miércoles, 20 de enero de 2010

Historias de familia

Aquél día amanecí sorprendida por el intenso golpeteo de la lluvia sobre los cristales de mi dormitorio y me sentí desganada al pensar que debía salir. Las gotas de lluvia se acumulaban en el alféizar formando pequeños borbotones burbujeantes que se salpicaban tímidamente entre ellos. Mis ojos se posaron en el nuboso y cerrado cielo invernal y de nuevo la desgana. Mi pensamiento me regaló una idea y la acepté sin demora. Subí las viejas escaleras que crujían a cada paso, aún en pijama, y excitada de emoción por revolver entre las antigüedades que yacían impávidas en el desván. Con mano decidida, giré el oxidado pomo y al abrir la puerta, una gran bocanada de aire concentrado de sabor añejo inundó mis pulmones. Allí estaban todas y cada una de las historias. A mi paso las rememoré. La vieja mecedora, esa misma que acaba de moverse en este instante. La habré rozado sin darme cuenta. Junto a ella, el chal de la cantante que lloraba desconsoladamente por desamor cada vez veía un geranio. Y allí, casi escondido entre amarillentos legajos, el libro de los nombres y fechas de nacimientos, muertes y demás acontecimientos de nuestra familia desde tiempos inmemoriales. Y entre un roído colchón de lana enfundado en un sucio tejido a rayas blancas y grises, y un aparador que se mantenía en pie con tan sólo la ayuda de tres patas, algo me llamó la atención. Un viejo arcón de madera me mostraba su interior descarado y atrayente. Un revoltijo de ropas en desuso y faldones avolantados, demacrados botines y desgastados zapatos de charol, y sobresaliendo como sol de amanecida entre las imponentes montañas, un estrafalario sombrero. Me probé aquél tocado de largas plumas de color y me miré al polvoriento espejo. Las telarañas ocultaban mi imagen pero aún así se pudo reflejar vagamente una silueta diferente a la mía. Extrañada giré mi cabeza y no vi a nadie. De nuevo me volví a mirar en el espejo y ahí estaba esa silueta y esta vez perfectamente dibujada. Mi mano temblorosa despejó las algodonosas telarañas y mi corazón comenzó a latir furiosamente. Un bellísimo espíritu descarnado, pleno de luz y pureza, avanzaba como pluma al viento con pies invisibles por el aire del desván. Cuando estuvo a punto de atravesarme la espectral llama de luz celestial, mi corazón paró de latir. Ya no latió más.

Diana Ruiz López (Calalberche, Toledo)

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