lunes, 18 de enero de 2010

Cuerpos caídos

Yuque y yo tomamos el atajo del sendero dejando a Freddy y los chicos a atarearse en cruzar la vía.

Era fangoso y oscuro, pleno de telarañas que se pegaban en pelo y mano.
Llegamos al huerto rasposos y sucios.
Yuque era más grande que yo y pronto se balanceaba alto con un jugoso mango. Con dificultad subí bajo una lluvia pegajosa.
Por unos instantes quedamos Yuque y yo serenos, posados en las primeras ramas, pies colgando y regocijándonos sobre la eficacia de nuestro atajo.
Pero llegaron Freddy y los otros.
Estaban exhaustos y Freddy rabioso por nuestro adelanto; de un salto estaba a nuestra altura y dirigiéndonos una mueca de desaprobación desapareció en lo alto.

Charlando a voces sobre los culpables de su retraso, la traición de nuestro anticipo y la heroicidad de su palio. Comenzó a desprender una avalancha de jugosos frutos.
Nos caían en la cabeza, su rebote nos impregnaba los brazos y en el acto llegaron los insectos a deleitarse con la escena.

Bajé de entre las ramas y me uní a los otros chicos quienes se atareaban a esquivar y agarrar mangos en la periferia del tronco.
Pero Yuque se alzó en pie agarrándose a una alta rama.
Entre alaridos, golpes secos y risas lo escuché replicarle a Freddy por su descuido de mangos caídos.
Aquel reía, agitando las ramas hasta dejarlas secas y comenzó a escalar más alto vociferando a todo pulmón.
El fandango aumentaba con los aplausos de los chicos y también yo compartí con Yuque el temor a la energúmena dueña con su escopeta . Cuando sin encomendarse a Dios ni al Diablo la impertinente voz de Freddy se entrecortó con un lamento propio de un perro degollado. La batahola de mangos se ensordeció con un golpe en seco seguido del gemido de las hojas.
Freddy estaba tirado boca arriba en el suelo con la cara desencajada y ojos temerosos, no pasó ni el tiempo suficiente como para que entendiéramos que había caído del árbol antes de que estuviera de nuevo en pie y corriendo ya fuera del alcance de nuestra mirada.

Atónitos, algunos inspeccionamos la rama partida en su caída y otros siguieron su camino.
Alguien afirmó ver una figura en lo alto de las ramas, un espantapájaros tal vez.

“¡Qué ridículo que Freddy se dejara espantar como un pichón!”

Yuque seguía en el árbol aún agitado por su frustrante discusión. Lo convencimos para que subiera para ver lo que podía haber desequilibrado a Freddy.

Aguardando a los pies del árbol esperamos todos, hipnotizados por la agitación de las hojas, inquietos por saber lo ocurrido.
De improviso se comenzaron a distinguir ladridos que se avecinaban del otro lado del cercado.
Los chicos dejaron al miedo matar la curiosidad y huyeron del rifle no tan lejano.
Yo me refugié en el árbol buscando a Yuque, a quien encontré bajando de las altas ramas.

“Hay un negro acabado, mamón”

Me quiso apurar para que nos marchásemos pero antes de que le pudiera explicar, la vieja ya estaba a los pies del árbol.
La pudimos oír infamar furiosa y vimos dos tipos robustos y groseros llegar tras ella con piquetas.
Había una docena de perros que olisqueaban los mangos caídos.
Yuque maldecía de entre los dientes.

“¡Malnacidos!, me destrozan todo estos niñatos. Ya verán cuando un día los sorprenda, ustedes les deben dejar los dientes perforados y así calmar esas risas diabólicas”

Se rompió la rama.
Yo conseguí tenerme a otra pero Yuque calló del alto.

“¡Desgraciado!”

Podía ver a Yuque de entre las ramas, le sangraba la mejilla pero se había parado frente a la vieja.
Yo estaba aterrado, apenas estaba bien sujeto pero me quedé inmóvil; tenía el pecho oprimido y el labio me temblaba.
Uno de los tipos parecía haberse marchado a buscar a los otros. Pero aquel más corpulento estaba a unos pasos de Yuque, puntándole con la piqueta.
La vieja, tomado el rifle con las dos manos había empezado a apalear a Yuque. Él, agachado, cubriéndose las espaldas gritaba.

“¡Señora, por favor. Escúcheme… Pare, pare. Por Dios, le ruego… No!”

La vieja cesó los golpes pero permaneció abalanzada sobre Yuque.
El le explicó (aunque no teníamos explicación válida) que habían estado otros chicos a causar el alboroto, que él había subido al árbol no más cuando partieron para descubrir la razón de su repentina partida. Le explicó que él mismo había tratado de pararlos…
Pero, finalmente con voz troncada le explicó que allá en lo alto había un muerto, que más preocupante que mangos caídos eran los hombres (caídos).

Mi corazón casi se paró en seco cuando el tipo de la piqueta se colgó de la primera rama y se adentró en mi árbol.

“Más te vale no estar mintiendo mijito”

Fue lo último que escuché antes de comenzar mi frenético ascenso. Ya no importaba Yuque, escuchaba al tipo a mis talones que jadeaba por el esfuerzo.
No tenía tiempo para pensar, solamente escalé frenéticamente.
Huyendo del bribón topé con el muerto. No era ni joven ni viejo, habría sido un trabajador pues tenía la tez curtida y vestía ropas baratas, las orejas eran entre negro y morado y tenía sangre y moscas partiendo de la boca e invadiendo su horrible y tumescente cara.
Antes de poder esquivarlo el tipo llegó también. Se le iluminó la cara con malicia al verme y antes de ocuparse del muerto vino tras de mi.
Dejé mi razón atrás, tropecé con el muerto tratando de llegar más alto y su cuerpo se desplomó hacia el suelo.
Quise llegar a la rama de otro árbol pero el tipo me agarró el tobillo.
Escuché chillidos en los lejanos pies del árbol.
Desesperado, pataleé pegándole en la cara al hombre. Gané distancia y cuando me estaba abalanzando sobre el árbol de mi salvación el tipo se amarró a mis dos piernas.
Perdí el equilibrio y ambos caímos entre las ramas.
El tipo era grande y quebró el esqueleto del árbol cayendo cabeza abajo sobre uno de los perros.
Yo caí después, habiendo fallado en el intento de salvar mi caída con otra rama.
Su cuerpo amortiguó el golpe pero no me impidió que cuando me parara mi brazo cayera como trapo a mi costado.

La vieja soltó a Yuque y corrió hacia el tipo que gargajeaba tembloroso aún tendido cabizbajo.
Yuque me agarró y encabezamos una carrera furiosa hacia nuestro atajo.
A nuestras espaldas la vieja chillaba.
Del otro lado del cerco se avecinaba el otro tipo.

“¡Acabaron con él, malditos!”

El golpe sordo de un disparo resonó en mis oídos y mirando atrás tropecé con el cuerpo desvalido de Yuque.

El agravio había sido múltiple y la sala estaba a rebosar, pero entre la multitud estaba también Freddy, aún con expresión desencajada.

Lily Margit Aurora Parminter (Busot, Alacant)

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