sábado, 16 de enero de 2010

El oyente

Miguel era un afamado locutor de radio, que conducía un programa nocturno dedicado a charlar con los más insomnes. Era escuchado por miles de personas cada noche, y su audiencia estaba subiendo como la espuma durante el último mes. Su cometido era el de escuchar los problemas de aquellos que le llamaban, que iban desde simples asuntos familiares hasta gente que tenía ganas de morir. Fuera cual fuera el tema, él jamás debía implicarse; como mucho, podía aconsejar al oyente. Para Miguel, esas llamadas, esos problemas personales, no eran más que cifras que podían motivar más anunciantes, y un aumento en su ya de por sí abultado sueldo. Sus compañeros le achacaban su frialdad en el trato humano, pero él siempre respondía que aquellos no eran sus problemas. Pero todo cambió un día.

Era domingo y el programa empezó en torno a la medianoche, como de costumbre. Miguel presentó el espacio y puso algo de música “para amansar a las fieras”, como él decía. De esa forma, esperaban que el teléfono sonase con la primera llamada. Miguel pensaba que sería otra persona necesitada de algún oído que le prestase atención, pues nadie le hacía caso en su día a día. En su opinión, todos eran así.

Antes del fin de la primera canción, sonó la primera llamada de la noche. Raúl, el ayudante de Miguel, le hizo a su jefe las indicaciones pertinentes y le pasó la llamada, mientras bajaba el volumen de la música.

- Tenemos con nosotros la primera llamada de esta noche de domingo. Cuéntame cuál es tu problema, amigo -, dijo con la mirada perdida, mientras se encendía un cigarrillo.
- Voy a matar a una persona esta noche -, contestó una voz bronca.

Miguel y Raúl se miraron en silencio durante unos segundos, pero con la tranquilidad que le habían aportado tantos años en su puesto, Miguel se dispuso a responder como si nada.

- Amigo, este no es el mejor modo de anunciarlo. Mi programa es escuchado por miles de personas cada noche, y supongo que entre esos miles habrá algún policía. Piénsatelo mejor -, espetó Miguel, que no creía a su interlocutor.
- No me importa. Prefiero que se sepa, porque esa persona se lo merece -, prosiguió con calma el oyente.
- Te entiendo. Todos pensamos que hay gente que merece la muerte. ¿Quién no ha querido asesinar alguna vez a su vecino, a su jefe o incluso a un amigo? Pero otra cosa es hacerlo. Piensa bien en las consecuencias -.

Miguel continuaba fumando su cigarro, con la vista puesta en la pared, como si tuviera su mente en otro lugar.

- Voy a matar a esa persona y tú no podrás detenerme -, explicó y colgó rápidamente.

Raúl hizo un gesto a través del cristal que le separaba de Miguel. Éste lo comprendió y se acercó al micrófono.

- Estimados amigos, hemos vivido unos momentos tensos, pero no os preocupéis. El mundo está lleno de locos que sólo quieren llamar la atención y nosotros hemos dado con uno. Para calmar los ánimos, nada mejor que un poco de música y volvemos con más llamadas -, locutó.

Raúl pinchó un suave tema de jazz y, visiblemente preocupado, pulsó un botón y empezó a hablar con Miguel.

- Tío, ¿no te preocupa ni un poco lo que acaba de pasar? -.
- La verdad es que no. Es extraño que esto no hubiera pasado antes. Ojalá llamase alguien así cada noche. Yo no me aburriría tanto y la audiencia subiría brutalmente -, respondió mientras se encendía el segundo cigarrillo de la noche.
- Eres todo corazón, Miguel -, afirmó Raúl sarcásticamente.

La noche transcurría tranquilamente. La centralita se colapsó con llamadas que opinaban sobre el primer oyente o que se burlaban de él. Poco a poco, se fueron olvidando de lo sucedido, hasta que entró una temida llamada.
- Miguel, tengo una llamada del tipo del principio. ¿Le cuelgo? -, preguntó Raúl.
- Ni se te ocurra. Para la música y pásamelo ahora mismo. Ese hombre es oro para nosotros -, contestó mientras se ajustaba los auriculares.
- Hola amigo, veo que vuelves a llamar. ¿Has cometido ya tu crimen o lo has pensado mejor? -, comenzó.
- ¡No te burles de mí! -, gritó rabioso el oyente.
- Tranquilo hombre, estás hablando con alguien que te comprende. No te alteres -, le respondió.
- Aún no he matado a esa persona. Pero no queda mucho para que lo haga -.
- Hay algo que no entiendo: ¿por qué llamas a este programa para avisar del asesinato? ¿No sería más fácil hacerlo y punto, sin que nadie se enterase? -.
- Prefiero que todo el mundo se entere. ¡Que todos sepan lo que hice! -.
- ¿Es que vas a matar a algún político? -, preguntó Miguel.
- No -.
- Entonces, ya que conocemos al asesino, ¿podrías decirnos quién es la víctima? -.
Se produjo un incómodo silencio que duró interminables segundos. Ahora Miguel no estaba tan calmado como al principio.

Pensando que la comunicación se había cortado, miró hacia la sala donde se encontraba Raúl, pero no vio a nadie.

- Amigo, ¿sigues ahí? ¿Me escuchas? -, preguntó ansiosamente Miguel.
- Sí, sigo aquí -.
- Perfecto, pensaba que se había cortado. Bueno, estabas a punto de decirnos a quién pretendías matar -.
- Es alguien que se dedica a manipular a las personas, que se hace pasar por su amigo, pero no le importa lo que les pase. Gana su salario con los problemas de los demás, con su sufrimiento, y por eso merece la muerte -.
- Entonces, ¿quién es? -, dijo con la voz entrecortada.
- ¿Todavía no lo sabes? Eres tú, Miguel. Te voy a matar a ti.

Miguel se levantó alterado, entró en la sala de sonido y vio a Raúl en el suelo, degollado. A su espalda, escuchó una voz bronca que le era familiar.

- Ahora te toca a ti -.

Mario Parra Barba (Miguelturra, Ciudad Real)

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