sábado, 30 de enero de 2010

Las autenticas joyas de la Corona

Había una vez un cepillo de dientes rosa, una muñeca sin brazos y un pequeño reloj con las agujas rotas. Vivian en el diminuto desván de una casa en la que habitaba un matrimonio con tres hijas.

Las crías se llamaban Paula, Carlota y Laura. Nombres elegidos por Serafín su padre. Eran sus tres seudónimos preferidos. Su esposa María le dejo elegir en las tres ocasiones.

La mayor tenia nueve años, pronto haría la comunión y últimamente solo pensaba en la ropa que llevaría ese día – Quiero vestirme de novia y calzar zapatos de tacón – le decía su madre a menudo.

La mediana contaba siete años de edad, era una niña muy curiosa, esta cualidad le hacia preguntar cosas constantemente y la comunión de su hermana era para ella una autentico filón de dudas.

La chiquitina fue el bebé inesperado, cumpliría cinco años dentro de dos días. Recibir un gran regalo y apagar las velas de un solo soplo en una gran tarta de chocolate era su deseo más inmediato.

Las chiquillas se parecían mucho físicamente, sus pieles eran muy blancas, sus cabellos castaños, sus ojos grandes y despiertos, sus caras pecosas y sus cuerpecillos menudos.

También su carácter se asemejaba bastante: eran alegres como verdaderos cascabeles, charlatanas como cotorras y vivarachas como las mismísimas ardillas.

Su infancia transcurría feliz, entre largas horas de clase, juegos compartidos con otras crías en el patio de la comunidad, travesuras, risas y algún que otro llanto producido por alguna regañina.

En ese piso situado en mitad de la plaza del pueblo, llevaban toda su vida, a decir verdad, nacieron allí. Paula en el pasillo de la sala, Carlota en el suelo de la cocina y la pequeña Laura en el lecho matrimonial.

A su joven y precipitada madre nunca le dio tiempo a llegar a un hospital, y su esposo, y en alguna ocasión la vecina de al lado, se vieron envueltos en partos inesperados.

Paradójicamente, el cepillo de dientes rosa, la diminuta muñeca sin brazos y el reloj con las agujas rotas también llevaban años viviendo en aquel desván.

Compartían espacio, carcoma y alguna que otra telaraña con una vieja plancha plateada, un pequeño balón desinflado y un oso de peluche gigante.

Cerca había un armario de madera de nogal muy antiguo, guardaba en su interior innumerables juegos de sabanas, mantas de lana, colchas, manteles bordados, cubiertos de plata y ropa usada.

A la derecha estaban unas rinconeras de madera elaboradas por el cabeza de familia, que desde hace mas de una de una década aguantaban el peso de gruesos libros, álbumes de fotos y algún que otro mapamundi.

Debajo, descansaba un gran flotador con dibujos de la abeja Maya, un domino de colores, una cometa blanca con la cuerda amarillenta y un enorme joyero en forma de pirámide con el vértice roto.

Una tarde, María quiso limpiar el trastero, enfundó su cuerpo en un chándal ajado, cogió una escoba, un recogedor y una gran bolsa de basura y se dirigió al desván. Sus hijas corrieron anhelantes detrás de ella.

- Niñas, vamos a limpiar el trastero - les dijo con voz tajante, - vosotras me ayudareis, una barrera otra sacudirá el polvo y la tercera echara a la basura lo que yo diga ¿de acuerdo? -.

- De acuerdo mama- dijeron mientras Paula cogía la escoba con esmero, Carlota desdoblaba el trapo del polvo, y la más pequeña abría la gran bolsa de basura esperando las órdenes de su madre.

- Tiraremos al contenedor este balón desinflado que os regalo vuestro primo Alberto hace tres años, se empeñaba en jugar al fútbol con vosotras y con sus fuertes chutes, solo conseguía haceros llorar -.

La pequeña escuchaba a su madre con atención y descubría la bolsa de basura con gran interés, era la primera vez que subía al desván con su madre y no paraba de mirar y toquetear todo con sus manos.

Paula barría y se quejaba constantemente del polvo que se formaba en el ambiente al frotar el suelo con la escoba – Mamá no hago más que toser ¡cuanta suciedad!- decía una y otra vez.

Y no exageraba, hacia tiempo que no se limpiaba esa zona de la casa, un trabajo fuera del hogar, tres hijas pequeñas, un marido muy tierno pero torpe con las tareas del hogar… no permitían hacer maravillas.

Carlota quitaba el polvo de los pesados libros situados en las baldas que su padre elaboró, quitaba la roña de los álbumes de fotos y del mapamundi, finalmente exclamó - ¡mami el trapo del polvo está negro!

Era así, su madre la miraba y sonreía se sentía orgullosa de sus hijitas, ciertamente eran muy inquietas y tan traviesas que acababan agotándola pero también eran muy buenas y responsables.

