miércoles, 27 de enero de 2010

La puerta

Oigo la puerta rechinar, pero intento dormir. Bueno más bien, intento escuchar la puerta, porque su ruido es ensordecedor. Procuro acompasar el ruido de la puerta con una cancioncilla, para quitarme el miedo. Es inevitable, me sacude violentamente el alma. Me vuelvo loco. Mi pareja se asusta, pero me acaricia, y me dice que no pasa nada. Cree que todo es debido a las pastillas que me ha recetado el médico. Me levanto y se ha apagado el rumor. Me tomo otra pastilla, aunque sé que es peligroso para mi salud. Mi pareja se envalentona y se enfada conmigo, me mira con ojos de mujer descosida en búsqueda del anhelo del sueño. Me encuentro deprimido y el ruido no para de cesar con lo cual intento tomar otra pastilla para aliviar todo esto que me atormenta y me destruye. Mis manos apartan con un gesto de furia la caja de las pastillas, pero mi mirada las contempla fijamente, aturdida en su pensamiento, ansiosa por abrir ese caja que alumbra el poder de la sabiduría.

Pasan dos horas más, pero todavía sigo despierto, angustiado al saber que no consigo pegar ojo, que me encuentro sin fuerzas. Me aplasto la almohada contra las orejas, intentando aliviar el susurro que me desvela. Veo, al momento, aparecer una luz amarilla que me deslumbra por momentos, me guía y me conduce a una puerta que gruñe y ronronea. No me quiero levantar, tengo miedo, porque la puerta que suena me da miedo y quiero sólo dormir. La luz es cada vez más densa y me ciega. Mi pareja ha conseguido dormir. Siento la sensación de la cobardía más absoluta, permanezco inmóvil sin saber que me depara todo ese escandaloso poder que me engulle y me aprisiona.

Cojo la funda de los ojos que me permite no vislumbrar la luz. Al contrario, la luz es más intensa y la puerta suena más. Me tapo los oídos con las manos. No resisto más, me levanto y cojo de la mesa de la cocina tapones para los oídos, claro. Mi mano golpea duramente contra la encimera aclamando clemencia, mientras mis dedos recorren involuntariamente el camino que lleva hacia el cajón de las pastillas. Mi mirada se endulza, y vuelvo a esquivar el gesto, indómito. Pero mi mano vuelve, capitana de mis deseos y envuelve con pasión la cajetilla. Mi boca se abre deseosa como un oso ante un panal de abejas.

Sonrío y caigo desplomada. Es la vida, hay que aceptarlo.


Mariano Luna de Matías (Alcalá de Henares, Madrid)

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