miércoles, 27 de enero de 2010

El último seis

Dos hombres, sentados en la barra de un bar, ojean el menú del día. Uno de ellos, mayor y de pelo cano, viste un traje gris a rayas. El otro, joven y de rostro imberbe, lleva traje azul marino y sombrero a juego. El camarero se acerca hasta ellos.

—¿Qué desean?
—¿Cuál es tu nombre, amigo? —pregunta Gris.
—Frederick –responde.
—No me gusta, es demasiado largo. Mientras estemos aquí te llamarás Frank, más corto, más simple, más fácil de recordar.

El camarero guarda silencio.

—Bien, Frank —continúa Gris— quiero que nos pongas a mi amigo y a mí dos especiales de la casa, con el bacón muy hecho, casi crujiente y dos refrescos sin gas. ¡Ah! Y rápido, que estamos de servicio.

El camarero anota el pedido y se mete en la cocina.

—¿Cómo le reconoceremos? —pregunta Azul.
—Viene todos los días por aquí, sobre la misma hora. Pide un número seis y se sienta en la mesa del fondo.
—¿Y si hoy decide no hacerlo? Quiero decir ¿Y si en lugar de hacerlo él, es otro hombre el que pide un número seis y se sienta en la mesa del fondo?
—Simple —responde Gris—. Mataremos al hombre equivocado.
—¿No te preocupa que nos equivoquemos? –pregunta Azul.
—A mí, a estas alturas, lo único que me preocupa es mi jubilación. ¿Sabes lo que me gustaría hacer de verdad?
—¿El qué?
—Coger a mi mujer y a mi hijo y marcharme a vivir a las montañas. Una pequeña casa en algún pueblo perdido, lejos de todas esta mierda, dónde sólo haya paz y aire limpio. Eso es lo que me gustaría.

Azul le mira extrañado.

—No sabía que estuvieras casado, y mucho menos que tuvieras un hijo.
—Y no lo estoy —responde Gris—. Te he dicho lo que me gustaría, no lo que voy a hacer realmente. Mira chico, tienes que prestar más atención a los detalles, de lo contrario no durarás un suspiro en este trabajo. Y lo que es peor, harás que yo no dure un suspiro. Y sólo hay dos cosas en este mundo que no soporto: los polis insobornables y los lastres. Así es que nunca te conviertas en ninguna de esas dos cosas. ¿Entendido?
—Joder, lo siento. Prometo que estaré más atento.
—Más te vale.
—Pero entonces, si no tienes mujer e hijos ¿cómo será tu jubilación? Quiero decir ¿cómo será tu jubilación realmente?
—En compañía de una botella de whiskey. Hasta que me aburra y decida rellenar el hueco de mi cabeza con una bala del 45.
—Bonito final —dice Azul.
—El que merezco —responde Gris.

Frederick aparece con el pedido y se lo sirve a los dos individuos.

—Muchas gracias, Frank. Me gustan los antros donde la atención al cliente prima, incluso, por encima de la calidad de sus platos.

El camarero coge el periódico y se sienta a leer en el otro extremo de la barra.
Los dos hombres empiezan a comer en silencio hasta que Azul deja la hamburguesa sobre su plato y pregunta:

—¿Cómo es?
—¿El qué?
—La muerte.
—No lo sé, aún sigo vivo —responde Gris.
—Quiero decir, la muerte para los demás, ¿cómo la afrontan?, Joder, quiero decir, ¿cómo es?
—Depende. Los cobardes agonizan varias veces mientras que los valientes ni se enteran.
—Pero, ¿hay gente que se da cuenta de lo que está pasando? Quiero decir, ¿lo notan o algo? —pregunta Azul.
—¿No te darías tú cuenta si te pegaran un balazo?
—Hombre, pues supongo que si es en la cabeza, no.
—Entonces dependerá de tu puntería que mueran como valientes.
—¡Joder!, es mi primera vez –responde mientras retoma su hamburguesa.
—Lo suponía. Déjame a mí el primer disparo.

Una mosca se posa sobre las patatas fritas de Gris. Salta de una a otra hasta que es espantada de un manotazo. En ese momento, un hombre ataviado con una gabardina marrón y un sombrero liso entra en el restaurante.

—Buenas tardes Frederick. Ponme lo de siempre —el hombre se despoja de la gabardina y se sienta en la mesa del fondo.

Frederick abre las puertas de la cocina y grita:

—Un seis, por favor —y se sienta a continuar con la lectura.
—Es nuestro hombre —susurra Azul.
—Eso parece —responde Gris sin dejar de masticar.
—¿Vamos ya?
—Espera. Aún no he terminado de comer.

La mosca sobrevuela el local. Fija su atención en una tira de colores llamativos que hay cerca del techo. Se posa sobre ella. Intenta moverse pero sus patas se han quedado pegadas a la superficie.
Azul mira al individuo de la gabardina.

—Pues no tiene pinta de ser mala persona.
—Nadie ha dicho que lo sea –responde Gris mientras da un bocado a su hamburguesa.
—¿Sabes? Antiguamente se juzgaba a la gente por su cara. Quiero decir, si el tío era inocente pero no quedaba claro del todo y tenía cara de mala persona, se le condenaba. Y a lo mejor un asesino guaperas podía librarse por eso, por su jeta.
—Si eso siguiera siendo así, hace tiempo que yo ya estaría muerto.

Azul prosigue con su discurso.

—Lo que quiero decir es que, este tipo, en ese caso, si hubiera sido juzgado se hubiera librado del hoyo sólo por su cara bonita, ¿entiendes?
—No somos jueces, somos ejecutores.
—¿Y de qué se le acusa?
—Ni lo sé ni me importa —sentencia Gris.

Frederick sale de la cocina y lleva el plato hasta la mesa. El hombre de la gabardina se frota las manos y coge el cubierto.
Gris termina su hamburguesa, apura el vaso y limpia su boca con una servilleta de papel.

—¿Vamos ya? Quiero decir, ¿es el momento, no? —pregunta Azul.
—Hay que pagar la cuenta.
—¿Vamos a pagar la cuenta?
—¡Claro!, ¿Por qué clase de delincuente me tomas? ¡Frank! La cuenta, por favor.

Frederick marca unos números en la caja registradora, recoge el ticket y lo deja sobre la mesa. Gris saca un fajo de billetes, coge un par de ellos y los deposita junto a la cuenta.

—¿Por qué dejas tanta propina? La carne estaba cruda.
—Por las molestias.
—¿Las molestias? —pregunta Azul.
—Las que tú ocasionarás cuando empieces a disparar.
—Entiendo.

El camarero recoge el dinero y guarda la propina en un bote. Gris se cala el sombrero y se lleva la mano al interior de la chaqueta.

—¿Ya? —vuelve a preguntar Azul— ¿vamos ya?
—Sí, vamos.

La mosca se agita, mueve sus alas con fuerza, trata de levantar el vuelo, pero no puede. Ahora sus alas también se han pegado a la tira. Tras un par de intentos más, la mosca se resigna, y deja de moverse.

Jesús Fornis Vaquero (Madrid)

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