Ella, con la chiquitina de la casa, seguía echando trastos viejos a la bolsa de basura, arrojaron la cometa blanca, el flotador de la abeja Maya, mantas de lana apolilladas y prendas de ropa usada.

De pronto, María vio un cepillo de dientes rosa muy sucio, inmediatamente lo reconoció y le dijo a su hija mayor – Paula, este fue tu primer cepillo de dientes, te lo trajeron los Reyes Magos ¿te acuerdas?

- Sí mamá, recuerdo que me negaba a usarlo porque al cepillarme tenia nauseas, tú me decías: - “Paula o te limpias los dientes tres veces al día o no podrás comer caramelos… tú decides”-.
-Si hija, así era ¿sabes? Ante esta amenaza te limpiabas los dientes religiosamente - dijo su madre melancólica, -ahora lo tiraremos a la basura, Laura, acércanos la bolsa.
- ¡No! Déjame conservarlo como recuerdo de mi niñez, - dijo Paula - ya sé que esta manchado y tiene las púas abiertas, lo limpiare no te preocupes, prometo no mostrarlo públicamente, anda… por favor -.
- Si te empeñas, te dejaré - dijo su madre, - está muy sucio, te ayudaré a desinfectarlo, pero como nos vea tu padre que andamos lavando un cepillo de dientes de hace años… me mata-.
- Será nuestro secreto mama – dice Paula y después de este comentario siguen con la limpieza, barren, limpian el polvo, arrojan a la basura la plancha plateada...

De pronto, la presencia de una muñeca sin brazos llama su atención, acto seguido su memoria la traslada al cuarto cumpleaños de Carlota, esa muñeca hizo una ilusión tremenda a la niña.

Era una muñequilla japonesa, se le antojó a su hija mediana al verla en un escaparate, tal vez su pelo negro, sus ojos rasgados y su palidez la cautivaron, tenía un kimono rojo y sonreía.

- Mamá cómpramela- decía Carlota de una forma tan zalamera que era difícil resistir su petición. Era una niña muy caprichosa, pero tan simpática, que se ganaba el afecto de las personas enseguida.

El día de su cumpleaños llegó y a parte de una enorme tarta de chocolate con nata con cuatro gigantescas velas, un paquete con un lazo violeta esperaba ser descubierto encima de la mesa de la cocina.

Carlota corría hacia él, completamente emocionada, arrancó el papel de regalo de cuajo y destrozó el lazo violeta, al ver la muñeca se le saltaron las lagrimas y desde ese día no jugaba con otra cosa.

-Carlota, ¿te acuerdas de esta muñeca? – Preguntó a su hija cuando regreso de sus pensamientos – Te la compramos tu padre y yo en tu cuarto cumpleaños, fue tu amuleto durante mucho tiempo -.
- ¿Qué es un amuleto? – preguntó su hija con los ojos como platos.
- Tu juguete de la suerte hija, ¿Sabes? De tanto jugar con ella, se le soltaron los brazos, quisiste pegarlos pero se despegaban constantemente – ahora llegó el momento de arrojarla a la basura-.
- Mamá déjame jugar con ella – dijo Carlota – sé que está sucia y tiene el kimono rasgado pero tú lo puedes coser y en cuanto a su falta de brazos a mi no me importa que no los tenga.

Al escuchar estas palabras llega Laura reclamando atención, también ella quiere llevarse algo del desván se acerca a su madre y le pide el pequeña reloj sin agujas que ve tirado en una esquina.

-Nena, ese reloj era mío. Me lo compro tu abuela cuando tome mi primera comunión cogelo si quieres, pero os recuerdo a las tres que como vuestro padre vea estos trastos viejos rodar por la casa me regañara.
- Será nuestro secreto mama - dijeron las tres niñas al unísono y recogiendo todos los bártulos, sacudiéndose el polvo de sus ropas y con una sonrisa en sus caras salen del trastero.
- Niñas estoy orgullosa de vosotras, asearos un poquito en el baño yo llevaré esta bolsa al contenedor de basura, me cambiare de ropa y prepararemos la cena ¿de acuerdo? - Les dice mientras salen del desván.
- Esta bien mami- responden las retoñas abrazando con cariño los viejos y sucios objetos que ellas mismas decidieron conservar como recuerdo de un tiempo pasado.

Al llegar a la sala un teléfono suena insistente:
-Ring… rign…rign…
-Quien es? pregunta la chiquitina.
-Laura soy papa, dile a mama que llegaré tarde...
-Papa hemos limpiado el trastero, estaba muy sucio, yo llevaba la basura…
-Laura por favor dile a mamá que tengo una reunión.
-Papa, quedó limpísimo…
-Hija, no tengo tiempo dile a mamá que no me espere despierta. Un beso.
-Papa, espera…

Y Laura se quedó con el auricular en la mano y las tremendas ganas de contarle a su padre la nueva experiencia de limpiar el trastero con su madre colaborando tan responsablemente.

