enormes sombras de tinta negra.

El alcohol volvió a emborrachar al abuelo del novio y la abuela, con más arrugas en su rostro que antaño sentía aun más vergüenza que años atrás.

Un interminable baile dio por finalizada una boda en la que el nombre de la novia fue la intriga de todos los invitados.

Al día siguiente comenzó su larga Luna de miel, la ciudad elegida como destino fue Venecia.

Los románticos paseos en góndola enamoraron más aun, a una pareja que desprendía amor por los cuatro costados.

La pasión corría por sus venas a una velocidad tan vertiginosa que un montón de preciosas pompas comenzaron a flotar por el ambiente.

Era tal cúmulo de pompas las que llenaban la atmosfera, que pronto llegaron hasta el pueblo natal de la joven pareja.

Allí sorprendieron a propios y extraños, la fregona amiga intima de la novia miraba al cielo alucinada.

Su novio, el cubo de plástico estaba embobado con semejante fenómeno y corrió a por la maquina fotográfica.

La esponja que asimilaba tan fácilmente todos lo sucesos ocurridos en el pueblo, no podía dar crédito a sus ojos.

El apuesto suavizante trataba de pulir la situación buscando una explicación que no hallaba.

El amoniaco, solo en mitad de la noche, corrió a meterse entre las sabanas presa de un pánico terrible.

El cepillo de dientes, el dentrífico y el hilo dental se preguntaban una y otra vez, el destino de esas pompas.

La bayeta Vileda fue rápidamente a por sus prismáticos para ver con detalle cada una de las pompas existentes en el espacio.

Fue el sacerdote quien apreció el parecido de estas pompas con Ariel, el joven jabón que había unido en matrimonio hace apenas unos días.

Y fue entonces, cuando de pronto, descubrió el nombre de su bella esposa, ella se llamaba… Agua.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

viernes, 29 de enero de 2010

El portal

Aquella noche de sábado como ya era habitual en el 36 de la calle arenales, los vecinos del bajo b la volvieron a liar. Esta vez no era el padre, alcohólico habitual sino la hija mayor que desesperada quería poner fin a su vida, cortándose las venas. El ruido de las ambulancias despertó a los demás vecinos incluso a los señores del lujoso ático, de ventanas insonorizadas. Esta vez el escándalo había llegado muy lejos, por lo que surgieron voces de mandar un escrito al ayuntamiento para un desalojo inmediato de los vecinos del bajo.

Se reunieron los vecinos, pero ninguno se atrevía a realizar la denuncia, el que más o el que menos había necesitado alguna vez de los vecinos del bajo b. La abuela del primero izquierda le daba unos céntimos de euro al pequeño de 12 años para que le subiera el carro de la compra. El del segundo derecha, su casero, un ejecutivo que no tenía tiempo para cocinar, encargaba a la madre de los vecinos del bajo b, la comida de la semana, que ella preparaba en envases para que luego el congelara, pagándole por ello una miseria. Y hablando de obra barata el del tercero aprovechaba cuando el padre del bajo b se encontraba sobrio para encargarle chapuzas que él no podía o no sabía hacer. El joven del cuarto tenía en el joven del bajo a su proveedor de pastillas y cocaína, aquel ni si quiera fue a la reunión para que iba a proponer echar a su mejor camello. Pero lo peor era el padre de los del ático que aprovechaba cuando su mujer e hijos se iban a pasar unos días de vacaciones pagaba con bonitos regalos los favores sexuales de la joven hija de los del bajo b. Esta relación clandestina fue el motivo del intento de suicidio.

La reunión acabó con un estrepitoso fracaso en el que uno y otros acabaron echándose las culpas del porqué se mantenía esta situación durante años, incluso al ejecutivo del segundo derecha se le recriminó que hubiera aceptado alquilar el piso a la familia del bajo b, pero el alego que mientras pagaran religiosamente el alquiler, todos los meses no sería el quién les pusiera de patitas en la calle.

Después de aquello vino de nuevo otro episodio, la policía registró el bajo d acusando al hijo de delitos contra la sanidad pública, es decir por camello. Un día sobre las once de la noche, llegaron siete policías de paisano y un secretario judicial y llamaron a la vieja del primero, informando de que se trataba de un registro. Ella les abrió la puerta no sin antes decirles, si podían venir a registrar a otra hora que se encontraba muy cansada y que no iba a poder ayudar en el registro.

Registraron de cabo a rabo el pequeño habitáculo del bajo b, encontrado debajo del colchón del joven diez mil euros en metálico, que el joven justificó procedente de pequeñas chapuzas en el barrio. Una balanza con restos de cocaína y 2 gramos que eran para consumo propio. Por esta vez por la debilidad de las pruebas se salvó el joven traficante del bajo b, pero fue un nuevo motivo para el desagrado vecinal.

