sábado, 30 de enero de 2010

La vida no sigue igual

Aquella mañana Pablo, un apuesto joven de apenas treinta años de edad, se encontraba esperando al autobús a la misma hora y en el mismo lugar de siempre.

Una hora y un lugar, que su trabajo de camarero en una pequeña cafetería de un pueblo cercano y la falta de un coche propio, había hecho que fuese habitual en su vida.

Era la parada del Bus. Allí había esperado: en invierno, cuando su voz tiritaba de frío, en verano, cuándo sudaba hasta calar su piel, en primavera cuando veía nacer las flores y en otoño cuando pisaba miles de hojas secas.

Allí, veía pasar las estaciones que componían su vida.
Y con las personas, le pasaba lo mismo, había visto esperar: a bebes llorando, madres sulfuradas, hombres trajeados, inmigrantes con cara de no tener papeles con los que asegurarse un hueco en nuestro país...

Por aquella marquesina del Bus, pasaba... la vida, esa misma, que una mañana de crudo invierno quiso asustarle y que por unos minutos que le parecieron horas interminables... lo consiguió.

Era un 20 de Enero, nunca lo olvidara, lunes para más señas y su viejo reloj de números romanos, regalo de su novia María en su primer San Valentín como pareja de novios formales, marcaba las seis de la mañana.

Hacia mucho frío, tanto que daba brincos y se frotaba las manos continuamente para tratar de activar la mala circulación de la sangre que desde niño tenía su endeble cuerpecillo.

Le sorprendió ver a tanta gente en la parada, unas diez personas, aproximadamente, permanecían allí, congeladas de frío y se alegró enormemente de que el autobús fuese tan puntual.

Después de un frenazo seco del autobús y detrás de que el vehículo abriera lentamente sus pesadas puertas, subió ágilmente, unas escaleras plateadas y negras.

Enseguida lo hizo el resto de los viajeros, lo hicieron atropellados por las prisas y el frío de la mañana, pagaron religiosamente, se acomodaron lo mejor que pudieron y el autobús comenzó su marcha.

Era un autobús muy antiguo, los asientos estaban opacos y su ruido era una especie de ronquido constante. Sin duda, debido al desgaste por los años de trabajo y entrega absoluta al servicio de los pasajeros.

Sin embargo, era cómodo y amplio, compartió asiento con un hombre de mediana edad, vestía un chaquetón y unos pantalones negros, en su cara lucían unas grandes barbas, enseguida abrió un periódico y se dispuso a leer.

Pablo dijo:

-Vaya frío que tenemos hoy ¿verdad?

Parco en palabras, contestó:

-Si.

Siempre admiró a las personas que a pesar de los baches y las curvas del trayecto, pueden disfrutar de la lectura, él nunca lo hacia, como tampoco, quedarse dormido durante el trayecto.

Recordó esto último, cuando vio a una mujer muy guapa y de aspecto maduro, sentada tres filas más adelante, con ademán de hacerlo, estaba colocando su cabeza sobre la ventanilla y bostezando repetidamente.

El conductor del autobús vestía un pantalón de felpa azul marino y un jersey de pico gris oscuro de la que asomaba cerca de un cuello sumamente arrugado, unos grandes cuellos de camisa blanca impolutos.

Era muy mayor, Pablo pensó que su jubilación estaba próxima, tenia una apariencia tranquila, iba concentrado en su trabajo y por cierto, lo hacia muy bien, conducía con mucha suavidad.

Fuera, mirando a través del cristal de una ventanilla bastante rayada y empañada por culpa del frío exterior, Pablo, observaba la oscuridad de la mañana y el poco trafico que circulaba a esas horas tan tempranas.

De pronto, un ruido atronador le estremece, un frenazo les desplaza bruscamente de sus asientos y el autobús se mueve sin control. Segundos más tarde, se para bruscamente al chocar contra un árbol.

El conductor, bastante asustado por las circunstancias del momento, se baja precipitadamente del vehículo y atiende, sin pensar en las consecuencias, a una mujer tumbada en el suelo.