-Papa… papa…
-Laura, déjame hablar con tu padre.
-Ya no esta mamá.
-¿Que quería?
-Dice que tiene una reunión.
-¡Ah!
-Que tardará.
-¿Cuánto?
-No se mamá.
-¿Te dijo algo más?
-Que no le esperes despierta.
-Vale.
-Niñas bajare la basura y haremos la cena – dijo María desilusionada.

Una hora más tarde estaban las crías y ella comiendo una tortilla de patatas con una ensalada sobre un mantel de flores amarillas que a Paula se le antojo en una visita a un mercadillo.

Estaban cansadas por el transcurso de la jornada y las altas temperaturas del día además al día siguiente las niñas debían ir a la escuela así que después de comer unas manzanas, las crías fueron a la cama.

- Buenas noches mama - dijeron las tres con el pijama puesto.
- Que descanséis hijas le dijo su madre - dándoles un beso a cada una de ellas en la mejilla – que buenas son - pensaba orgullosa mientras cogía un libro para hacer tiempo a que llegara su esposo.

Hora y media después se dispone a sentarse en un sofá de la sala para ver el televisor, no estaba dispuesta a quedarse dormida, con esa intención había tomado tres cafés.

Eran las dos de la mañana estaba agotada decide comprobar que las niñas duermen felices y tumbarse en la cama ¿porque tardará tanto? Se preguntaba mientras tapaba su cuerpo con la sabana.

Despierta sobresaltada, mira el reloj de la mesilla, son las cuatro y cuarto de la madrugada, no esta, ¿dónde estará? no es normal, le ha pasado algo seguro, siempre me llama ¿qué hago?

Marca su número de móvil, nadie contesta, insiste… insiste… nadie responde, se levanta de la cama desesperada, no sabe que hacer, se inquieta, el miedo le hace temblar.

- Espero que no le haya sucedido nada malo, no podría soportarlo – susurra, mientras trata de calmar unos nervios que están al limite. - Serafín llena mi vida… no podría vivir sin él.

Recuerda los amores que tallaron su juventud, varias relaciones llenaron su existencia, una etapa marcada por los fracasos amorosos, esos desengaños hicieron trizas su corazón Serafín… lo reparo.

Las 5 de la mañana que hago? – Se pregunta inquieta - Telefonea nerviosa a su oficina no hay nadie, Quien va haber a esas horas? Pregunta por él en varios hospitales, no conocen su nombre buena o mala señal?

El sonido de un timbre le confirma el motivo de su ausencia, un choque frontal contra un camión le ha quitado la vida, la guardia civil trata de explicarle un hecho inexplicable.

Queda paralizada, no se mueve, no llora, no grita, no reacciona, en realidad, la impresión le impacta tanto, que la deja sin lágrimas, sin palabras… sin vida.

Es internada en un hospital durante meses, las niñas son separadas temporalmente, Paula se va a vivir con su abuela materna, Carlota con su tía y la chiquitina con una prima carnal.

Les cuesta dos años volver a su domicilio habitual, a su vida usual les cuesta bastante mas tiempo, en realidad, ninguna de las cuatro volvieron a ser las mismas

Pasaron los años, el recuerdo de un padre ejemplar, de un marido enormemente tierno y cariñoso y de un hombre alegre como pocos, dejaron una huella imposible de borrar.

Paula madura deprisa, ejerce de madre de sus hermanas en muchas ocasiones, en especial, con la chiquitina de la casa, ya que su actividad de niña inquieta agotaba a una María que envejece deprisa.

Estudió durante poco tiempo, trabajaba limpiando un comedor infantil durante cinco días a la semana y se casa precipitadamente con un apuesto muchacho de modales correctísimos.

Se llamaba Daniel, era un abogado prestigioso y vivía en un pequeño pueblo cercano atendiendo a sus padres octogenarios. Su fama de buen hombre contrastaba mucho con la realidad.

Ella se fió de sus modales, de las apariencias, de los comentarios de la gente, pero sobre todo de su inocente corazón que habido de ilusiones se entregó a un hombre que no merecía su amor.

Volvió al hogar maternal al año de casada con tremendos moratones en su cuerpo, el corazón roto y un pequeño bebe de ojos azules y piel muy blanca en sus brazos.

Carlota, se convirtió en una mujer elegante y responsable terminó la carrera de Literatura y trabajaba en una Universidad. Tenia mucho encanto entre sus alumnos quienes la admiraban y querían con locura.