Una noche de un viernes de Enero, de esas noches estrelladas en las que el termómetro se mantiene a seis grados debajo de la escala del cero, ocurrió la tragedia. Un brasero eléctrico provocó un cortocircuito, que por el mal estado de la vivienda originó un incendio que provocó la muerte de los padres y del hijo menor, salvándose de forma milagrosa los dos hijos mayores por no haber llegado a casa.

El suceso no paraba de salir en los informativos de madrugada de todas las televisiones, se produjeron conexiones en directo donde una vecina de los fallecidos. La vecina del primero izquierda hablaba para varias cadenas, recalcando lo buena gente que eran y destacando sobretodo que eran muy buenos vecinos y muy trabajadores. El hecho de que se hubieran quedado sin padres los dos jóvenes hizo que el ejecutivo del segundo abriera una cuenta en la cafetería del barrio, para ayuda de los pobres huérfanos.

En un principio hubo bastante desorden, todos querían ayudar. El que más el casero del bajo b, con sus cuentas de ayuda a los huérfanos de la catástrofe del bajo b, incluso se llegó a más que molestar cuando el vecino del ático le quería convencer de que les perdonara el alquiler de dos años. Todos aportaban en mayor o menor medida.
El del tercero convocó una junta extraordinaria para pedir una derrama para la compra de muebles nuevos para el bajo b, a la que acudieron todos, sin excepción. Habían recaudado en los bares y cafeterías del barrio casi veinte mil euros, con lo cual la transformación del bajo se podría realizar en breve.

El bajo se restauró en diez semanas gracias a la ayuda no sólo de la gente del portal sino de todo un barrio.

Pero el hijo en tan sólo dos semanas siguientes a la tragedia vendió los sillones y la mesa del salón, las cortinas y la alfombra, el microondas y el lavavajillas, para adquirir una remesa de coca de Colombia que venía a muy buen precio.

La hija se quedó sirviendo para la familia del ático y más especialmente para su dueño. Esta vez consiguió su propósito y una noche saltó desde el ático muriendo en el acto.

Los escándalos continuaron en el bajo d, después de aquel terrible mes de Enero se produjo un tiroteo por no llegarse a un acuerdo entre traficantes.

- dijo el vecino del segundo derecha,--. El del ático le respondió con una media sonrisa- Para que exista un primer mundo debe existir un tercer mundo.

Francisco Jose Vela Álvarez (Alicante)

Respetad la paz de los muertos

El salón de plenos del ayuntamiento de Rocas se encontraba a rebosar. El pleno del ayuntamiento iba a aprobar el nuevo plan de urbanismo que convertía el antiguo cementerio en un campo de golf. Todos estaban de acuerdo, los nueve concejales del partido gobernante y los siete de la oposición. Todos excepto los vecinos.

El que más o él que menos tenía un tatarabuelo o bisabuelo enterrado allí, en el cerro de las siete libres. Incluso Tomás, alcalde y promotor del nuevo plan junto con Don Avelino el constructor del pueblo. Suponía traer riqueza al pueblo y crear cien nuevos puestos de trabajo.

los decía el alcalde. Primero aprobamos el nuevo plan y cuando vean cómo queda el complejo, no se acordaran de un montón de huesos y pelos.

Pasaron seis meses y empezaron las obras en el cementerio viejo. En compensación se construyó una fosa común a cinco kilómetros del pueblo, en dirección opuesta al campo de golf y un monumento al recuerdo de aquellos roqueños de finales del siglo XIX.

Una vez terminado el complejo turístico empezaron acontecer los hechos luctuosos que aquí relato. El primero en caer fue Tomás el alcalde, el día de la inauguración se presentó de improviso una fuerte tormenta, en el momento de cortar la cinta, un rayo le dejo frito.

Solamente habían pasado dos días de la toma de posesión del nuevo alcalde, Aurelio concejal de urbanismo, cuando sentado en la terraza del “Bar la esquinita”, le mató un coche cuyo dueño, no había echado el freno de mano en la pendiente de la calle de la iglesia.

No habían enterrado a Aurelio cuando el pueblo volvió a teñirse de sangre. El hijo drogadicto de Don Avelino le mató con un hacha mientras dormía, decía que oía voces.

Tan impactante fueron aquellos días que llegaron de Madrid las televisiones.

Un espiritista malagueño salió hablando de una maldición. Debían devolver los restos al campo de golf. A nivel nacional se lo tomaron a broma, pero en mi pueblo no había tertulia donde no se hablara de la maldición del campo de golf.

Francisco Jose Vela Álvarez (Alicante)