Estaba ataviada con un vestido de grandes flores repleto de sangre y su cuerpo se encontraba retorcido de dolor en mitad de la calzada. Embarazada, chillaba enormemente.

El autobús quedó vacío de repente, todas las personas bajaron del vehículo y rodearon al chofer y a la mujer queriendo hacer algo para resolver la situación, Pablo gritó desesperado:

-¡Una ambulancia!… hay que llamar a una ambulancia…

-Soy medico… por favor… déjenme paso- dijo un joven trajeado de una forma demasiado formal para su edad.

-Pablo preguntó -¿No habrá una comadrona entre nosotros?

-Soy enfermera dijo una señora rubia y muy elegante- abriéndose paso entre la multitud.

Él medico dijo a la mujer tendida en el suelo -por favor escúcheme… respire hondo… respire conmigo… un… dos… un… dos…

La enfermera, sin pensarlo dos veces, le sujeta la cabeza, le limpia el sudor que a pesar del frío de la mañana sale a raudales de su cuerpo y le ofrece palabras de aliento.

Los pasajeros, no dan crédito a sus ojos, miran atónitos la escena en la que sin quererlo, se han visto envueltos, un hombre de pelo canoso y acento francés coge su teléfono móvil y marca el 112

-Por favor... es urgente, manden una ambulancia- se le oye decir.

Pablo, mira a su izquierda y un joven de apenas 18 años de edad, vestido con pantalones negros y chaqueta de cuero del mismo tono que mira perplejo la situación, palidece y se cae al suelo redondo.

Una chica tan joven como él, ataviada con un grueso jersey blanco de lana y un pantalón marrón de pana, trata de reanimarlo pegando leves golpecitos en su cara, Pablo les mira con sorpresa.

Su mirada vuelve a la mujer embarazada y tendida en el suelo, sigue sangrando muchísimo, grita desesperadamente y transpira por todos los rincones de su cuerpo.

Él medico dice nervioso:

-Venga un poco mas... empuja...

La enfermera, conciente de su tremenda labor, se arrodilla muy cerca, trata de ayudarla, se aproxima todo lo que su cuerpo le permite, susurra en su oído, le limpia el sudor...

-Buaaa... buaaaaa...

-¡Ya esta!- dice él medico mientras coge entre sus manos el cuerpecito de una preciosa niña de piel tostada, ¡ya esta! Repite mientras se la enseña orgulloso a una madre extenuada.

La muchedumbre enmudece y en cuestión de segundos distintas reacciones calientan la atmósfera: unos lloran de emoción, otros, cantan risueños, otros aplauden felices...

El estridente sonido de una ambulancia anuncia su llegada, aparca precipitadamente, un equipo medico traslada con extrema delicadeza a la mujer y al bebe a un hospital.

En apenas unos minutos, el único rastro que queda de la escena ocurrida, es la gran mancha de sangre que ensucia la carretera y las delicadas manos del médico y la enfermera.

Los pasajeros poco a poco recobran la calma y empujados por las órdenes de un chofer, todavía atónito, suben a un autobús bastante abollado por su frenazo repentino contra el árbol.

Se van sentando y acomodando de nuevo, Pablo se vuelve a sentar al lado del hombre que leía el periódico, aquel de las enormes barbas, el chofer, conduce con suavidad.

La mujer muy guapa y de aspecto maduro, sentada anteriormente tres filas más adelante, sigue estando allí, coloca nuevamente su cabeza sobre la ventanilla queriendo adormilarse.

Fuera mirando por el cristal de una ventanilla rayada y mucho menos empañada que antes, esta amaneciendo, en la carretera él trafico aumenta por momentos...

Recuerda la imagen de esa mujer embarazada y llena de sangre que gritaba desesperada, se acuerda de la entereza del medico, la paciencia de la enfermera, el acento del francés que pidió la ambulancia...

Pero sobre todo, se acuerda emocionado de ese precioso bebe de piel tostada que con su diminuta presencia en este gigantesco mundo, le ha demostrado que la vida... no sigue igual.

Inmaculada Cordovilla (Mondragón, Guipuzcoa)

No hay comentarios:

Publicar un comentario