No sucedía así con el amor, que tras muchísimas relaciones fracasadas decidió olvidarse por un tiempo de los hombres y vivir su tan deseada maternidad, adoptó una niña china a la que llamó Luna.

Laura, la chiquitina de la casa se convirtió en una mujer comprometida y sensata con la vida, sus modales refinados y su educación enamoraban tanto como su figura.

Ella estudiaba y estudiaba, pero sobre todo, soñaba con un príncipe azul, sin darse cuenta que ni ella era princesa de un Cuento de Hadas ni estaba viviendo en ningún Reino encantado.

María hablaba poco, sonreía aun menos y su piel se lleno de arrugas, más que vivir sobrevia y su gran tabla de salvación para no morir en vida era ese pequeño bebé de ojos azules y Luna.

Por ellas era capaz de conversar alegremente, de sonreír de vez en cuando con sus gestos y aventuras e incluso pensar que la vida a veces se muestra agradable con las personas.

Una tarde María quiso limpiar el desván y la cría corría tras ella.
- Luna ayúdame - le dijo mientras le daba una escoba.

La cría estaba emocionada, no conocía esa parte de la casa, no sabia ni que existiera y el hecho de ir a limpiarlo con su abuela le parecía toda una aventura.

Al entrar vio un diminuto cuarto con una pequeña bombilla en el techo llena de telarañas –Aquí hace un poco de frío abuela, además no hay mucha luz y huele raro.

-Es que esta zona de la casa es un poco fresca, no está demasiado iluminada y ese olor que te parece tan extraño es por ser una habitación que esta mucho tiempo cerrada – contesta María.

La niña le mira asombrada, sus ojos se fijan en un armario de madera de nogal muy antiguo, - Que hay dentro? –

Pregunta a su abuela con gran curiosidad.

- Sabanas, mantas, colchas y manteles dijo su abuela.
-Abuelita, este armario está cojo de un pie –comenta la niña al ver que al mueble le faltaba una pata, a María le salió una sonrisa que por un momento le alegró la vida.

A la derecha estaban unas rinconeras de madera elaboradas por Serafín ellas seguían aguantando el peso de pesados libros, álbumes de fotos y mapamundis.

Debajo, descansaba una sombrilla de colores muy vivos con las varillas rotas, un paraguas a rayas, un cuadro que mostraba un mar embravecido y un enorme joyero plateado con la tapa rayada.

Comenzaron a barrer, levantaban mucho polvo luna comenzó a toser, no dijo nada, la novedad de estar limpiando el desván con su abuela le hacia olvidarse de todo.

Quitaron telarañas, sacudieron pesados libros, álbumes de fotos y carpetas, arrojaron algunas revistas a la bolsa de basura, también un viejo paraguas y un portarretratos de madera.

Hora y media mas tarde estaban cansadas pero orgullosas del trabajo realizado. El trastero había quedado bastante decente ahora las que necesitaban un buen aseo eran ellas.

Salieron del cuarto pensando en el gran baño con espuma que se iban a dar, después se pondrían el pijama y verían juntas una película de dibujos animados.

Salían por la puerta cuando a Luna se le ocurrió hacer una pregunta:
-Abuelita Que guardas en esa pirámide?

Esa pirámide es un joyero que mi madre me compró en un mercadillo cuando yo tenía diez años, me acuerdo perfectamente porque fue mi regalo de cumpleaños.

Se abría por el vértice y dentro había un apuesto faraón de plástico bastante grande, yo jugaba con él a menudo y en esos juegos llenos de imaginación y fantasías me asignaba el papel de Cleopatra. ¡Que feliz era!

- Quiero quedarme con el
- Cogelo Luna- le dijo su abuela.

Luna fue a cogerlo y de repente se abrió cayéndose varias fotos, una mostraba a una niña en bicicleta, otra revelaba un grupo de chicas bañándose en el mar, otra reflejaba a unos jóvenes enes recién casados

También salió despedido un cepillo de dientes rosa, una muñeca sin brazos, vestida con un kimono rojo y un pequeño reloj con las agujas rotas y la correa muy sucia.

Inmediatamente María reconoció esos objetos, habían formado parte de su vida y esta, resurgió en su mente a una velocidad de vértigo: su madre, sus amigas, serafín, Paula, Carlota, Laura, el bebe Luna…

Abuelita que te pasa dijo Luna al verla tan sumamente pensativa.

- Nada nena que de repente retrocedí a un tiempo pasado.
-Si no te moviste de aquí
-Con la cabeza Luna simplemente… con la cabeza.
-Ah!
-Abuelita te decía que si me podía quedar con ese joyero?
-Si Luna dijo María aun sin regresar de un pasado bastante remoto, si niña mía repite y de esta manera fue como esa pequeña niña de rasgos orientales heredó una linda tarde las autenticas joyas… de la Corona.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

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